12. HUGO

«Cada vez que veo a Ego delante de la cámara me viene su imagen enrollándose con Álex.»


Tras la decimosexta toma, Hugo se rindió y dio por buena la interpretación de los actores, a pesar de que no estaba muy convencido del resultado. Al menos habían logrado terminar la escena sin reírse o inventarse completamente el guión, lo cual ya era un avance… Después de eso había indicado al equipo que podían tener un descanso para merendar los croissants de chocolate que Toni había dejado, a modo de catering improvisado, en la cocina del piso reconvertido en plató. Por suerte, Ego se había ido hacía un rato, ya que había terminado de grabar por hoy, así que no tendría que soportar sus aires de diva durante el resto de la tarde.

Mientras revisaba lo grabado en la cámara de video —que le había cedido la escuela para el rodaje del corto—, Hugo observó que su amiga Mireia estaba charlando acarameladamente con Toni, y sonrió. Sus dos amigos llevaban quedando desde que los presentara la semana pasada en el pub, y Hugo estaba realmente contento por su amiga. Se la veía realmente a gusto en compañía de aquel chico. Mireia había acudido al rodaje para ayudar y aparecer brevemente en una escena —al menos ella sí había venido con sus lineas memorizadas—, y de paso pasar la tarde con Toni y con su amigo reconvertido en cineasta.

Hugo volvió a centrar su atención en ver cómo habían quedado los planos en la pequeña pantalla incorporada en la cámara, aunque involuntariamente su cabeza volvió a la noche de fiesta en la que Toni y Mireia habían empezado a salir. A él, desde luego, no le había ido tan bien, y eso que había vuelto a encontrarse con Álex, el chico que había ocupado sus pensamientos desde que lo dejara tirado durante la fatídica noche de su salida del armario. Aunque en todo este tiempo había tenido problemas más importantes en los que centrar su atención, es cierto que Hugo se sentía muy arrepentido de haber abandonado a Álex sin ofrecerle ninguna explicación. Al encontrárselo por sorpresa en aquel pub la pasada noche, Hugo sintió que se le había ofrecido una oportunidad para enmendar su error; oportunidad, eso sí, que Ego, el insoportable actor protagonista de su primer cortometraje, se había encargado de dinamitar con todas las malas artes de las que fue capaz. Hugo no había podido evitar sentir un profundo ataque de celos al ver cómo aquel chico deslenguado y presuntuoso le arrebataba el chico que le gustaba en sus mismas narices, sin ningún miramiento. La actitud pasiva de Álex, dejándose llevar por el súbito acceso de deseo lascivo de Ego, tampoco le había sentado nada bien, así que los dejó a lo suyo y abandonó el local con Toni y Mireia haciendo gala de su mejor bomba de humo.

—¿Qué, cómo va quedando tu ópera prima? —Mireia había aparecido de pronto tras él, mientras Hugo pasaba el material grabado a cámara rápida sin prestarle demasiada atención—. ¿De aquí a los Goya?

—Sí, y a los Óscar también… —sonrió Hugo, con cierta tristeza—. Al menos ya va quedando menos por grabar. Oye, ¿qué tal con Toni? Tienes mucho que contarme…

—¡Ay, genial! —Mireia sonrió entrecerrando los ojos, conteniendo su emoción—. Sí… A ver si tenemos un rato y te cuento, pero de momento no sé, estoy como en una nube. Oye, ¿y tú qué tal? Te he visto muy serio hoy en la grabación. ¿Todavía estás dándole vueltas a lo del chico ese?

—Cómo me conoces… —sonrió él—. Sí, la verdad es que estoy jodido. No me lo quito de la cabeza. Ya sé que hay más tíos por ahí, pero no sé… Para mí aquella noche con Álex fue muy especial. Fue el primer chico con el que hablé después de salir del armario, aunque luego acabara jodiéndola del todo. Supongo que, por eso, al verlo delante de mí el otro día pensé que tenía opción de arreglar lo que hice. Pero no… pasó justo lo contrario, volví a desaparecer. Y ahora, encima, cada vez que veo a Ego delante de la cámara me viene su imagen enrollándose con Álex delante de mis morros y sólo me apetece agarrarle del cuello y estamparlo contra la pared.

—Bueno, eso creo que nos pasa a todos con ese tío. ¡Es insoportable! —rió Mireia—. El caso es, Hugo, que si tanto te gusta ese chico deberías hacer algo para remediarlo. ¿Por qué no le escribes?

—¡Si es que no tengo ni su número! —se lamentó—. Me fui antes de poder preguntarle, otra vez. Soy un completo inútil.

