11. EDU

Su trabajo en Alerta2 distaba mucho de ser el empleo ideal.


Es gracioso cómo la vida puede dar la vuelta completamente a partir de pequeñas decisiones. Edu lo había descubierto en primera persona hacía tan solo un par de semanas. ¿Cómo podía haber imaginado que gracias a realizar una entrevista en una emisora con una línea editorial tan alejada de su ideología, y a la que a punto había estado de no acudir, hubiera acabado encontrando a un chico tan interesante como David? Después de sus respectivos encuentros con el excéntrico señor Gimeno, ambos habían tomado un café que se alargó hasta que Edu tuvo que irse para no llegar tarde a la cita que tenía prevista para cenar con su amigo Alberto. De no ser por aquel compromiso, probablemente el café hubiera pasado a convertirse en cena, copa y quién sabe qué más. ¡Y es que resultaba que David también era gay y parecía bastante interesado en él! Apenas podía creerlo: los astros se habían alineado aquel día para hacerlos coincidir en aquella emisora cochambrosa, forzando un encuentro que David no se había atrevido a formalizar en la facultad y que Edu se había visto impelido a proponer a través de una iniciativa muy poco propia de él.

Pero las sorpresas no acababan en este punto, pues, a pesar de la terrible sensación que ambos habían percibido en sus respectivas entrevistas, Alerta2 había acabado llamándolos a ambos para engrosar sus filas como parte del equipo, ofreciéndoles un contrato en prácticas, eso sí, en departamentos distintos. Así pues, no sólo se habían encontrado el uno con el otro, descubriendo su atracción mutua por azares del destino, sino que ambos habían empezado a salir, ¡y se habían convertido en compañeros de trabajo! Claro que no todo en aquel cóctel fortuito era perfecto, pues la relación que ambos acababan de comenzar debía ser mantenida en absoluto secreto por parte de ambos. No sólo de cara a la empresa, que al estar alineada con la derecha política y los círculos más conservadores del país no promovía precisamente el clima más propicio para que ambos pudieran vivir con normalidad su orientación sexual y mucho menos su relación —algo que a Edu le carcomía por dentro—, sino también por el hecho de que David… Bueno, David seguía en el armario.

Por supuesto, este pequeño inconveniente no había impedido que aquella misma noche Edu se explayara con Alberto durante su cena en el restaurante Fuji, hablando las mil maravillas de su encuentro con David. Alberto había escuchado pacientemente su relato, con una sonrisa tensa en los labios, y aunque Edu esto no podía saberlo, a su amigo se le llevaban los demonios por dentro al no poder contrarrestar el habitual torrente de piruletas, gominolas y azúcar glass que salía de la boca de Edu con la bofetada en la cara que habría supuesto contarle su secreta y lujuriosa relación con Borja. Y es que Alberto sentía una profunda frustración: no soportaba que Edu fuera feliz con otra persona que no fuera él, hasta el punto de que le hubiera encantado restregarle su relación con Borja como absurda e inútil venganza. Claro que Edu no tenía ninguna culpa de todo aquello; aquel era un pensamiento visceral y profundamente egoísta, motivo por el cual Alberto se sintió terriblemente culpable consigo mismo. Pero esto es otra historia, a la que volveremos más adelante. Ahora debemos centrarnos en Edu.

Desde luego, su trabajo en Alerta2 distaba mucho de ser el empleo ideal, pero al menos Edu había entrado como locutor del informativo local, algo que le venía de perlas para practicar y que suponía todo un sueño cumplido: ¡había conseguido ser locutor de radio! David, por su parte, se hallaba en la redacción, ayudando a componer las noticias y a guionizar algunos de los programas de la cadena. Al parecer, al señor Gimeno le había gustado la voz de Edu y por ello lo había encajado en el equipo de informativos —todo sea dicho, debían suplir una baja de maternidad con urgencia, y ahí entraba él—. Así, durante los primeros días, Edu había sido un completo manojo de nervios al colocarse delante del micro y bajo los cascos del estudio, pero poco a poco había ido cogiéndole el gusanillo a eso de la ondas. Había escuchado mil y una veces hablar de la magia de la radio, y aunque ya había experimentado los mecanismos propios del medio durante algunas sesiones prácticas en la universidad, era muy diferente saberse en el aire en riguroso directo. Bien es cierto que el contenido de los informativos era harina de otro costal, y era en esos momentos donde a Edu le escocía especialmente aquel trabajo.

