23. ÁLEX

«¿Sabéis? Hugo está haciendo un corto de temática gay.»


—¿Y estarán todos tus amigos?

Hugo caminaba junto a Álex en dirección al portal del edificio donde Pablo los había convocado para la oficiosa cena de presentación de su novia. Habían dado un paseo hasta llegar allí, caminando desde la parada de metro de Amistad, imbuidos por el ambiente festivo de la ciudad que ya se había convertido en un auténtico polvorín repleto de ejércitos de niños que detonaban sus petardos cuales cartuchos de dinamita en una contienda sin cuartel.

—Bueno, sí, estarán mis mejores amigos, Edu… y Pablo. —Por un momento, Álex había estado a punto de nombrar a Alberto, pero había corregido sus palabras a tiempo. Un breve lapsus. ¿En qué estaba pensando?

—La verdad es que me da un poco de corte conocer a tanta gente de pronto —reconoció Hugo, con un tono de voz que denotaba timidez.

—Va, no te preocupes, ya verás que son muy majos. Además, tampoco vamos a ser tantos. Al menos eso creo…

Alcanzaron el portal y Álex pulsó el número de puerta de Eva en el portero automático. El timbre zumbó indicando que la puerta se había abierto y los dos chicos accedieron al interior.

Poco después, Álex y Hugo salían del ascensor en la cuarta planta del edificio. Allí comprobaron que la puerta del piso se hallaba entreabierta. Álex golpeó con los nudillos antes de empujar la hoja:

—¡Hola! —saludó él, alegremente. Iba a franquear el umbral de la casa justo a continuación, cuando sus pasos se interrumpieron ante la llegada de una sombra voluminosa. Álex hubo de levantar un poco la vista, pues ante él se había plantado una señorona algo oronda, vestida con un traje amarillo chillón, que casi le sacaba dos cabezas y que se había apoyado en la puerta bloqueando el paso. Hugo observó a su vez la escena boquiabierto, unos pasos más atrás.

—Hola… —dijo ella, con voz grave y con un punto de pretendida sensualidad en su tono. Álex tragó saliva involuntariamente mientras esta le echaba una mirada de arriba a abajo.

—Eh… Hola. ¿E… Eva? —acertó a decir.

—Sí, así se llama mi hermana, sí… —La mujerona había adoptado un aire misterioso. En ese momento, superado el primer impacto, Álex se dio cuenta de que realmente aquella mujer era en realidad un chico pertrechado y maquillado como drag queen. ¡Era lo último que había esperado encontrar Álex en casa de la novia de Pablo!—. Yo soy Cris. ¿Y tú eres?

—Álex…

—Yo me llamo Hugo —se presentó su amigo, muy sonriente. Dio dos pasos al frente, adelantándose a Álex para plantarle dos besos—. ¡Encantado de conocerte, Cris!

—¡Uy, encantadísima! —lo correspondió ella, en un tono de voz mucho más simpático—. Hay que ver qué jovencitos se busca los amigos esta hermana mía. ¡Y qué majos! Bueno, unos más que otros… —añadió, volviendo a echarle una mirada significativa a Álex, con cara de pocos amigos. Este se preguntó qué mosca le había picado—. ¡Pero pasad, no os quedéis en la puerta! Mi hermana debe andar por el salón. Yo me vuelvo a la cocina, que estoy preparando unos callos a la madrileña para la cena… Ya veréis que delicatessen. ¡Ya veréis!

Cris se perdió por el pasillo del apartamento en dirección a la cocina y Hugo y Álex se miraron aguantando la risa. Luego siguieron su pasos, tras cerrar la puerta, y enfilaron a lo que, supusieron, era la puerta del salón de la casa.

—¡Ey, bienvenidos! —los saludó Pablo en cuanto los vio entrar en el salón—. No había oído la puerta. Tú debes de ser Hugo. ¡Encantado!

—Igualmente… Pablo, ¿verdad? —lo saludó él, estrechándole la mano.

—¡El mismo!

—Oye, ¿y esa… Cris? —preguntó Álex, con cara de no entender nada.

—No me hables, no me hables… —contestó su amigo—. He tenido que ir a por él… A por ella, a la estación. No sabes el viajecito que me ha dado, no ha dejado de hablar en todo el rato. Puede ser un poco…

—Arrolladora —se adelantó Hugo, riendo.

—Sí, y pesada también. Y no me refiero a… Bueno, ya me entendéis. Le encanta ser el centro de atención.

