17. ALBERTO

«No nos pueden ver juntos. ¡Toda precaución es poca!»


Alberto entró a la sala con las gafas de sol todavía puestas, como si fuera vestido de incógnito. Nervioso, y completamente cegado por la penumbra del lugar, tuvo que quitárselas para echar una ojeada a la sala de cine. No había moros en la costa: la sala estaba vacía a excepción de la butaca que ocupaba Borja en el centro exacto de la misma. Al comprobar que no había peligro alguno, Alberto se aproximó por fin hacia la fila que ocupaba su chico. Su chico… Qué raro seguía sonándole aquello.

—¿Se puede saber dónde andabas? —le recriminó Borja, cuando lo vio llegar—. De verdad… Y decías que querías hacer algo normal para variar. Pues si esto es normal, que venga Maluma y lo vea.

—Tenía que asegurarme de que no hubiera nadie que me reconociera. No nos pueden ver juntos. ¡Toda precaución es poca!

—¿Y por eso he tenido que venir yo solo y comprarme una entrada de cine? ¡Una! Como si fuera un puñetero nerd sin amigos. Y por si fuera poco me has hecho venir al cine a la hora de las abuelas… ¡Si es que son las cuatro y media de la tarde! A estas horas debería estar viendo un documental de tigres en La 2 y durmiendo a pierna suelta, no viendo una peli española. Que esa es otra, ya podíamos haber ido a ver una de la Marvel o de Keanu Reeves, pero no… Me traes a ver una españolada subvencionada por el Ministerio. ¡Trae cojones!

—No querrás que veamos una peli de superhéroes la primera vez que vamos juntos al cine. ¡Eso no es romántico!

Alguien entraba a la sala de cine en aquel momento. Alberto, alertado, miró hacia la entrada y comprobó que se trataba de una pareja de señoras mayores. Los dos chicos se mantuvieron en silencio durante unos segundos mientras las señoras tomaban asiento, justo detrás de ellos.

—Será que no hay butacas, que tienen que sentarse justo detrás —renegó Borja, por lo bajo—. Menuda tarde me espera, y encima me has traído a un dramón del quince.

—Venga, que te va a gustar. Me han dicho que es una peli muy buena. Se rumorea que se llevará el Goya a Mejor Película este año.

—¿En serio? ¡No me digas más! ¿Está ambientada en la Guerra Civil? ¿Los rojos son los buenos de la peli? ¡Qué sorpresa! ¿Puedo vomitar ya?

—¡Anda, actualízate! Ese tópico de la Guerra Civil está más que superado. Hay cine español más allá de eso. Tú déjate llevar y disfruta.

—Sí, pues ya me estás invitando a palomitas. Que al menos la tarde sea de provecho…

—¿Palomitas? ¿Pero te gusta esa mierda? —se quejó Alberto.

—O me traes las putas palomitas, o la peli la ves con las del Imserso.

—¡Está bien, está bien! ¿También quieres Coca-Cola?

Zero. El Menú Grande.

Alberto se levantó del asiento, molesto, y salió de la sala en busca de la barra. Desde luego, Borja podía llegar a ser de lo más irritante.

No había nadie esperando en el puesto de palomitas, así que el dependiente le atendió enseguida. Alberto pidió el Menú Combo y esperó a que le sirvieran. Mientras el chico le preparaba su agua de grifo con gas y concentrado químico y una ración de aire rebozado en maíz extrusionado a precio de sangre de unicornio, una mano golpeó su hombro reiteradamente desde atrás. Alberto quedó paralizado por el espanto y no quiso volverse para ver quién llamaba su atención.

—¡Eh, Alberto! —La voz de Edu, a su espalda, confirmó la peor de sus pesadillas. Alberto se giró lentamente sobre sí mismo, maldiciendo por dentro.

—¡Edu, ho… hola! —saludó a su amigo—. ¡Qué sorpresa! ¿Que haces aquí?

—Pues ver una peli, ¿no? —Edu sonreía ampliamente, con gesto de sorpresa. Iba acompañado de un chico al que Alberto no conocía, pero que claramente debía tratarse del chico con el que había empezado a salir, su compañero de clase y trabajo— ¡Qué casualidad! Acabamos de llegar, me ha parecido reconocerte ¡y resulta que sí eras tú! Te presento, este es David. David, este es mi amigo Alberto.

