15. ALBERTO

«¡Escóndete en la habitación mientras yo le distraigo!»


Extenuado. Alberto estaba extenuado.

Dos polvos consecutivos con Borja. Dos, uno detrás del otro. Jamás en su vida había tenido tanta actividad sexual en tan poco tiempo, y la verdad es que la experiencia resultaba realmente excitante. Por una vez, Alberto se sentía atractivo, seguro de sí mismo, algo que siempre había creído inalcanzable para él y que solo gente como Álex podía llegar a vivir.

Álex… A pesar de todo, Alberto seguía sintiendo una tremenda culpabilidad por estar manteniendo aquella relación con Borja. Era la misma sensación que se tiene tras comer de una sentada medio pastel de tres chocolates cuando se está intentando empezar una dieta. Por ello aquel affaire debía seguir siendo un secreto, nadie de su entorno debía enterarse. ¿Cómo iban a entenderle sus amigos si ni siquiera él sabía cómo procesar aquella situación?

—¿En qué piensas? —preguntó Borja, pues su compañero de cama se había quedado absorto mirando el techo de la habitación—. Estás en las nubes. Aunque bueno, no me extraña. ¡Me has dejado seco!

—¿Yo? Eh… En nada. Sólo estaba recuperando el aliento —mintió él.

—Ya… ¿Otra vez sintiéndote culpable?

—No, solo es que… —Alberto se volvió hacia Borja, cubierto apenas por la sábana, y lo miró a los ojos—. Creo que, para variar, podrías quedarte a dormir esta noche. Estaría bien salir a cenar a algún sitio chulo, ver una peli, dormir juntos… Ya sabes.

—¿Así, en plan pareja? —Borja arqueó las cejas—. Alberto, ya sabes que yo prefiero dormir en mi cama.

Alberto frunció el ceño.

—¿Y qué tendría de malo hacer algo distinto, para variar? —preguntó, visiblemente molesto—. Que sí, que el sexo entre nosotros está muy bien, pero… Si vamos a seguir viéndonos creo que deberíamos dejar claro en qué se está convirtiendo esto.

—Claro que sí, bomboncín —se burló Borja, en tono pretendidamente cursi—. Hacemos lo que quieras, aunque ya sabes lo que opino de las parejas.

—¿Sí? Pues a veces me lo planteo, porque no sé exactamente lo que opinas. Que si la monogamia está desfasada, que si hoy en día las cosas no son para siempre… Pero luego va y tu ex te pone los cuernos con mi amigo Álex, y lías una que para qué. Eso sí, tú podías acostarte con cualquiera, que ahí no pasaba nada…

—¡Uy! Pero eso es completamente distinto —alegó Borja, convencido de su postura a pesar de lo precario de sus argumentos—. Para empezar, no sabes lo que Diego y yo teníamos definido. Y para acabar… No es lo mismo.

—¡Tus argumentos son demoledores! —valoró Alberto, con evidente sarcasmo—. Así que, por tanto, conmigo también harás lo mismo, ¿no? Quiero decir, ¿a cuántos más te has follado entre polvo y polvo que hayamos echado?

—Vamos a ver, Alberto. ¿En qué momento tú y yo hemos hablado de exclusividad?

Ahí estaba otra vez, el Borja que le sacaba de quicio y al que abofetearía una y otra vez con una manopla de cocina.

—¿Sabes? Creo que ya no me apetece cenar, y menos aún dormir contigo. Lárgate de mi casa ahora mismo.

—¡Por el amor de Dior! —exclamó Borja, elevando los ojos en señal de cansancio y frustración—. Está bien, ¿quieres una relación parejil? ¿Tengo que arrodillarme y pedirte que salgas conmigo? ¿Que me acompañes al baile de graduación? ¿A mi quinceañera?

—Con un simple “me apetece salir contigo a cenar” me bastaría.

—¡Está bien, está bien! Qué hartura. Podríamos ir mañana al cine, si te apetece.

—¿Lo dices en serio o me estás tomando el pelo? —Alberto puso cara de incredulidad.

—Lo digo en serio. ¿Quieres ir al cine mañana, por la tarde?

Alberto miró a Borja, dubitativo. Luego contestó:

—Sí, me parece bien.

—Tenemos una cita, entonces —confirmó Borja—. ¿Dejarás de darme la vara con ese asunto de las relaciones?

—Eso ya lo veremos…

En ese momento, por sorpresa, sonó el timbre del videoportero.

