14. EDU

La impotencia iba creciendo en el pecho de Edu, amenazando con hacerlo estallar.


Desde el primer minuto de aquella mañana, el universo parecía haberse confabulado contra Edu. La noche anterior había salido a cenar con David y, aunque la cita había sido breve y de apenas unas horas, se había acostado más tarde de lo que había querido, eso a sabiendas de que al día siguiente tenía que estar presente a las 7:30 en la emisora. Aunque David entraba a trabajar más tarde que él, a eso de las 11:00, le había propuesto a Edu que se quedara en su casa a dormir. De ese modo, al día siguiente ambos podrían acudir juntos a la oficina. David le había dicho que podía aprovechar ese tiempo de más para adelantar trabajo que tenía pendiente. Edu le había dicho que no se preocupara, pues le sabía mal que no pudiera descansar unas horas más, así que rehusó la oferta que le ofrecía el chico en un pretendido acto de generosidad. Craso error. La alarma del móvil de Edu había decidido adelantar el fin de semana y no había sonado a tiempo —o más bien, él la había apagado automáticamente en cuanto empezó a emitir su impertinente melodía, un episodio que su cerebro somnoliento había decidido borrar por completo de su memoria—. Así, cuando abrió los ojos, el reloj anunciaba impasible que le quedaban tan solo diez minutos para estar presentable y llegar a la hora a su destino.

Levantándose de la cama como expulsado por una catapulta, su corazón pasó de cero a cien en cuestión de un segundo —habría sido la envidia de cualquier BMW—. Edu abrió casi a ciegas el armario y se vistió con el primer jersey que encontraron sus manos, salió corriendo al baño y se lavó la cara en un intento por despejarse. Con los ojos aún neblinosos, Edu se peinó como pudo con la mano, comprobando que sus pelos aquella mañana habían decidido adoptar el estilo punk. No tenía tiempo para domar aquel pelo encrespado, por lo que volvió a la habitación para ponerse los zapatos. Cogió el móvil y salió disparado hacia el recibidor, donde se hizo con las llaves antes de salir de casa.

Una vez en el ascensor, mientras abría la aplicación de Cabify, Edu se miró en el espejo que había en el habitáculo y se dio cuenta, con horror, de que se había colocado el jersey del revés. Sintiéndose estúpido, guardó el móvil en el bolsillo y, absolutamente estresado, intentó quitarse la prenda para darle la vuelta, que era algo ajustada. Justo cuando su cabeza intentaba emerger con cierta dificultad por el cuello del jersey, la puerta del ascensor se abrió, dando paso a una vecina del bloque que volvía de comprar el pan. La mujer se topó con la cómica imagen de aquel chico que luchaba denodadamente contra aquel jersey de punto que intentaba ahogarlo en una feroz lucha a muerte.

—Buenos días… —dijo Edu, resoplando mientras salía del ascensor, una vez liberado de su pequeña prisión textil, sonriendo como un tonto.

—Buenos días —contestó ella, sin duda aguantándose la risa.

Edu —también conocido como el nuevo aspirante a Mr. Bean— abandonó el lugar de los hechos, intentando no pensar en su pequeño ridículo, y caminó hacia la calle mientras volvía a ponerse, esta vez como Dios manda, aquel maldito jersey. A todo esto, apenas le quedaban cinco minutos para llegar a la emisora. Por suerte, la aplicación del móvil le avisó de que su coche tan sólo tardaría tres minutos en llegar. En realidad fueron nueve. A quince euros del ala le salía la broma, pero daba igual; en aquel punto no le importaba pagar si eso podía evitarle una bronca del temible Sr. Gimeno. ¡Ay, qué equivocado estaba!

Edu había llegado finalmente con apenas quince minutos de retraso —de haber acudido en autobús, los tres cuartos de hora no se los hubiera quitado nadie—. Por suerte, cuando llegó a la emisora, sus compañeras de redacción le avisaron de que no había moros en la costa. El Sr. Gimeno aún no había llegado, así que Edu pudo respirar tranquilo. Mientras no se percatara de la hora de entrada del fichaje, todo iría bien.

El resto de la mañana transcurrió con más pena que gloria. Tras la emisión del boletín informativo de la mañana, Edu tuvo que ayudar a ordenar y archivar una pila de documentos y papelajos que, por lo menos, debía llegar hasta Marte, metro arriba, metro abajo.

Cuando David llegó a la oficina, Edu aprovechó para tomar por fin un café en la sala de descanso junto a su… ¿podía llamarlo novio? Bueno, quizá era aún un poco pronto para palabras tan grandes. Ni siquiera se habían dicho las dos palabras mágicas que podían formalizar esa relación. Tiempo al tiempo, para una vez que las cosas parecían marchar con alguien, era mejor dejar que todo fluyera.

—No sabes el día que he tenido —le empezó a contar Edu—. Esta mañana al final me he dormido, ¿sabes? No me he enterado de la alarma del móvil. Menuda odisea he pasado hasta llegar a la oficina… He tenido que gastarme una pasta en el Cabify. Bueno, al menos el día no creo que pueda ir a peor.

—¿En serio? Si es que anoche tenías que haberme hecho caso. —David miró de reojo hacia la puerta, confirmando que estaban solos en la sala, y luego susurró—: Te he echado de menos esta noche en la cama.

Edu se ruborizó y sonrió. No pudo evitar sentir una súbita incomodidad en sus pantalones.

—Ya, soy idiota. La próxima vez no me lo pienso. —Edu se acercó a David con la intención de robarle un beso, pero este se echó súbitamente hacia atrás.

—Eh, aquí no —dijo él, y de pronto se le veía muy nervioso. Edu dejó de sonreír y se sintió algo cohibido. David se dio cuenta de que había sonado demasiado borde y dulcificó el tono, bajando la voz de nuevo—. Ten cuidado, tete. No es el mejor sitio para que nos vean así.

