13. BORJA

«Ya sabéis lo que opino al respecto. Esto de las relaciones monógamas está pasado de moda.»


—Desde luego, Borja, tú nunca cambiarás…

Carlos y Rafa, los amigotes de Borja, se hallaban tomando algo en el 100 Montaditos de la Plaza del Ayuntamiento junto a su amigo. Daban buena cuenta de un plato de patatas fritas, sentados en una mesa del fondo del local, mientras aprovechaban para ponerse al día de sus respectivos ligues y aventuras amorosas. En ese momento el tema estrella giraba, tal y como venía siendo habitual, en torno a los amoríos —y desvaríos— del bueno de Borja.

—Pues bien que os mola que os cuente mis anécdotas, cacho perras… —contestó el susodicho, con su acostumbrado tono desabrido—. ¡Ag, esta patata está rancia! De verdad que no entiendo como os gusta venir a este sitio abominable.

—¡Pero si está súper bien de precio! —exclamó Carlos, también conocido como la Baileys, con su voz aguda de ratilla—. Además, hoy es el Día del Montadito y la cerveza a un euro. ¡Un euro! Ni que estuviéramos en 2006… Estas ofertas hay que aprovecharlas.

Borja levantó con asco el montadito de tortilla congelada y pan grasiento y gomoso que le habían servido, y se lo mostró a Carlos con cara de circunstancias.

—Para ser banquera eres un poco rácana —le dijo—. Aunque ahora que lo pienso, quizá sea precisamente de ahí de donde te viene la tacañería. Para ti la pela siempre es la pela

—Ay, ya quisiera ser banquera —suspiró Carlos—. Lo que hago en la sucursal del banco es más bien ser dependienta. Cada día nos parecemos más a los vendedores ambulantes, intentando colar productos a los clientes. Ya mismo me ves en el banco como a las cajeras del Día o del Charter. ¡Nena! ¿No te apetece llevarte unas madalenas? Que las tengo a mitad de precio… Seguro que cobraba más, con eso te lo digo todo.

—En fin, volviendo al tema —intervino Rafa, que había estado escuchando aquellas absurdas disertaciones mientras se hinchaba a patatas fritas con ketchup de garrafón—. Jamás hubiera dicho que ese novio tuyo fuera un niño bien. ¡Con lo mal que viste! Porque podemos llamarlo novio, ¿o no?

—Ay, chico, llámalo como quieras. Novio, no-novio, chico con el que salgo… El caso es que ahora mismo estamos juntos. Ya os digo que esta oportunidad no la desaprovecho. ¡Menudo casoplón que se gasta! Esa piscina la tengo yo que usar cuando haga bueno. Cuando dejé a Diego ya tuve que renunciar a muchas cosas…

—Ay, Diego… —Carlos se sumió en una ensoñación—. Qué guapo era. Oye, ¿todavía tienes su número? Es para un amigo…

Borja lo miró con odio.

—Como se te ocurra acercarte a mi ex, te mando de una patada a Constantinopla.

—¿No querrás decir a Estambul? —lo corrigió Rafa, en tono pretendidamente pedante.

Borja se volvió hacia su otro amigo.

—No, a Constantinopla —insistió—, porque la patada va a ser tan fuerte que va a viajar atrás en el tiempo. Y tú detrás, con él. Mira que sois gilipollas.

—Chica, de verdad que no aguantas ni una broma —comentó Carlos, por lo bajini.

—Pero a ver, Borja —dijo Rafa—. Eso de estamos juntos, ¿qué significa exactamente? Si dentro de nada vas a estar quedando para follar con otros, que ya nos conocemos.

—Bueno, ¿y qué? Ya sabéis lo que opino al respecto. Esto de las relaciones monógamas está pasado de moda. Además, os sorprendería saber lo abierto que es Alberto una vez lo conoces un poco. Estoy seguro de que si le propongo una relación abierta, con el tiempo acabará aceptando. ¡Si lo tengo comiendo de mi mano!

—Ya… —murmuró la Baileys—. Y mientras Alberto se hace a la idea de la relación abierta o no, imagino que tú serás fiel como un perrito carlino. Te borrarás el Grindr, dejarás el Tinder, el Instagram, dejarás de ligar en las discotecas y tal…

—Pero vosotros qué queréis, ¿que me meta a monja? —se escandalizó Borja—. Vamos a ver, que yo no voy a renunciar a ser yo mismo. Parecéis decimonónicas. ¿Es que el corsé hace que no os llegue la sangre a la cabeza? Alberto ya sabe lo que hay. Sabe perfectamente cómo soy, y parece que no le ha importado lo más mínimo para estar conmigo. Ya os digo que lo que yo le doy, no se lo ha dado nadie en su vida… ¡Faltaría más!

—Entonces, ¿quieres decir que le contarás que vas a seguir acostándote con otros? —inquirió Rafa.

—No hay necesidad alguna de resaltar lo evidente —se excusó él—. Como es lógico, si me acuesto con otras personas, tampoco voy a ir corriendo a contárselo. Es algo que Alberto debería dar por hecho. Si es tan tonto para entender otra cosa, es cosa suya. Jamás oirá de mi boca nada acerca de mantener la fidelidad o exclusividad alguna por mi parte.

—De verdad que flipo contigo —comentó Rafa—. No sé como te lo arreglas, pero siempre acabas emparejado, a pesar de todo. Y yo aquí solo, compuesto, sin novio y con más sequía que la cuenca del Segura. Si es que ya ni me acuerdo del último polvo que pegué.

—Eso te pasa por ir de bueno, Rafita. A los tíos les va la marcha, ya lo ves. En Borja tienes el ejemplo perfecto.

—En fin, vamos a dar una vuelta, que no soporto más estos puñeteros asientos de madera. Se me ha quedado el culo cuadrado —proclamó Borja, levantándose del banco donde se hallaba sentado—. En la próxima quedada elijo yo el sitio, a ver si por una vez vamos a algún sitio con un poco más de glamour.

—Lo que ordene, su majestad —contestó la Baileys, con retintín. Poco después, los tres amigos se marchaban del local, continuando con la charla y sus piques, entre risas y alguna que otra envidia.

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