—¡Anda! ¿Esperas visita? —preguntó Borja, con una sonrisa bribona—. Vaya, vaya. A ver si al final el que va a tener un amante eres tú…

—Pues no, no esperaba a nadie —contestó él, visiblemente nervioso.

Alberto se levantó de la cama, desnudo, y salió al recibidor, que estaba junto a la habitación, para ver de quién se trataba. Cuando, a través de la pantalla en blanco y negro del interfono, comprobó quién era el inoportuno visitante, Alberto dio un respingo. De pronto estaba aterrado:

—Dios, ¡Dios! —bramó.

—¿Qué pasa? —preguntó Borja, desde la cama.

—¡Vístete, rápido! ¡Y sal de la cama! ¡Tienes que irte! ¡Ya!

—¿Pero se puede saber qué pasa? ¿Quién ha venido, Hannibal Lecter? ¿Amaia Montero?

—¡Es Edu! —exclamó—. No puede verte aquí, así que… ¡largo!

—Sí, ya veo como tratas tú a tus parejas —comentó Borja, levantándose cansinamente y recuperando sus pantalones, que se hallaban tirados en el suelo—. Está bien, me piro, pero… ¿No habría sido más fácil que no le hubieras abierto la puerta? Vamos, digo yo…

—Ahora que lo dices, hubiera estado muy bien hacerlo, ¡pero ya es tarde! —contestó Alberto, con el dedo en el botón de apertura del portal, pulsado. Desde luego, en ese momento no tenía la cabeza para ese tipo de razonamientos. Luego entró a la habitación en busca de su camiseta y sus pantalones—. ¡Vamos! ¿A qué esperas? Ya estará subiendo.

Borja se acercó a la puerta del piso.

—Imagino que no querrás que me vea bajando las escaleras de tu casa.

—Mierda, tienes razón. ¡Escóndete en la habitación mientras yo le distraigo! Luego, te largas con viento fresco.

Borja dejó los ojos en blanco, una vez más, y regresó a la habitación, escondiéndose tras un recodo mientras Alberto terminaba de vestirse y salía a recibir a su amigo. Segundos después, sonaba el timbre de la puerta. Alberto respiró hondo antes de abrir a su amigo.

—¡Edu! —saludó, en un tono exageradamente alegre—. ¡Pero bueno, qué sorpresa! ¡No te esperaba!

—Hola Alberto. Oye, siento haberme presentado sin avisar. ¿Te pillo en mal momento?

—¿A mí? ¡Para nada! Qué va, ¿por qué lo dices? —contestó él atropelladamente, trabándose la lengua y poniendo una involuntaria cara de pánico.

—Bueno, como ibas a enseñarnos el piso a Pablo y a mí este finde… Pensé que quizá te sabría mal que me adelantara. No estaba seguro del número, la verdad, pero me sonaba que era el primero.

—Pues sí, sí, has acertado, es el primero. ¡Tachán! —Alberto rió su broma sin gracia, y no pudo evitar preguntarse para sus adentros qué coño estaba haciendo. Debía calmarse y actuar con normalidad—. Bueno, ¡pasa, pasa! No te quedes en la puerta. Vamos al salón y ahora te enseño tooooodo el piso.

Borja, en el interior de la habitación, se llevó una mano a la cara haciendo el gesto de un facepalm de manual, conteniendo la risa.

—He tenido muy mal día en el curro, la verdad —dijo Edu, entrando en la casa mientras Alberto le cedía el paso. El anfitrión se quedó junto a la puerta y miraba de reojo hacia el dormitorio—. Necesitaba hablar con alguien, por eso he venido.

—Ya… ¡Pues aquí me tienes, soy todo oídos! —proclamó Alberto, que empezó a caminar siguiendo los pasos de Edu. Este se había vuelto hacia su amigo y se había quedado mirándole con extrañeza.

—¿No cierras la puerta? —preguntó.

—Eh… No, no. Es que tengo un poco de calor y así corre más el aire. ¿Tú no tienes calor? Si es que parece mentira que estemos en febrero. Pero bueno, ya mismo llega marzo. Ya huele a Fallas, ¿verdad? Y ya se sabe, en primavera… ¡Tan pronto te asas como te congelas!

—Alberto, ¿estás bien? —sonrió Edu—. Estás algo espitoso.

—¿Yo? Ah, puede que sea el café. Me he tomado antes un Nespresso y me pone como una moto, ¡pero es que está tan bueno! Por cierto, ¿quieres uno?