—Lo… Lo siento —se disculpó Edu, sintiéndose algo patán—. Es que me has dicho eso y… Me he dejado llevar.

—Ahora somos compañeros de trabajo, ¿recuerdas? Tenemos que seguir ciertas normas. Sabes que no me gusta demostrar estas cosas en público. Ya habrá tiempo para todo lo demás, en la intimidad, ¿vale, tete?

—Claro.

David sonrió, cogió su taza de café, y salió de la sala seguido por la mirada de Edu. El chico se cruzó en la puerta con Alicia, una compañera de la redacción que entraba justo en ese momento. Ella le dejó pasar, ambos se saludaron, y luego ella lo siguió también brevemente con la mirada; Edu percibió cierta lascivia en los ojos y la media sonrisa de Alicia y no pudo evitar odiarla un poquito.

—Eduardo —le dijo ella, una vez dentro de la sala—. El Señor Gimeno acaba de llegar y ha preguntado por ti. Al no verte ha dicho, literalmente, que en cuanto aparecieras por tu puesto acudieras cagando leches a su despacho. Yo no le haría esperar…

Edu tragó saliva.

—Gra… gracias, Alicia. —Vaya, parece que el día sí podía ir a peor. Nota mental: nunca, nunca volver a mentar esa frase, se dijo Edu para sus adentros.

Edu acudió, cagando leches, al despacho del Señor Gimeno. Este se hallaba sentado en su escritorio, revisando unos expedientes. Edu golpeó la puerta un par de veces con los nudillos, llamando la atención de su jefe, y este levantó la mirada hacia él. Parecía de muy mal genio, pues tenía el ceño tan fruncido que se le juntaban las cejas. Mal vamos, pensó Edu.

—Señor Gimeno, me han dicho que me buscaba…

—Sí, Eduardo. Pase y cierre la puerta. Siéntese.

Edu obedeció cual corderillo en el matadero y segundos después se sentó, esperando recibir la reprimenda. Tuvo la irrefrenable necesidad de explicarse:

—Señor Gimeno, verá. Esta mañana no me ha sonado la alarma y…

—Déjeme hablar a mí primero, señor González. No le he mandado llamar por eso, aunque no crea que no me he dado cuenta de su impuntualidad. Ya volveremos a ese tema cuando corresponda. Vamos a ver, porque igual es que aquí no nos hemos explicado convenientemente. Señor González, ¿me puede decir cuál es la labor de un locutor de radio?

Edu miró a su superior con la duda en los ojos, sin saber muy bien qué debía responder. ¿A qué se refería exactamente?

—¿Comunicar…? —aventuró.

El señor Gimeno parecía cada vez más enfadado.

—La labor de un locutor de radio es locutar. Y la de un redactor, redactar. El concepto es muy sencillo, señor González, así que a ver si le queda bien claro, clarito y clarinete. Explíqueme que pasó el otro día durante el boletín de noticias, cuando decidió alterar la redacción que la señora Terán le pasó en la sección de sucesos locales.

Así que se trataba de eso. Edu había dejado por completo atrás aquel incidente.

—Verá señor Gimeno. Simplemente creí que…

 —Lo que usted crea me la trae al pairo, señor González. Cuando un compañero le pasa un texto, ya elaborado, maquetado y aprobado, usted se limita a locutarlo, ¿estamos? ¿Pero acaso no sabe donde está usted trabajando? Esto es Alerta2, señor mío. Nuestra emisora tiene una linea editorial muy clara. Esta no es una emisora progre de izquierdosos y podemitas, ¿me ha entendido?

La impotencia iba creciendo en el pecho de Edu, amenazando con hacerlo estallar.

—Pero señor —dijo, y se obligó a contener la rabia—. Lo único que hice fue aportar un dato que había sido pasado por alto. Ese chico…

—¿Qué chico ni qué ocho cuartos? —se exaltó Gimeno—. Aitana Ruiz, la agredida, era una adolescente joven, como aparece descrito en el atestado policial. Lo que a esa chica le guste o no le guste imaginarse sobre sí misma, o en su cama, es otro asunto que poco tiene que ver con su sexo real o con lo que sucedió aquella noche, ¿queda claro? Los periodistas de esta emisora se limitaron a redactar la noticia tal cual era, no a adornarla con esas parafernalias de ideología de género y teoría queer que utilizan constantemente los medios de izquierdas para ejecutar la propaganda que interesa a los lobbys. Esto no puede volver a repetirse, así que espero que le haya quedado suficientemente claro, señor González. La próxima vez que cambie una sola coma del texto, lo próximo que verá serán sus patitas en la calle. ¿Estamos, o no estamos? ¿Verdad que estamos?

Edu calló, incapaz de replicar. Miles de pensamientos y contestaciones cruzaron su cabeza en aquel momento, y sin embargo sus labios eran incapaces de proferirlos. Las palabras se le atragantaban en la garganta y no podía emitir un solo sonido; lo único que sentía eran unas ganas tremendas de llorar, de pura frustración. Contuvo las lágrimas, eso sí, y aguantó la mirada del Señor Gimeno todo lo estoicamente que pudo.

—Voy a pasar por alto este incidente, Eduardo —dijo el señor Gimeno, entonces, adoptando un tono pretendidamente conciliador—. Tiene reflejos. Puede llegar muy lejos como locutor, eso lo admito. No haga que me arrepienta de haberle contratado.

Edu miró al señor Gimeno, que le hizo un aspaviento con la mano, indicando que podía marcharse. Se levantó del asiento y salió de aquel despacho como alma que lleva el diablo, sintiéndose absolutamente hecho trizas por dentro.


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