—Ay, Hugo, Hugo… Me parece que aún tengo algunas cosas que enseñarte. Mira, ya que tú me has hecho el favor de presentarme a ese bombón de ahí —susurró, moviendo la cabeza en dirección a Toni, que estaba charlando con el resto del equipo—, qué menos puedo hacer por mi mejor amigo que ayudarle a contactar con ese Álex.

Hugo enarcó las cejas, con gesto escéptico:

—¿Ah sí? ¿Y cómo piensas hacerlo?

—Tú déjame el móvil y verás como actúa una auténtica stalker profesional, chaval.

Hugo rió, y con mucha curiosidad, le cedió su teléfono móvil a su amiga. Hugo intentó echar un ojo a la pantalla de su móvil, pero Mireia se la ocultó:

—¡Tú sigue a lo tuyo y déjame trabajar! No te voy a contar mis secretos así, a la ligera…

—¡Está bien, está bien! —rió Hugo, que siguió revisando el metraje grabado en la cámara con cierto automatismo, mientras se preguntaba qué diablos estaría haciendo su amiga con su dispositivo.

El descanso para la merienda terminó y Hugo reanudó la grabación de algunos planos que tenían por rodar en el baño del piso compartido, con ayuda de Toni capturando el sonido. Mientras tanto, su amiga seguía sentada en el comedor jugueteando con su móvil. Entre toma y toma, Hugo pudo escuchar algún ¡ja! o ¡uhm! ocasional pronunciado intencionalmente por Mireia, y él la sopesaba entonces con la mirada, intrigado y riendo para sus adentros. La verdad es que dudaba bastante de que su amiga pudiera dar con Álex así como así, pero era divertido verla intentando emular a un detective privado.

Al cabo de un rato, una vez hubieron terminado de grabar el último plano previsto para aquella tarde, Hugo se despidió de sus compañeros actores. En ese momento, Mireia apareció de pronto detrás de él, tendiéndole el móvil con la pantalla apagada. Hugo se volvió hacia ella con una sonrisa, tomó el móvil en la mano, y preguntó:

—Qué, ¿ya te has cansado de rebuscar por media red? 

—Menosprecias mis habilidades… Anda, enciende el móvil y ríndete ante tu reina. —Hugo la miró con los ojos muy abiertos y activó la pantalla de su dispositivo con la huella dactilar, tras lo cual, efectivamente, quedó helado. Allí estaba, en su móvil, el perfil de Instagram de Álex. No tenía demasiadas fotos subidas a la red social, pero sí algún selfi del verano pasado en el que claramente se le reconocía—. Y bien, creo que me merezco un invitación a algo, ¿no te parece?

—¡Vaya tela! —exclamó Hugo—. ¡Pero estás hecha una Sherlock! ¿Se puede saber cómo lo has encontrado?

—¡No ha sido tan difícil! Un poco trabajoso, eso sí, pero… Ya te digo que una tiene sus trucos. Para empezar, sólo he tenido que seguirle la pista al capullo ese de Ego, que radia su vida en las redes sociales. Lamentablemente, no tenía ninguna foto con Álex, ni en Instagram ni en Facebook. Lo que sí comprobé es que aquella noche estuvo en Deseo54, porque aparecía fotografiado con varios chicos y con el logo de la discoteca en el margen de la foto, así que pensé que quizá esa foto se la hiciera el fotógrafo que a veces contratan las discos para colgar luego las fotos en sus redes. Y tirando de ahí, ¡he descubierto que Álex también se hizo una foto en Deseo54! Luego sólo tuve que indagar un poco… Encontrar algún chico que ambos tuvieran en común entre sus contactos. Y saltando, saltando, de un perfil a otro… Pues me lo he encontrado. Lo he reconocido, aunque no me acordaba apenas de su cara. Pero vamos, tenía que ser él. ¡Si es que el ambiente es un pañuelo!

Hugo no daba crédito:

—Tía, te voy a dar la razón: eres una puñetera stalker. ¡Me das miedo!

—¡Cuidadito conmigo! —rió ella.

Hugo volvió a mirar la foto de Álex y sintió un hormigueo en la boca de su estómago. Álex estaba guapísimo, sonriendo frente a una cala ibicenca. Sólo a unos centímetros de su pulgar se hallaba el botón azul de Seguir, un gesto que le abriría la opción de entablar conversación con él y, esta vez sí, mantener el contacto. Ahora sólo debía reunir el valor para pulsar aquel botón y pensar las palabras adecuadas para, una vez más, pedir disculpas. La cuestión era si, con aquella opción al alcance de su mano, Hugo sería capaz de dar el paso.

No era tan fácil como parecía.

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