19. PABLO

Eva le había pedido aquel favor prometiendo compensarle más tarde.


Como cada año por aquellas fechas, Valencia se vestía de fiesta para celebrar la llegada de la primavera a través de su fiesta más grande, las Fallas. Desde el último fin de semana de febrero, con el inicio de las fiestas falleras marcado por el evento de la Cridà, las calles habían ido llenándose con el olor de las numerosas churrerías ambulantes que servían chocolate, churros y buñuelos de calabaza, y el aroma de la pólvora procedente de petardos y toda clase de pirotecnia que los niños —y no tan niños— hacían estallar continuamente a costa de los sustos y micro-infartos de propios y extraños. Entre las fachadas de los edificios, cientos de luces esperaban su momento para llenar de luz y color la noche de la ciudad. Las tiendas se hallaban decoradas con réplicas de petardos simulando las características tracas propias de toda celebración valenciana, y aquí y allá se levantaban carpas donde las comisiones falleras organizarían las verbenas que durante las fiestas transforman la ciudad en toda un gigantesca sala de baile. Para disgusto de muchos locales, numerosas calles del centro urbano se hallaban ya cortadas al tráfico rodado, pues prácticamente en cada intersección y plaza de la ciudad sería levantada una falla; así, numerosos bultos salidos de los talleres de los artistas falleros, ninots y espectaculares remates de cartón piedra, se hallaban envueltos en plásticos para protegerlos de la habitual lluvia de marzo y esperaban su momento para ser ensamblados en forma de los monumentos falleros que daban nombre, sentido y simbolismo a la fiesta.

Pablo caminaba animadamente a través de la Plaza del Ayuntamiento, centro neurálgico de las celebraciones, donde ya se respiraba el aroma a fiesta. Aunque no le gustaban particularmente las Fallas —muchos vecinos de la ciudad las odiaban, de hecho, debido a las molestias y trastornos que los actos producían durante prácticamente un mes—, aquel día Pablo saboreó gustoso el ambiente que se desarrollaba a su alrededor, pues estaba de particular buen humor. Parecía mentira pero, a lo tonto, ya llevaba saliendo más de un mes con Eva, y la verdad es que todo andaba bastante bien entre ellos. Aunque sus amigos aún no la conocían en persona, no tardarían en hacerlo, ya que en unos días Eva celebraría una fiesta en su piso a la que había invitado a los amigos de Pablo. El plan era cenar allí, beber algo, y luego salir de fiesta para disfrutar de las verbenas. A la cena también acudiría el hermano de Eva, Cris, quien vivía en Madrid, ciudad de la cual era oriunda su familia, pues el chico venía a pasar unos días a Valencia con motivo de las fiestas. Pablo se hallaba, de hecho, caminando hacia la Estación del Norte para recibir a Cris y así acompañarlo al piso donde ella vivía, pues aquella tarde Eva trabajaba en el sex-shop y no había podido cambiar el turno para recoger a su hermano. Aunque Pablo no lo conocía todavía y la situación podía resultar algo incómoda para él, Eva le había pedido aquel favor prometiendo compensarle más tarde, y él no pudo negarse ante aquella mirada de niña buena. Así pues, a Pablo le tocaba hacer de chófer en la mejor época del año para estresarse al volante. Había sido por culpa del tráfico cortado que Pablo había tenido que aparcar lejos de la estación, de ahí el paseo por las calles del centro, así que tendrían que caminar un rato cargando con las maletas hasta el coche. A pesar de todo ello, Pablo estaba animado y caminaba feliz, canturreando una canción fallera. Bendito inicio de relación y chute de hormonas en vena. ¡Mano de santo para el mal humor, oiga!

Estaba llegando a la estación cuando su teléfono móvil empezó a vibrar en el bolsillo. Era Eva.

—Hola, guapeta —la saludó Pablo, usando el apelativo cariñoso en valenciano que a ella le solía hacer gracia—. Ya estoy llegando a la estación…

—¡Hola, amor! Ay, pensaba que ya estarías con Cris.

—No, si acabo de llegar a la estación, el centro está imposible. Oye, por cierto, que no sé cómo voy a reconocerlo, no me has enseñado ninguna foto.

