1. HUGO

Quería contar una historia de temática gay, aportar algo al mundo a partir de su propia experiencia.

El chico entra a la cocina con paso decidido y arranca una hoja de la libreta de pósits que hay sobre la mesa. Escribe tres palabras sobre el papel amarillo, y acto seguido se dirige hacia la nevera para pegar, con un manotazo exagerado, el breve mensaje sobre la puerta del frigorífico. El chico desaparece de la cocina en un segundo, caminando con el contoneo propio de un pase de moda, y luego da paso a su acalorada madre —mucho más joven de lo que cabría esperar—, quien se aproxima a la nevera para arrancar la nota escrita a mano.

—¡Diego! —exclama la mujer, tras leer el mensaje—. Diego, ¡ven aquí ahora mismo!

—¿Qué pasa? —se escucha desde fuera de la cocina. El chico reaparece inmediatamente, con los brazos en jarras.

—¿Se puede saber qué significa esto? —La mujer le enseña a su hijo la nota que él acaba de escribir.

—¿Qué pasa, que no sabes leer? —le dice Diego, de muy malos modos, quitándole la nota rápidamente y con ademán teatral, tras lo cual le señala las palabras con el dedo, como si fuera tonta—. Yo te lo leo, que parece que no te enteras: Sí. Soy. ¡Gay!

—Pero hijo, vamos a ver… No sé cuantas veces te lo he de repetir para que lo entiendas: tú no eres gay, las madres sabemos de estas cosas. Vale, quizá seas un poco femenino de más…

—¿Pero qué dices, mamá? Que sí, que soy gay. ¡Tengo pluma! —contesta él, airado y agitando las muñecas como si estuviera tocando las castañuelas—. ¿Es que no lo ves? Soy maricón, ¿y qué pasa? ¡Ni tú ni nadie puede cambiarme!

En ese momento la mujer reacciona con un ataque de risa descontrolada.

—Lo siento, ¡lo siento! —Entre risas y los ojos cubiertos de lágrimas, la mujer mira a cámara—. Si es que veo su cara y no lo puedo evitar. ¡Me meo con este tío!

—¡Corten! —Hugo se llevó una mano a la frente. Si hubiera tenido una pared cerca se hubiera golpeado repetidamente la cabeza de pura frustración.

—¡Joder! —exclamó el chico que interpretaba a Diego y que, en realidad, compartía nombre con su personaje—. ¿Se puede saber cuántas veces vamos a tener que repetir esta puta escena?

—Cálmate, Ego —le dijo Hugo a su actor principal. Luego miró a la chica mal disfrazada que presuntamente debía pasar por una mujer mucho mayor que ella—. Y tú, Lola, ya te vale. ¡Así no vamos a conseguir grabar este puñetero corto en la vida!

Mucho se temía Hugo que las cosas no iban a ir tan bien como había esperado. Llevaban todo el fin de semana enfrascados en aquel proyecto y la planificación estaba siendo un maldito desastre. Ya le había costado Dios y ayuda convencer a todo el equipo para hipotecar su fin de semana invirtiéndolo en aquel rodaje, pero ni los actores se habían aprendido su papel ni los medios de los que disponían eran los que Hugo había esperado cuando empezó la escritura de aquel guión que, por cierto, resultaba mucho mejor sobre el papel que interpretado por aquellos chicos absolutamente inexpertos.

—Lo siento, ¡lo siento! —dijo Lola, intentando calmar el ataque de risa—. Ya se me pasa.

—Qué falta de profesionalidad. —Ego se fue directo a la nevera y sacó una lata de cerveza—. Joder, ¿Steinburg? ¿En serio habéis comprado cerveza de Hacendado? En el rodaje de DRA al menos había Turia en el catering. Joder, ¡qué bajo hemos caído! En fin, voy al baño a retocarme yo mismo el maquillaje. ¡Ni siquiera un puñetero maquillador! De verdad…

—Menudo capullo —masculló Toni, el chico que hacía de cámara, hablando con Hugo por lo bajo—. Es una puñetera diva. ¿De qué coño va?

—Pues es una suerte que le hayamos convencido para participar —contestó Hugo—. Se ha hecho bastante famoso en internet, ¿sabes? Gracias a una webserie en la que participa. De repente en el ambiente, se llama. 

