21. EDU

David seguía dormido, acurrucado sobre él.


—No puedo creer que haya pasado tanto tiempo sin sentir esto.

El tacto de su cabello en su mano. El calor de su cuerpo contra su pecho. El cariño convertido en expresión física de aquel abrazo.

—Yo tampoco.

Edu siente una sensación nueva, distinta. Ese anhelo tanto tiempo soñado, esa necesidad de encontrar el apego de otra persona, se han visto satisfechos. Siente el amor compartido que duplica su potencia, que anega todos los poros de su piel y que lo inunda por dentro.

—Te quiero, Edu. —La voz de la persona amada resuena en su cavidad torácica, llegando a sus oídos como si viniera de su propio interior. Él siente lo mismo, y desea verbalizarlo:

—Yo también. Te quiero. —Y lo repite, para constatarlo, una vez más—: Yo también te quiero, Alberto…

Alberto se incorpora para besar sus labios, y Edu lo corresponde con dulzura. Ambos prolongan el beso. Luego una idea atraviesa la mente de Edu. Es como un puñal que se clava de pronto, sin aviso, sin anestesia. Una especie de gusano auditivo, como esas melodías que no desean irse de la cabeza y se repiten una y otra vez. Es un nombre. En realidad, una sucesión de ellos,

Borja, Alberto, Borja, David…

—¡David!

Edu abrió los ojos.

David seguía dormido, acurrucado sobre él. Roncaba levemente, pero el movimiento que Edu hizo al despertarse hizo que el ronquido se detuviera. El corazón de Edu latía desbocado. Se hallaba tiernamente abrazado a David, y sin embargo sentía una sensación muy desagradable e incómoda. ¿De verdad había soñado con Alberto? ¿Por qué su subconsciente había compuesto aquella escena, obviando por completo a la persona que realmente compartía cama con él y sustituyéndola por su amigo? No tenía ningún sentido. ¡Si ni siquiera se había sentido atraído nunca por Alberto! Sin embargo, en aquel vívido sueño, Edu le había dicho esas palabras mágicas que ni siquiera había sido capaz de decirle aún a su actual proyecto de novio. Se sentía tan mal consigo mismo que no podía abrazar a su chico mientras su cabeza todavía estaba intentando analizar por qué su cerebro había decidido sustituirlo por la versión onírica de Alberto. Así, Edu deslizó su brazo, muy despacio, para liberarse sutilmente del abrazo de David. Aunque había intentado ser sigiloso, este se despertó al notar que Edu se movía.

—¿Qué hora es? —preguntó David, soñoliento.

Edu giró su cabeza hacia el reloj de la mesilla de noche.

—Las ocho menos cinco.  —dijo—. Es pronto. Aún puedes dormir un poco más.

—No, no… Buenos días. —David bostezó—. ¿Te has despertado hace mucho?

—No, ahora mismo.

David se separó de Edu y quedó tumbado a su lado.

—¿Has dormido bien? —preguntó David—. Creo que anoche caí rendido…

—Sí, he dormido bien —dijo Edu con voz suave, aunque seguía realmente intranquilo. No obstante, hablar con David alejaba un poco aquellos extraños pensamientos con los que se había despertado—. Normal que cayeras rendido, anoche fuiste todo un fiera.

—¿Yo? Qué va. Eso tú, que me dejaste para el arrastre —bromeó David. Luego se giró hacia Edu y lo besó suavemente. Edu sonrió. Aquella medicina era capaz de ahuyentar cualquier mal pensamiento—. Me ruge el estómago. ¿Te apetece desayunar?

—Sí, claro.

David se levantó de la cama. Edu se incorporó y se sentó en el borde de la cama. Miró la pantalla de su móvil para ver si tenía alguna notificación, pero estaba despejada a excepción de un aviso de su calendario.

—¡Anda, hoy es la cena en casa de la novia de Pablo! —comentó Edu—. Ya no me acordaba… Oye, David, ¿al final te has pensado si quieres venir conmigo? Sería guay, así conocerás por fin a mis amigos…

—Me sabe mal, Edu, pero ya te dije que no puedo. —David se estaba poniendo un jersey mientras hablaba con Edu—. Hoy tengo cena en la falla, es la Nit de la Plantà… No puedo faltar.