—Por eso no te preocupes, que él sí te ha visto en mi Instagram. De todas formas, no te preocupes. Es igualito a mí, ¡ya lo verás! Oye, te tengo que dejar, que estoy en la tienda y acaba de entrar un cliente. Dime algo por el whats cuando ya lo hayas recogido, ¿vale? Así me quedo más tranquila.

—Descuida, ya me encargo yo. De todas formas tampoco te preocupes tanto… Ya es mayorcito, ¿no?

—Sí. Nos llevamos pocos años, pero claro, para mí siempre será mi hermanito pequeño… Bueno, un besito, Pablo. ¡Te tengo que dejar! ¡Chao!

Eva colgó la llamada y Pablo guardó el móvil en el bolsillo. Caminó hacia el interior de la estación y observó la hora de llegada de los trenes. El tren Intercity de Cris debía haber llegado ya a la estación, hacía cosa de diez minutos, por lo que ya debía andar por allí esperándole en algún lugar. Echó una ojeada a su alrededor, pero no reconoció a nadie que pareciera estar esperándolo. ¿Cómo pretendía Eva que reconociera a su hermano, por mucho que se le pareciera? Pablo nunca había sido un fisonomista. Estaba tan distraído mirando a su lado en busca de Cris que no reparó en que se cruzaba con una señora muy corpulenta. Iba vestida con un traje largo de noche, de color negro, y tocaba su pelo con un pañuelo. Pablo se había chocado de lleno con ella, golpeándola en el costado.

—¡Ostras, perdone! —se disculpó Pablo—. ¿Se ha hecho daño? Estaba buscando a alguien y no la había visto…

—¡Ah, Pablo! —exclamó ella.

Pablo se quedó mirándola con los ojos abiertos. ¿Aquella mujerona le había llamado por su nombre? Le echó una ojeada de arriba a abajo, intentando averiguar si la conocía de algo. No parecía demasiado mayor, aunque estaba maquillada como una puerta. Tenía unos rasgos algo marcados y era voluminosa como un armario ropero.

—Pablo… —repitió ella—. Que soy yo, Cris.

—Cris… —Pablo se quedó lívido. Aquella mujer era… ¿Cris?

—De verdad, estos valencianos tenéis horchata en la sangre —continuó ella—. ¡Cris, el hermano de Eva!

—Claro, Cris, sí, disculpa… —Pablo parpadeó varias veces, y luego intentó disimular su sorpresa, sin éxito—. Es que Eva no me ha dicho… No te he reconocido con…

—¿No te gusta mi look? —preguntó Cris, mirando primero su vestido y luego ajustándose el pelo con la palma de la mano, todo en un toque muy femenino—. Hoy me sentía un poco femme fatale, aunque quizá sea un estilo algo extremado… Qué pasa, ¿no te ha dicho Eva que venía directa de la sesión de fotos de la disco? De verdad, que esta hermana mía está en la parra. Si es que se lo tengo dicho: desde que está en Valencia vive en los Mundos de Yupi. En fin, seguro que ni ha mirado el móvil, yo no sé para qué lo quiere. ¿Nos vamos? ¿Dónde está el coche? Tengo unas ganas de quitarme estos zapatos. ¡Estoy hecha polvo! Por cierto, mucho gusto. Mua, mua y toda la perafernalia…

—Igualmente. —Pablo tragó saliva. ¡Menuda verborrea! Así que el hermano de Cris era… ¿drag queen? ¿Y Eva cuándo pensaba contárselo? Superado el shock inicial, o casi, Pablo intentó aparentar normalidad—. Pues nos toca andar un poco… ¿Te ayudo con la maleta?

—No te preocupes, cariño, puedo yo sola, pero se agradece —Cris suspiró—. Así que esto es Valencia… ¡Qué pintoresco todo! Mira esta estación, ¡qué de naranjas por las paredes! A ver si me inspiran las Fallas y cuando vuelva a Madrid me hago un vestido de fallera para mi show del sábado. Una peineta y unos moños y saldré cantando: Valenciaaaa, es la tierra de las flores, de la luz y del amooooor…

Pablo no sabía donde meterse. Sonrió forzadamente y apretó sin querer los dientes. Sí, Eva iba a tener que compensarle por aquello. ¡Vaya si lo iba a hacer!


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