—Vamos, que es un Don Nadie con ínfulas de actorazo.

Hugo rió.

—Sí, bueno, habrá que aguantarlo un poco. La verdad es que necesitamos sus contactos, nos pueden venir muy bien para la promoción del corto… Si es que de esto acaba saliendo algo decente, que ya no estoy tan seguro.

Cuando sus profesores explicaron en clase que el trabajo a entregar a final de curso consistiría en desarrollar un cortometraje, Hugo vio la oportunidad perfecta para cumplir su sueño de dirigir una obra audiovisual. Supo enseguida de qué quería hablar, pues no hacía mucho tiempo se había hecho una promesa a sí mismo al respecto. Quería contar una historia de temática gay, aportar algo al mundo a partir de su propia experiencia —por desgracia mala— y había querido hacerlo desde la comedia. Ya había bastantes desgracias en la vida, pensó. Parecía, sin embargo, que las risas no iban a venir por parte de un guión inteligente y unas buenas interpretaciones, si no más bien por la nefasta calidad de aquel cortometraje de saldo que estaban perpetrando.

Tras la terrible discusión con su madre, hacía unos meses, después de que Hugo se negara a acudir a aquellas absurdas terapias de reconversión cuya fiabilidad ella juraba y perjuraba, las cosas no habían ido muy bien por casa, que digamos. Maribel había prometido no pagar ni una sola factura más del colegio de Hugo hasta que su hijo rectificara, y este se había negado en redondo a aceptar aquellas condiciones draconianas. Ante la situación insostenible que se había originado en el que hasta entonces había considerado su hogar, Hugo había decidido marcharse de casa, independizándose a la fuerza. Mireia, su mejor amiga, lo acogió en casa de sus padres con el beneplácito de estos, y allí vivió Hugo durante los días que, probablemente, fueron los más duros de su vida. Mientras se hacía a la idea de todas las dificultades que se le venían encima, el chico hubo de buscar soluciones a los problemas inmediatos que se le planteaban. Lo primero que hizo fue buscarse un trabajo que le permitiera ahorrar lo suficiente como para pagar sus estudios; consiguió hacerlo trabajando en una cadena de restaurantes de comida rápida llamada Viena, en la que trabajaba todos los fines de semana y algunas tardes. Lo siguiente que hubo de procurarse era un lugar donde vivir, pues no podía ocupar la casa de los padres de Mireia por más tiempo, a pesar de que ellos se empeñaban en que no existía problema alguno en que se quedara allí todo el tiempo que necesitara. Hugo no sabía cómo habría llevado aquella situación sin la ayuda de tan buena gente. Por suerte, y casi por casualidad, Hugo supo a través de unos compañeros de su clase de guión que unos chicos estaban buscando a alguien para compartir piso con urgencia. Fue así que Hugo conoció a Toni, el cámara que ahora mismo estaba colaborando en su corto y quien se había convertido en compañero de piso y un buen amigo.

Diego, el actor al que apodaban Ego por su evidente ansia de protagonismo —un mote del cual no se avergonzaba, sino más bien todo lo contrario—, volvió del baño al cabo de unos minutos, maquillado como si le hubieran aplicado el filtro de belleza de un móvil Xiaomi.

—¡A ver, el director! —llamó, a grandes voces—. Vamos a ver… Hugo te llamabas, ¿no? Pon un poco de orden en este caos y vamos al grano, que esta noche tengo que ir a Deseo 54 con los de mi serie. Tenemos un bolo apalabrado, así que no tengo todo el día.

—Yo tampoco lo tengo, Ego, así que habrá que aplicarse el cuento —contestó Hugo, y era verdad. En cuestión de hora y media debía estar presentable en el restaurante Viena de la Plaza del Ayuntamiento para cubrir el turno de noche. ¡Maldita sea! Su maltrecha economía dependía de aquel trabajo—. Vamos a repetir, y esta vez espero que salga a la primera. Venga, chicos, que os lo sabéis. —O eso esperaba—. Venga, todos a sus puestos… Silencio, grabando… ¡Y acción!


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Un comentario Añade el tuyo
  1. Hugo representa mi rol en esta vida 😂 acomodando que mis compañeros dejaban… Y todo incluido el huir de casa, Deos que ya le estoy agarrando cariño a este personaje! ♥️

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