—Vale, claro. Oye, ¡tienes un piso chulísimo! No me lo imaginaba así al subir, la verdad.

—Ya, engaña un poco, ¿eh? El edificio está algo viejo por fuera, pero bueno, mis padres arreglaron todas las instalaciones y la verdad es que estoy muy a gusto aquí.

—¡Qué pasada!

—Vamos, siéntate. Voy a prepararte un café, pero espera un segundito, que tengo que ir un momento a la habitación.

—Claro, no hay problema.

Alberto dejó a Edu sentado en el sofá y regresó a toda prisa al dormitorio para comprobar si Borja aún seguía allí o había abandonado el nido. Lo encontró de brazos cruzados, de pie junto a la cama, interrogándole con la mirada. Alberto le hizo un aspaviento exagerado para animarlo a salir de allí a toda prisa. Borja obedeció, y a Alberto sólo faltó empujarle a través de la abertura de la puerta.

—Oye, ¿te importa que vaya un momento al baño? —La voz de Edu sonó terriblemente cerca, y Alberto cerró instintivamente la puerta de la casa con un portazo que debió impactar contra la espalda de Borja. Alberto se giró como un resorte hacia Edu, cuya cabeza asomaba desde el sofá, rezando a todos los santos del panteón para que no hubiera visto nada.

—Cla… claro, está aquí, al lado del dormitorio —dijo.

—¿Has cerrado la puerta? —preguntó Edu, extrañado—. ¿No decías que tenías calor?

—Ya, sí… Eh, bueno, es que hacía un poco de biruji, ¿no? ¡Menuda corriente! No hay término medio en esta casa. Sí, el baño está aquí. Voy a preparar el café, ¿vale?

Con Borja fuera de la casa, Alberto podía respirar al fin, más tranquilo.

Al cabo de un par de minutos, Edu regresó del baño mientras él terminaba de preparar dos tazas de café ristretto.

—Y bien, ¿qué te ha pasado en el curro? —preguntó Alberto, tomando asiento en el sofá.

—Es mi jefe…

Edu procedió a contarle la bronca que había recibido por parte del Señor Gimeno. Alberto escuchó pacientemente, aunque inevitablemente su cabeza seguía volviendo involuntariamente a la reciente tensión que había vivido. ¡Maldita relación secreta! Debía centrarse en el discurso de su amigo. Se le veía hecho polvo.

—Menudo cabrón, tu jefe… —comentó, una vez Edu se hubo desahogado—. Hiciste muy bien al dar la noticia, Edu. Hoy en día parece que estemos dando pasos atrás en tolerancia y respeto.

—Ya, pero ahora me siento echo una mierda. No sé qué hago trabajando ahí, con esa gentuza.

—Siempre puedes dejarlo.

—Ya, pero es mi primer trabajo, Alberto. Necesito esta oportunidad, ganar experiencia, y el dinero tampoco me viene mal. Aunque no es solo eso… También está David.

David, el noviete de Edu. Alberto casi lo había olvidado. Su amigo le había contado poco al respecto, aunque sabía lo suficiente: otro chico perfecto que sumar a la larga lista de enamoramientos de Edu. Sólo escuchar su nombre le provocaba un pinchazo de celos en el estómago, y no debería, eso lo sabía bien. Al fin y al cabo, Alberto también estaba conociendo a alguien y se supone que estaba decidido a pasar página. Claro que ese alguien con quien se veía era un gilipollas insufrible. Un gilipollas que le ponía muchísimo, eso sí.

—Me gusta estar con él, poder verle en el trabajo —seguía diciendo Edu, al respecto de su ligue—. No puedo dejarlo allí, ahora que hemos empezado en esto juntos. Debo ser idiota, ¿verdad?

—Pues sí —murmuró Alberto. Luego se dio cuenta de lo que acababa de decir y puso cara de pánico mientras intentaba arreglar sus palabras—. Me refiero a que sí, que es una putada. Pero Edu, si no estás conforme con el trabajo, deberías dejarlo. No hay nada peor que estar a disgusto en un sitio que tienes que pisar todos los días.

—Ya… Bueno, de momento creo que voy a probar a ver cómo van las cosas. Si veo que no mejoran, no creo que lo aguante —dijo—. Oye, Alberto, gracias por escucharme, necesitaba hablar con alguien. Necesitaba desconectar. Menos mal que este finde inauguramos tu piso, ¿no? ¡A ver si os presento a David!

—¡Claro! Muero de ganas por conocerlo —mintió él, y acabó su café de un trago.


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