Edu no pudo evitar sonar decepcionado:

—Ya, ya sé que eres fallero, pero jolín, es una ocasión especial para que conozcas a mis amigos. —Edu puso ojos de corderito—. Me preguntan mucho por ti. Además, solo es un día. Durante el resto de las fiestas vas a pasar allí todas las noches…

—De verdad que no puedo, Edu, y menos el primer día de Fallas. No puedo escaquearme. —David miró a Edu y se sentó a su lado en la cama—. Son solo cuatro días, y llevamos preparándolos todo el año. Comprende que no puedo pasar. Va, prometo compensarte. Si quieres puedes venir una noche a la carpa y te invito a unos cubatas.

David le besó en la mejilla y luego se levantó. Edu lo miró con extrañeza. ¿Qué significaba eso de que podía ir una noche?

—Y supongo que tendré que estar en plan amigo contigo, ¿verdad? —Edu estaba ahora molesto. No miró a David, que estaba terminando de vestirse.

—Tete, ya sabes que lo mío no lo sabe nadie aún —contestó él—. No quiero ocultarte, faltaría más, pero comprende que tampoco puedo aparecer allí de pronto enrollándome contigo. No sería de recibo, entiéndeme.

—Ya… Claro que lo entiendo. Está claro. Claro clarísimo clarinete. —Edu se quitó el pijama y empezó a vestirse también. David se quedó mirándolo un rato, captando su enfado. Sin decir nada, salió de la habitación al cabo de unos segundos, caminando hacia la cocina para preparar el desayuno.

En los cinco o diez minutos que habían pasado desde que abriera los ojos aquella mañana, Edu ya había podido captar que el día no había empezado con buen pie. Entre el extraño y perturbador sueño con el que se había despertado y su inesperada riña con David, parecía que a Edu lo había mirado un tuerto. Con el móvil en la mano, Edu empezó a mirar rutinariamente los iconos de su pantalla mientras daba vueltas a lo que la acababa de decir David, rumiando y mascullando. Casi sin pensar, abrió el Whatsapp y vio que tenía un mensaje de voz sin revisar. Era de Alberto. Edu se había olvidado de escucharlo anoche, pues justo le había llegado la notificación cuando David y él estaban a punto de acostarse, y no precisamente para dormir. En fin, ahora tenía un momento para escucharlo, así que pulsó el botón de reproducción y acercó el móvil a su oído. La voz de Alberto se abrió paso a través del altavoz:

Lo siento, Edu, pero no voy a ir mañana. Ya se lo he dicho a Pablo. Me sabe muy mal no estar, pero… Bueno, ya sabes. Tampoco quiero aguar la noche a nadie, y al fin y al cabo él os ha invitado a Álex y a ti primero. No te preocupes, mándale un abrazo a Pablo y dile que tengo muchas ganas de conocer a su novia. De todas formas, esta noche voy a estar en casa de mis padres, que vienen unos parientes a los que hace un montón que no veo, así que… Bueno, pues eso, que tengo plan. Vosotros pasadlo muy bien, ¿vale? ¡Bebed mucho por mí! Y si se tercia, dile a Álex que le echo de menos…

Escuchó el audio de su amigo con una extraña mezcla de sentimientos. Lo que acababa de oír era la respuesta a un audio que Edu le había mandado por la tarde. Por un lado, a Edu le apenaba realmente que Alberto no pudiera ir aquella noche a la fiesta de Pablo, dada la tensa situación que había entre Álex y él; por otro, sentía una profunda rabia por la evidente mentira que su amigo le acababa de contar. Claro que Alberto tenía plan, pero no con sus padres ni con ningún pariente lejano venido desde Chipre o Tombuctú. Estaba clarísimo que con quien tenía plan era con Borja, el engreído gilipollas con el que había empezado una relación secreta. Como para no llevarla en secreto, claro, pues su novio —o como quiera que Alberto lo calificara para sí— era también la némesis declarada de su grupo de amigos.

Definitivamente, Edu se había levantado con el pie izquierdo aquella mañana.


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