Aquella tarde, Edu había comenzado su jornada laboral revisando la escaleta del programa. Para su impacto, Edu comprobó que durante el próximo boletín informativo, había de dar una noticia que había leído hacía un par de días en otros periódicos y páginas que solía visitar. El texto de la noticia decía lo siguiente:

 La Policía Local de Valencia ha dado finalmente con los menores acusados de propinar una paliza a Aitana Ruiz, la joven de quince años que hace unos días regresaba a su casa después de acudir al entrenamiento de su equipo de fútbol…

La noticia continuaba relatando algunos datos intrascendentes acerca de la detención de los chicos implicados en el caso. Edu no daba crédito ante la absoluta y flagrante omisión de los hechos de la que hacía gala aquella presunta noticia. En todos los periódicos e informativos que había visto y leído, así como en las redes —donde la noticia había corrido como la pólvora—, se hacía mención a la motivación de la terrible y desproporcionada paliza que había sufrido la víctima: se trataba de una agresión tránsfoba por parte de una pandilla de niñatos movidos por el odio irracional a quienes eran distintos a ellos. Edu estaba absolutamente indignado por la falta de escrúpulos de la empresa en la que trabajaba. No solo se trataba de la absoluta omisión de un punto meridianamente claro, ni del hecho de que no había en aquel texto la más mínima mención a la ola de LGTBIfobia que cada vez parecía ir extendiéndose más y más por el país, sino que la mera redacción de la noticia ya resultaba absolutamente ofensiva al hacer uso del nombre de nacimiento de Aitor Ruiz —Aitana—, que para nada se correspondía con lo que la víctima podía reconocer como propio. La noticia afirmaba sin el mínimo atisbo de pudor que la víctima era una mujer, y no un chico transexual. Por suerte, Edu sabía que Aitor había salido por fin del coma inducido y se estaba recuperando favorablemente, algo a lo que la noticia sí hacía mención, si bien Edu sentía —probablemente fuera una impresión suya— que la descripción del hecho de su recuperación parecía quitar hierro a la gravedad de las heridas que había sufrido por aquel terrible delito.

El sesgo de la noticia era tan evidente y tan ruin que Edu no pudo soportarlo. Y es que, para mayor escarnio, aquella noticia debía darla él mismo en antena, una persona que siempre se había considerado comprometida con el colectivo. Edu no podía tragar con eso, desde luego que no. Así, antes de entrar al estudio, tomó un bolígrafo de su escritorio e hizo varias correcciones y anotaciones en el texto para ajustar la noticia a lo que de verdad había ocurrido aquel fatídico día, la noche en que un pobre muchacho hubo de pagar el fruto del odio más irracional y fanático, por parte de unos desalmados carentes de toda empatía.

Cuando llego el momento de dar la noticia, Edu notó cómo se le elevaban las pulsaciones. Antes de entrar en antena había leído y releído quince veces el contenido de aquella noticia modificada por él mismo. La había ajustado todo lo posible a la realidad, intentando cambiar el menor texto posible. Con un poco de suerte, nadie en la redacción notaría el cambio. Así, tras tragar saliva, empezó a locutar:

—La Policía Local de Valencia ha dado finalmente con los menores acusados de propinar una paliza a Aitor Ruiz, el joven trans de quince años que hace unos días regresaba a casa después de acudir al entrenamiento de su equipo de fútbol…

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