18. ÁLEX

La preocupación le había impedido mantener la atención en lo que debía.


Se despertó de la siesta con el corazón acelerado y ahogando un gemido de horror. La tibia penumbra de su habitación, aquella luz dorada de la tarde que penetraba por las rendijas de la persiana, lo devolvió de pronto a la realidad. Aún estaba algo aturdido por el reciente sueño y la inquietante pesadilla cuyos ecos todavía resonaban en su cabeza. Sólo había sido un sueño, se dijo, y sin embargo no estaba más tranquilo, pues el temor que su subconsciente había manifestado para él seguía cuajando en la boca de su estómago.

Hacía varios días que Álex no se encontraba demasiado bien consigo mismo y se sentía especialmente mal por haberlo pagado con Hugo. Sí, la cita con él no había ido todo lo bien que le hubiera gustado, pero no había sido culpa del chico. Él mismo sabía que había estado distante. La preocupación le había impedido mantener la atención en lo que debía, aunque había intentado ocultarlo. Sin éxito, eso estaba claro.

Hugo no le había vuelto a escribir desde entonces, y él tampoco se había decidido a hacerlo. Estaba demasiado asustado. La despedida en el portal de su casa había sido un momento muy incómodo. En otras circunstancias, Álex no hubiera dudado en subir a casa de Hugo para tener una charla agradable en su habitación. Le hubiera encantado bromear con él, reír, sentir cómo la intimidad entre ambos evolucionaba lentamente; tomarle de la mano con suavidad e ir jugando poco a poco con leves caricias en su brazo hasta alcanzar su rostro; hundir los dedos en su pelo y susurrarle al oído lo mucho que le gustaba; besarlo suavemente, sin prisas y desnudarlo cuando la pasión lo marcara para, por fin, tumbarse junto a él y saborear cada rincón de su cuerpo. Hubiera sido un plan perfecto. Sin embargo, no pudo hacerlo. Las imágenes habían aparecido sobre sus retinas como flashes fugaces mientras lo besaba a la puerta de su casa.

El rostro de Ego.

Aquel baño mugriento.

Los gemidos de placer ahogados contra la pared al ritmo de las embestidas.

No. Álex no podía subir a su casa. Como consecuencia, Hugo se había quedado compuesto, sin cita y con un palmo de narices, sin ninguna explicación aparente.

Tenía la boca pastosa debido a la siesta demasiado prolongada. Se levantó de la cama con cierto malestar, su cuerpo aún aletargado. Salió de la habitación rumbo a la cocina para beber un poco de agua fresca y aplacar así la sequedad de su garganta. Se hallaba bebiendo un buen vaso de agua cuando un fuerte portazo acabó de despertarlo. Álex salió al pasillo y vio a Edu, que parecía algo alterado, caminando en dirección a su habitación.

—Eh, ¿se puede saber qué mosca te ha picado? —le preguntó Álex, al verlo pasar en aquel estado.

—Ah… Álex, perdona —Edu dejó de caminar en seco al toparse con Álex en el pasillo—. No quería asustarte. Es sólo que… Se me fue la mano.

—¿Qué ocurre? Se te ve algo enfadado.

—¿Enfadado? ¿Yo? —preguntó Edu. Pareció dudar un segundo antes de reconocerlo—. Sí, supongo que estoy enfadado.

—¿Y puedes contarme por qué? No será por tu nuevo ligue. David, se llamaba, ¿no?

—No, no es por David. Es… —Edu volvió a dudar. ¿Debía contarle a Álex lo que acababa de ver? Seguramente no era lo más apropiado, teniendo en cuenta lo que pasaba entre su amigo y Alberto, pero… Tenía que hablar con alguien, no podía guardarse aquello dentro, así que se lanzó—. No vas a creer lo que he visto hoy. Vamos al salón, será mejor que estés sentado cuando lo oigas.

Álex lo siguió con curiosidad hasta el sofá, donde Edu tomó asiento.

—Joder, Edu, me tienes intrigado. ¿Se puede saber qué has visto?

—Es Alberto.

Álex compuso una cara de disgusto.

—Para variar…

—No, no es lo que piensas. O bueno, quizá sí lo es.