—A mí me ha parecido muy maja —comentó Hugo, sinceramente.

—¿Y Eva? —preguntó Álex.

—Está dándose una ducha y arreglándose. Ha llegado hace un rato de trabajar y luego no ha parado de hacer cosas en toda la tarde. No tardará. Tengo unas ganas de que la conozcáis…

Como había dicho Pablo, pocos minutos después apareció Eva. Mientras el grupo de amigos procedía a las pertinentes presentaciones, el timbre de la puerta volvió a sonar.

—Eva, ¿puedes ir tú a abrir? —se oyó la voz de Cris desde la cocina, a grito pelado—. Que, no conforme con estar de cocinera, ¡a ver si también me va a tocar a mí hacer de criada! Si es que parece que haya nacido una para servir. Dios mío, ¡qué cruz!

—¡Ya voy yo! —contestó Eva, sonriente, mirando en dirección a la cocina. Luego se volvió hacia el resto—. Vosotros sentaos y poneos algo de beber. A mi hermana no le hagáis ni caso… Cuando se mete en el papel, se vuelve un poco verdulera —rió.

Eva fue a abrir la puerta mientras los tres amigos tomaban asiento en el salón. Acto seguido, Pablo les sirvió un poco de Agua de Valencia a cada uno en sendos vasos de tubo. Poco después, Eva regresaba al salón en compañía de Edu.

—¡Hola chicos! ¿Ya estáis bebiendo? —saludó el recién llegado.

—Acabamos de empezar —dijo Pablo—. ¡Gracias por venir! Bueno, imagino que ya os habéis presentado… Oye, ¿y tu chico?

—No ha podido venir al final. Ya sabes, con eso de la Falla y tal… Es una semana complicada.

—¡Vaya, qué lástima! —se lamentó Eva—. Bueno, ya habrá más ocasiones para conocernos. Siéntate, Edu. ¿Quieres tomar algo? Hay Agua de Valencia que ha preparado Pablo. Está hecha con zumo de naranja natural. También tenemos cervezas y refrescos, si prefieres otra cosa…

—No te preocupes, Eva, me pondré un poco de Agua de Valencia. ¡Muchas gracias!

—En fin, voy a ver si mi hermana necesita ayuda en la cocina. ¡Enseguida estoy con vosotros!

Los tres invitados se quedaron a solas en el salón, sentados en el sofá frente a la mesita donde Pablo colocaba unos platos con patatas y aceitunas. Edu y Hugo aprovecharon aquel instante para presentarse formalmente, ya que tampoco se conocían.

—Oye, Edu —comentó Pablo, de pronto, mientras volvía a tomar asiento—, ¿cómo va lo de la radio? Después de lo que te pasó en la emisora no he vuelto a saber nada…

—¿Trabajas en una emisora? —preguntó Hugo, muy interesado—. ¡Qué guay! Yo estoy haciendo un módulo relacionado con la comunicación, aunque más orientado al audiovisual.

—Sí, he empezado a trabajar en la radio —contestó Edu—. El problema es que la emisora es un poco… Bueno, es una cadena bastante derechona y la verdad es que no estoy muy a gusto.

—Pues no será por lo de tu noviete… —le pinchó Álex, y luego miró a Hugo—. Se ha echado novio en una emisora facha, ¡quién lo iba a decir!

—No somos novios, aún… —musitó Edu, no muy cómodo con aquel tema. Estaba bastante molesto con David en aquel momento y no le apetecía hablar del tema—. Y no, claro que no estoy incómodo por eso. Es por mi jefe.

—Vaya, ¿qué ha pasado? Si no es indiscreción, claro… —se interesó Hugo.

Edu procedió a relatarle lo sucedido en relación a la noticia que había tenido que dar sobre la agresión tránsfoba sufrida por Aitor y el matiz parcial y manipulador con el que habían intentado exponerla en el noticiario. Hugo escuchó el relato con una expresión de rabia y asco:

—Vaya tela, normal que no estés cómodo. No puedo entender que sigan pasando estas cosas. Sé perfectamente lo que se siente. Yo también he tenido que pasar lo mío con mi familia, especialmente con mi madre.

—Hugo ha tenido que irse de casa —explicó Álex, adoptando en tono serio—. No se tomaron bien su salida del armario.

—Vaya, Hugo, lo siento mucho —dijo Edu, realmente apenado.