—Mucho gusto —lo saludó David, sonriendo y tendiéndole la mano.

—Encantado —lo correspondió Alberto.

—¿Has venido solo al cine? —le preguntó Edu.

—Eh… sí, sí. Es que quería ver esta peli que me recomendaste, la que nominaron a los Goya, y no quería perdérmela antes de que la saquen de cartelera…

—Anda, ¡pero si la acaban de estrenar! Si estará varias semanas más en cartel, además con la temporada de premios la mantendrán un tiempo más. Oye, ya que nos hemos encontrado aquí, ¿por qué no te vienes a ver la nueva de Ari Aster? Me han dicho que es brutal. David, ¿no te importa que venga con nosotros, verdad?

—En absoluto. Puedes apuntarte, Alberto.

—Eh… No, no hace falta. Además, que ya tengo mi entrada y no es plan de cambiar los asientos.

—¡Pero si no son numeradas! Además a esta hora no viene casi nadie al cine y habrá un montón de sitio en nuestra sala. Ya sabes, es la hora de las abuelas.

—De verdad que no hace falta, Edu. Si es que me apetece mucho ver esta peli, me la vendiste muy bien…

—No sé, pero ya que has venido aquí solo y nos hemos encontrado, es una pena. ¡El cine es para compartirlo! Va, vente con nosotros… Oye, por cierto, ¿desde cuando te gustan las palomitas?

—¿A mí? Si no me gustan…

—Aquí tiene su Menú Combo de palomitas y Coca-Cola Zero, señor —dijo el dependiente, esperando a que Alberto le pagara.

Edu miró a Alberto con las cejas arqueadas, sin comprender.

—Te decía que no me gustan… ¡Es que he descubierto que me encantan! —dijo, llevándose una a la boca y masticándola con falso placer. Alberto se volvió hacia el dependiente, que estaba esperando, y le dio un billete de diez euros—. Quédese con el cambio.

Alberto cogió su compra y se quedó plantado unos segundos ante Edu y David.

—Bueno, voy a entrar a la sala, que va a empezar la peli. Me ha gustado veros… Encantado, David.

—¿De verdad que no vienes? —Edu estaba realmente decepcionado. Alberto tenía un remolino de emociones en su interior, aunque la principal era el pánico—. Chico, que por la entrada no pasa nada. Luego podemos tomar algo y comentar la peli. Y oye, que si tantas ganas tienes de ver la otra, podemos volver un día tú y yo a verla. ¡A mí no me importaría repetir! Va, entra con nosotros…

—¡Si es que he venido con… mi madre! —exclamó de pronto Alberto, al verse sin salida.

—Ah, pero… ¿No decías que habías venido solo? —Edu estaba confundido.

—Sí, a ver. He venido solo… porque mi madre ya me estaba esperando en la sala. Hemos quedado aquí y yo he comprado la entrada más tarde… Bueno, el caso es que no puedo dejarla tirada, claro. Si no, iba con vosotros seguro.

—Claro, desde luego —dijo Edu, comprensivo—. Perdona entonces por insistirte, Alberto.

—No te preocupes, se agradece.

—Pues que os guste mucho la peli. Ya me contarás.

—Por supuesto, Edu. ¡Un placer, David! —dijo Alberto, quien acto seguido se escabulló hacia la sala donde lo esperaba Borja.

—Qué chico más raro… —comentó David.

—Estaba muy raro hoy, la verdad, no siempre es así —dijo Edu, encogiéndose de hombros—. Bueno, vamos a entrar, que quiero ver los tráilers. ¡A ver si ponen el de Star Wars!

Alberto regresó a la sala y tomó asiento junto a Borja, que estaba mirando fijamente la retahíla de anuncios y comerciales que se sucedían sobre la pantalla.

—¿Estabas cazando las palomitas o qué? —preguntó Borja, mientras Alberto se acomodaba en la butaca—. La peli está a punto de comenzar…

—No te lo vas a creer. ¡Me he encontrado ahí fuera con Edu!

—Vaya, ¿y no lo has invitado a entrar?

—Calla, me he tenido que inventar la bola de que he venido al cine con mi madre para que así me dejara en paz. Quería que me fuera con él a su sala, a hacer de aguantavelas con su chico.