Edu procedió a contarle a Álex lo que había visto: cómo se había encontrado con Alberto en la barra del cine, la excusa que éste había puesto para no entrar a ver la película con ellos, la sorprendente revelación que había tenido al finalizar la sesión, cuando había ido al baño y había escuchado la conversación entre él y Borja.

—No puedo creer que esté realmente con él, ¡con ese gilipollas!

—¿De verdad te sorprende? —preguntó Álex, ahora también enfadado, aunque también se hallaba sorprendido—. No sólo me traicionó una vez, sino que encima ha empezado a salir con el hijo de puta que intentó chantajearme. ¡Hay que tenerlos bien gordos!

—¡Pero es que no tiene ningún sentido! —exclamó Edu—. ¡Pero si fue él quien planeó el asalto a casa de Borja para destruir la copia del video! Es que no me entra en la cabeza…

—Alberto es así de egoísta. Nos ha estado engañando a todos. —A Álex se le había ido calentando la sangre a medida que Edu metía más leña al fuego—. ¿Pero sabes qué te digo? ¡Que le aproveche! ¿Quiere estar con un Haníbal Lecter? ¡Pues conseguido! Ahí lo tiene… Joder, es que no entiendo nada. Yo lo consideraba mi amigo, nos lo contábamos todo, y ahora de pronto se junta con mi peor enemigo. Y no sólo eso. Tantos años buscando el amor, tantos años obsesionado contigo, y ahora de pronto se junta con un tío que lo primero que va a hacer es ponerle los cuernos a la primera de cambio…

Edu se había quedado congelado al escuchar la rabieta de Álex.

—¿Qué… qué has querido decir? —preguntó.

Álex se quedó sin palabras durante un segundo. Hostia puta, pensó. Su torrente sanguíneo se había convertido en un glaciar.

—Eh… Digo que seguro que Borja le va a poner los cuernos con el primero que pase. —Álex intentó disimular su accidental ida de boca, pero no sonó muy convincente.

—No, no. Me refiero a lo que has dicho antes, algo que tenía que ver conmigo…

Ya estaba, era oficial. Álex había metido la pata hasta el fondo.

—No sé qué he dicho, se me ha calentado la boca —mintió.

—Has dicho que estaba obsesionado… ¿conmigo?

A Álex se le habían terminado las excusas. No le quedaba más opción que aceptar su error. De todas formas, sí, la había cagado, pero… ¿Qué más daba? Ya no le debía nada a Alberto.

—Ah, te refieres a eso… Bueno, sí. Alberto estaba loco por ti. Pensé que lo sabías.

Edu se dejó caer sobre el respaldo del sofá, incrédulo ante aquella sorprendente revelación. ¿De verdad era cierto lo que decía Álex? Si era así, Edu nunca lo había sospechado. Como contestándose a sí mismo, su memoria proyectó fugazmente cientos de imágenes de distintos momentos vividos en compañía de Alberto, evidencias de un juicio en forma de diapositivas que pasaron a cámara rápida sobre sus retinas. ¿Cómo podía haber estado tan ciego?

—Yo no… No puedo creerlo —murmuró.

Álex empezó a sentir cierto malestar en la boca de su estómago. Se dio cuenta de que no podía evitar sentirse culpable. Por mucho que su amistad con Alberto hubiera terminado, él no tenía derecho a contarle a Edu un secreto como aquel. Ahora no había marcha atrás… ¿Era aquella sensación la misma que había sentido Alberto al revelarle a Borja la existencia de su video erótico con Diego? Aquella idea atravesó su cabeza como una flecha lacerante. No, no podía compararse una cosa con la otra. Alberto le había vendido a un tío al que no conocía de nada y que había acabado siendo un puto psicópata. Álex sólo le había revelado a Edu, su anhelo de años, cuál era el secreto mejor guardado de Alberto; también le había arrebatado la oportunidad de dar el paso, vencer sus miedos y romper el tabú que le impedía madurar. Vaya, pensó. ¿Era posible que ahora estuvieran en tablas? ¿Había acabado cometiendo el mismo y exacto error por el cual había condenado y desterrado a su mejor amigo? No, no quería pensar de ese modo. Se negaba a aceptar esa culpabilidad, y sin embargo… El malestar, ese maldito malestar en su estómago.

¡Maldita sea la conciencia!

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