10. PABLO

Pablo estaba mucho más tranquilo ahora, pues de algún modo había reafirmado su heterosexualidad.


Aunque procuraba mantener los pies en el suelo, hacía tiempo que Pablo no se encontraba tan bien consigo mismo. Desde luego, ni deseaba repetir los errores del pasado, ni quería dejarse llevar por la emoción, pero resultaba difícil no hacerlo después del maravilloso primer encuentro que había mantenido con Eva. Había conocido a aquella chica en el lugar y momento más inesperados, y puede que precisamente por esa razón, aquel instante se había convertido en algo aún más mágico. Pablo había escuchado muchas veces aquel manido dicho de que el amor llega siempre cuando menos te lo esperas, y aunque parecía un tópico sobado y más que sobado, los hechos parecían empeñarse en demostrarlo. Bueno, quizá era demasiado pronto para hablar de amor, pero en cualquier caso la química entre ambos había fluido desde el primer momento. ¡Y vaya química! El cóctel de endorfinas, hormonas, dopamina y otras drogas —digamos legales— segregadas por el propio cuerpo durante el acto sexual habían elevado a la enésima potencia su estado de ánimo.

Sí, ambos se habían atraído aquella noche hasta el punto de que habían tenido sexo durante su primera y accidental cita. Y es que Eva había demostrado derrochar una sensualidad e iniciativa que él había visto muy pocas veces. Ambos habían hablado bastante, hasta perder la noción del tiempo —Pablo había perdido de vista a Álex durante la mayor parte de la noche, pero no le importó lo más mínimo— y los dos compartieron algunos bailes que fueron subiendo de tono a medida que la noche avanzaba. Eva le había invitado a varios cubatas y chupitos, rompiendo con esos tópicos vestidos de caballerosidad que perpetuaban los estereotipos machistas, y se había mostrado realmente divertida con él, manteniendo unas conversaciones realmente distendidas que tocaron toda clase de temas sin ningún tipo de tabú. Ella tenía, desde luego, una personalidad bastante arrolladora, y a Pablo le resultaba realmente estimulante. Claro que él también sacó toda la artillería de la que disponía, mostrándose realmente inspirado al bromear y hacerla reír, algo que resultaba en sí mismo un premio, pues la risa de Eva resultaba cautivadora. Aquella actitud absolutamente abierta de la que hacía gala la chica se hacía patente también en sus ocupaciones, pues según le había contado, Eva estudiaba Artes Escénicas con el objetivo de convertirse en actriz y directora de actores, una labor que compaginaba actualmente con su trabajo como dependienta en un sex-shop.

Pablo estaba mucho más tranquilo ahora, pues de algún modo había reafirmado su heterosexualidad. No quería pensar en que hubiera sentido miedo de ser gay o bisexual, pues no se consideraba, para nada, una persona homófoba. Muchos de sus mejores amigos eran gays y sabía perfectamente que su orientación sexual no debía ser considerada un problema. No obstante, aquellas dudas habían supuesto una inseguridad sobre su propia construcción personal, una parte de sí mismo que, si había permanecido sumergida en lo más profundo de su subconsciente, al revelarse como posibilidad había desestabilizado uno de los pilares básicos sobre los que se edificaba su personalidad. Claro que este razonamiento lo había desarrollado ahora, cuando ya se hallaba mucho más tranquilo al respecto y sentía que sus dudas habían sido resueltas. Si lo pensaba bien, puede que sí pudiera considerarse que efectivamente había sentido cierto miedo. Al fin y al cabo, la posible atracción por las personas de su mismo sexo le había ocupado su mente con cierta insistencia durante semanas, y eso era un signo inequívoco de preocupación. ¿Quizá esa incomodidad consigo mismo se trataba de una forma de homofobia autoimpuesta? Era posible. Lamentablemente, reconocerse como homosexual, bisexual o cualquier otra tendencia no normativa seguía teniendo implicaciones sociales y personales que resultaban ineludibles. Las cosas debían cambiar mucho aún, existían demasiados prejuicios que incluso una persona abierta de mente como él todavía podía experimentar. Inevitablemente, la catarsis que suponía descubrir un hecho como aquel implicaba una crisis cuya resolución podía ser más o menos complicada. Probablemente era normal sentir miedo. En cualquier caso, sí: Pablo había jugado durante una noche con la idea de su posible lado homosexual y había resultado bastante estimulante, eso no podía negarlo. Pero como le había explicado Edu, aquel experimento aislado, si realmente era tal, podía sucederle a cualquier persona, sin más implicaciones.

Pablo se había levantado aquella mañana realmente animado. Eva se había ido de su casa hacía un rato, ya que tenía que irse a trabajar temprano, por lo que él había vuelto a meterse en la cama unos minutos más, no sin antes despedirse de ella con un apasionado beso junto a la puerta. No pudo dormir pensando en el sexo reciente, por lo que al cabo de un rato se puso de nuevo en pie, preparado para celebrar el éxito de aquella noche con un abundante desayuno. Pablo se dirigió a la cocina, y al encender la luz de neón se topó allí con Álex, quien se hallaba sentado a la mesa frente a un tazón de cereales. Tenía el aspecto de haber acabado de llegar a casa, pues aún se hallaba vestido con las mismas prendas con las que había salido anoche y tenía el aspecto ojeroso y trasnochado de la típica resaca del día siguiente.