—¡Qué mono! Así que ahora soy tu madre. Claro que sí, cielito. —rió él.

—¡Chssssssssst! —Una de las viejas del asiento trasero los mandó callar, muy enfadada.

—¡Pero señora, que la peli no ha empezado! —exclamó Borja, volviéndose indignado hacia la anciana—. De verdad, luego verás como las que no paran de cotorrear son ellas.

—Bueno, toma tus palomitas. Y ahora silencio y a disfrutar de la película.

Alberto pudo calmarse por fin cuando comenzaron los créditos iniciales del film. Durante los primeros minutos le costó, eso sí, conectar con lo que sucedía en pantalla, pues su cabeza seguía volviendo al tenso momento vivido en el hall del cine. ¿De verdad Edu le había invitando a entrar al cine con su novio para soportar los mimitos de la reciente parejita feliz? ¡Lo que le faltaba por vivir! A medida que avanzaba la proyección, Alberto pudo olvidar por un momento aquel incidente, centrada su atención en la película. Fue cuando aparecieron los créditos finales cuando volvió a activarse su estado de alarma. Borja se había dormido durante la proyección, por lo que tuvo que darle un fuerte codazo para que despertara.

—¿Ya ha acabado? —preguntó, mientras se incorporaba— ¡Se me ha echo cortísima!

—Ya te vale. Mira que dormirte, con lo interesante que estaba.

—Ha dado para una buena siesta. Menudo torrazo de película.

Ambos se levantaron y se dirigieron al hall. Antes de salir, Alberto se paró en seco:

—Espera, voy a echar una ojeada. Si no hay moros en la costa, nos vamos de aquí con viento fresco.

—Tengo que ir al baño —anunció Borja.

—¿No puedes esperar a llegar a casa?

—No —contestó él, enfadado, y acto seguido salió al hall.

—¡Espera! —Alberto no pudo impedir que Borja atravesara la puerta batiente. Esperó unos segundos, sin embargo, y luego lo siguió, caminando discretamente. Observó el vestíbulo, que estaba mucho más concurrido ahora: varias personas hacían cola frente al mostrador de las palomitas, y otras tantas entraban y salían de las diversas salas del multicine. No vio rastro de Edu, así que Alberto se escabulló en dirección al baño, siguiendo los pasos de Borja.

En el baño no había demasiada gente. Borja se hallaba de pie frente a uno de los urinarios, y Alberto se aproximó hacia él.

—Ya te vale, Borja. Edu podía haberte visto.

—En serio, ¡estás paranoico! ¿Qué más dará si me ve contigo o no? Es tu vida y deberías hacer con ella lo que te dé la gana.

—¿No puedes entender que quiero mantener lo nuestro en secreto? Edu no lo entendería, no después de todo lo que pasó con Álex. ¡Si apenas puedo entenderlo yo!

—Alberto, vive el momento y pasa de lo que opinen los demás. ¿Acaso piensas pasarte así el resto de tu vida?

—¿El resto de mi vida? —repitió Alberto, incrédulo—. Vaya, eso casi ha sonado a matrimonio.

—Matrimonio… Ahrg —Borja se estremeció. Aquella palabra en su boca escocía; al pronunciarla se sentía como la niña del exorcista recitando un padrenuestro—. No tergiverses. Tú ya me has entendido.

—Entiendo, ya.

Borja se lavó las manos. Tras secárselas se aproximó a Alberto, a quien agarró por el trasero.

—Venga, vamos a tu casa y compensamos el tostón de película al que me has traído con un polvazo como el del otro día.

—Borja, sé un poco más discreto, ¡que pueden oírnos! —susurró Alberto, riendo.

—¿Qué van a oírnos? Y si nos escuchan, ¿qué más da? ¿Acaso la gente no pega polvos todos los días? Anda, no seas tan mojigato, cálmate un poco y déjate llevar. Venga, vámonos ya.

Borja y Alberto salieron por fin del baño, entre risas. Segundos después, la puerta de uno de los servicios se abrió lentamente, dando paso a Edu. Salió del interior con el rostro descompuesto por la sorpresa y la incredulidad. ¿De verdad acababa de escuchar a su amigo Alberto confesando su relación con Borja, el mismo cabrón rastrero que chantajeó a Álex?

No podía creerlo.

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