—Si necesitas cualquier cosa, sólo tienes que decírnoslo —se ofreció Pablo.

—No os preocupéis, chicos. Jo, ¡muchas gracias! La verdad es que estoy un poco mejor, intentando salir del bache, aunque no me hablo con ella. Ahora estoy en un piso de estudiantes y trabajando en lo que puedo para pagarme los estudios y el piso. De momento parece que voy saliendo adelante. A pesar de todo, he tenido bastante más suerte que ese pobre chico. Leí la noticia en la prensa… Aitor, se llama, ¿no? Espero que esté bien.

—He leído que se está recuperando bien de la paliza, pero imagínate las secuelas —dijo Edu—. Me parece muy fuerte que estas cosas pasen y que no se haga nada. Es más, aún hay partidos políticos y personas que defienden esas ideas retrógradas. Así nos va. Que unos niñatos sean capaces de pegar una paliza a un pobre chico, sin venir a cuento, dice mucho de la educación que se nos está dando.

—¡Menuda gentuza! —Pablo estaba indignado.

—Pues aunque parezca que hemos avanzado, agárrate —añadió Álex—. El otro día me encontré tirados por la calle varios panfletos en los que aparecía la bandera LGTB y una diana pintada encima. ¡Cágate! Los fui recogiendo y tirándolos a la basura. Súper fuerte…

—¿En serio? Joder, qué miedo… —murmuró Hugo.

—¿Y eso no se puede denunciar? —preguntó Pablo—. ¿Quién coño es capaz de difundir eso?

—No lo sé, pero no tiene buena pinta. Me quedé uno para ir a la asociación Lambda a preguntar si se podía hacer algo, pero la verdad es que luego se me pasó. Debo tener el panfleto ese de mierda por casa… A ver si me acerco y hablo con ellos, aunque imagino que ya lo habrán denunciado. Estaba la calle llena, seguro que no fui el único que se lo encontró.

—¿Y no habéis visto los videos que hay en internet? —añadió Edu—. El otro día salió en las noticias un grupo de niñatos que estuvo desmantelando los bancos pintados con la bandera arcoiris que habían puesto en un pueblo de La Coruña. Decían que iban a limpiar el pueblo. Menudos hijos de puta.

—Esto no tiene buena pinta, chicos —Hugo se había quedado pálido—. No sé, hay que hacer algo, aunque no se me ocurre el qué. Que sí, que parece que hemos avanzado y tal. Cada vez se ven más parejas gays y lesbianas mostrando cariño con tranquilidad en la calle, o ves casos de personas transexuales que consiguen llevar su transición con normalidad, pero luego escuchas estas cosas y te das cuenta de que todavía hay mucha gente que piensa que somos bichos raros, o inferiores o yo que sé. Es todo tan difícil y te hacen sentir tan pequeño… Lo digo por experiencia.

—Supongo que solo nos quedan las pequeñas cosas y el Día del Orgullo —dijo Álex, que recordó algo en ese momento—. ¿Sabéis? Hugo está haciendo un corto de temática gay.

—¿En serio? Pues eso está muy bien, Hugo —dijo Edu.

—Bueno, es un trabajo para clase —dijo, con timidez—. Quería hacer algo distinto y que hablara de mí, eso sí, con humor. De todas formas, no sé como quedará. Es todo súper amateur y el rodaje está siendo bastante accidentado.

—¡Pues nos encantaría verlo!

—Antes tengo que acabarlo, pero por supuesto que os invitaré al estreno. Eso sí, os aviso que lo haréis por vuestra cuenta y riesgo —rió.

—¡Chicos! —Eva entró al comedor en ese momento—. ¿Os parece si os sentáis a la mesa? Cris ya lo tiene casi todo listo. Pablo, ¿me ayudas a sacar las cosas?

—Os ayudamos —se ofreció Edu.

—No, no os preocupéis. Ya nos encargamos nosotros —dijo Pablo—. Vosotros sentaos y a disfrutar. Hoy estáis de invitados.

Pablo siguió a Eva a la cocina, donde Cris ultimaba los detalles de la cena, y ayudó a sacar los aperitivos y las bebidas mientras Edu, Álex y Hugo seguían hablando animadamente con sus vasos de Agua de Valencia en la mano. A pesar del ambiente sombrío que se había adueñado de la conversación, los amigos intentaron dejar de lado aquellos pensamientos. La fiesta estaba a punto de comenzar.

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