—¡Álex! ¿Acabas de llegar? —le preguntó. Pablo se acercó a él, sonriente y le dio una palmadita en la espalda—. Qué, ¿anoche triunfaste o qué?

Álex lo miró y esbozó una ligera sonrisa.

—Bueno, es posible, pero no tanto como tú, me parece. Si hasta te fuiste sin despedirte.

—No me irás a echar eso en cara después de que me dejaras tirado a la primera de cambio…

Álex resopló:

—Lo siento. Si es que me liaron. De todas formas vi que no te fue nada mal. ¿Quién era esa chica con la que estuviste?

—Se llama Eva. Es una tía genial.

—Y… ¿habéis pasado la noche juntos?

Pablo no contestó, pero su sonrisa era elocuente.

—Me alegro, tío —dijo Álex—. A ver si así dejas de acordarte de la capulla aquella de Irlanda.

—Sí, ya era hora de pasar página. Oye, gracias por insistirme ayer en salir, de no ser por ti no hubiera conocido a Eva.

—No hay de qué. —Álex había vuelto a centrar su atención en los cereales y ya no sonreía. Pablo se dio cuenta de que su amigo se hallaba algo taciturno:

—Álex, ¿te pasa algo? Te noto un poco serio.

—¿A mí? No, qué va, es solo que me duele un poco la cabeza.

—¿Bebiste mucho anoche?

—No demasiado la verdad… Oye, Pablo, siento haber estado tan capullo contigo anoche. Creo que estuve un poco imbécil.

—No te preocupes, nos conocemos desde hace años, así que sé lo imbécil que puedes llegar a ser —bromeó—. De todas maneras, si quieres, puedes contarme qué te ronda la cabeza. No creo que te duela solo por el alcohol, no pareces ir tan bebido.

Álex calló unos segundos y miró a su amigo. Luego pareció animarse a hablar:

—No sé si llegué a hablarte de aquel chico que conocí hace tiempo y que desapareció de pronto. Hugo, se llama.

—No, no me suena.

—Quizá se lo conté a Edu. Bueno, el caso es que hace unos meses conocí a un chico con el que conecté bastante. Es algo más joven que yo. De hecho, la noche en que lo conocí, él acababa de salir del armario en su casa. Estábamos pasando una noche bastante guay, pero de pronto desapareció sin darme explicación alguna. Me fui un momento al baño y cuando salí, él se había largado sin avisar. Aquello me jodió bastante, la verdad. Ni siquiera tenía su número de teléfono. El caso es que no había vuelto a saber nada de él, hasta esta noche.

—¿Os volvisteis a encontrar?

—Sí… Lo que pasa es que creo que la he cagado esta noche con él. He vuelto a perder la oportunidad de conocerle.

—Pero, ¿no habéis hablado? ¿No os habéis dado el número de teléfono?

—No, todo fue un poco raro y precipitado. Yo… Resulta que Hugo está grabando un cortometraje. Estudia audiovisuales.

—Ah, ¡qué guay!

—Sí. El caso es que… no sé muy bien cómo pasó, pero de pronto me encontré liándome con el actor principal de su corto. Creo que a Hugo no le sentó muy bien, porque desapareció de nuevo.

—Joder, Álex. ¿Y qué esperabas? Normal que no le sentara bien…

—Ya. No sé qué me pasa con ese chico. Parece que estamos destinados a no encontrarnos. Bueno, no quiero aburrirte con mis historias.

—No, continúa. No pasa nada, para una vez que me cuentas tus chismes…

—Si es que no sé qué me pasa con Hugo. No puedo quitármelo de la cabeza.

—Quizá es que, por una vez, no eres tú el que tiene el control de la situación. Me refiero a que, por lo que sé, normalmente eres tú el que pone fin a las relaciones.

—Pero es que en este caso ni siquiera hemos empezado.

—Más motivo aún. Si tanto te gusta ese chico, deberías hablar con él.

—¡Si es que no sé cómo volver a contactar con Hugo!

—Bueno, dices que te enrollaste con el actor de su corto, ¿no? Ahí tienes el enlace…

—Claro, ¿y qué le digo? Oye, estuvo bien lo de anoche. Por cierto, ¿me pasas el teléfono del director de tu cortometraje?

—Pues es un ejemplo. En cualquier caso, ahora lo mejor que puedes hacer es despejarte. Date una ducha y vete a dormir. Cuando te levantes lo verás todo desde otra perspectiva.

—No sabía que trabajaras para Mr. Wonderful, Pablo —sonrió Álex.

—Sí, voy a tener que enviarles un currículum. Entre Edu y tú creo que voy a replantear mi carrera. Creo que ya puedo dedicarme a ser psicólogo especializado en relaciones gays.

—A ver si voy a tener razón y tienes un punto gay tú también.

—No vuelvas por ahí…

—Era broma. —Álex volvió a sonreír—. Gracias por escucharme, Pablo.

—No hay de qué —contestó.

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