22. ALBERTO

Borja le había sorprendido invitándole a salir con sus amigos.


Desde luego, Alberto ya no podía decir que su relación con Borja no avanzaba. Aquella misma mañana, Borja le había sorprendido invitándole a salir con sus amigos, y aquello le había provocado sentimientos encontrados. Por un lado, llevaba semanas diciéndole a Borja que quería dar un paso adelante; deseaba normalizar aquella relación y no limitarla únicamente a sus —muy satisfactorios, eso sí— encuentros sexuales. Por otro lado, Alberto seguía teniendo un miedo atroz a que su relación llegara a oídos de sus propios amigos, por lo que descubrir públicamente su relación por el lado de Borja abría posibilidades de que Edu o Álex acabaran sabiendo de su pequeño secretito. En principio, sus círculos de amistades estaban bastante separados, pero teniendo en cuenta esa máxima de que el mundo gay es un pañuelo, tampoco sería raro que la ley de los seis grados de separación entrara en juego para dar al traste con sus esfuerzos en ocultar sus escarceos.

Finalmente, Alberto se había dejado llevar y había aceptado la invitación. Total, había llegado la semana fallera y no tenía ningún otro plan. Edu y Álex acudirían a casa de la novia de Pablo a cenar, invitación que él había rehusado por razones evidentes. Se sentía algo celoso, la verdad. Le hubiera gustado mucho compartir aquel momento con sus amigos, pero teniendo en cuenta que Álex ya no lo consideraba como tal, hubiera sido una situación bastante incómoda. Alberto prefería no tensar más la cuerda; quería arreglar las cosas con su amigo, y sin embargo no sabía cómo podía hacerlo. Entre que Álex le había cerrado completamente la puerta y que él mismo se empeñaba en hacer cosas que lo alejaban más y más de él, la situación era bastante complicada. Entre esas cosas estaba aquel paso adelante con Borja.

—¿Nervioso? —le preguntó este, al ver que su proyecto de pareja dudaba antes de entrar al bar donde habían quedado para cenar—. Alberto, ni que hubieras visto un fantasma. ¡Estás pálido!

—¿Yo? No, qué va…

—No estarás pensando otra vez si te verá alguno de tus conocidos…

—¿Tú crees que habrá alguien? —preguntó Alberto, con cara de terror.

Borja estuvo tentado de llevarse la mano a la cara, en un gesto de desesperación:

—Vamos a ver, ¡ni que fueras La Pantoja! —exclamó—. ¿Qué crees, que están esperándote los paparazzi? Anda, vamos dentro.

Alberto siguió a Borja al interior del local. La bocatería, que se llamaba Tito, estaba llena hasta los topes, céntrica como estaba al ubicarse frente al Mercado de Abastos y en pleno centro neurálgico de las fiestas. Debido a ello, la terraza estaba a reventar, pero la mesa que ocupaban los amigos de Borja se hallaba al fondo del local, en su interior. Hacia allí se encaminaron Borja y Alberto esquivando las mesas, este último caminando un paso por detrás.

—¡Nena! —exclamó la Baileys, al ver llegar a la parejita—. Pero mira que eres tardona. ¡Anda que no te pesa el coño a ti ni na! —Luego volviéndose hacia Alberto, añadió:—. Si no hemos empezado a cenar es por respeto a tu pareja. ¡Encantado! Yo soy Carlos… Tú eres Alberto, ¿no?

—Sí… Encantado, Carlos.

—Y yo soy Rafa —se presentó este último, levantándose de la silla para darle dos besos.

—Bueno, ya conoces a este par de víboras. Especialmente una que yo me sé… —Borja miró a la Baileys con cara de malas pulgas, y Carlos puso cara de santo.

—Tendrás tú queja… ¡Ay que ver! —contestó—. Tú a este ni caso, Alberto. Para mala, ella, aunque ya lo sabrás tú mejor que nadie.

Alberto rió, sin saber muy bien qué decir. Sin embargo, el carácter dicharachero de Carlos le pareció divertido.

La cena transcurrió entre comentarios hirientes y navajazos dialécticos a plena vista entre los tres amigos. Alberto reía las gracias pero se sentía algo cohibido. Escuchaba colaborando lo justo en la conversación mientras daba buena cuenta a su bocata de calamares con allioli. Sin embargo, su cabeza desconectaba en ocasiones. No podía evitar preguntarse qué hacía él allí, con esa gente a la que apenas conocía, saliendo con un chico que no le convenía. Se preguntaba qué estarían haciendo sus amigos en aquel preciso momento, o de qué estarían hablando.

Los echaba de menos.


Siguiente capítulo


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *