24. EDU

«No hay nada más bonito que tener un novio para toda la vida.»


—Madre mía, Hugo. ¡Tú sí que sabes, y no el pelandrusco de tu amiguito Álex!

El grupo de amigos había dado buena cuenta de la cena, que había sido realmente contundente. A pesar de todo, había sobrado bastante comida, y es que Cris había cocinado para un regimiento —aunque por lo visto también comía como tal—. Edu no podía ya más con su alma y había claudicado hacía rato, por lo que en aquel momento se hallaba bebiendo de su cubata mientras escuchaba una conversación que estaba dominada por una Cris en estado de gracia —desde luego, a la drag le encantaba ser el centro de atención—. Edu no participó mucho de ella, pues cada cierto tiempo su cabeza desconectaba del presente y se sumía en aquel extraño y cada vez más habitual torrente de pensamientos que volvía una y otra vez a su cabeza. La idea de Alberto junto a ese rufián que se hacía llamar Borja lo bombardeaba constantemente, y es que desde que Álex le revelara a Edu el secreto que su amigo había guardado durante tanto tiempo, Edu había estado reescribiendo en su cabeza cientos de eventos de su reciente historia juntos. Aún no entendía cómo podía haber estado tan ciego, pues desde aquella nueva perspectiva le resultaba meridianamente claro que Alberto había estado por él desde el primer minuto de su relación mutua. Edu, sin embargo, no lo había visto más que como a un amigo. ¡Y eso era precisamente lo que habían sido, amigos! No podía ver a Alberto de otra forma, habían pasado muchas cosas juntos. Pero… ¿era realmente cierto que le era imposible? ¿Acaso aquella misma madrugada no había soñado con él de un modo… romántico? Debía dejar de seguir pensando en ello y centrarse en el presente:

—Qué va —decía Hugo en ese momento—, lo que pasa es que soy más que novato en todo esto. Si desde que salí del armario no he tenido casi tiempo para ligar…

—¿Pero tú no me habías dicho que estabas empezando con un chico? —preguntó Álex, sorprendido.

—Eh… Sí, claro. Pero bueno, acabamos de empezar. Todavía no es nada serio.

—¡Tú no aprendas de esta, que tiene una pinta de rata de ambiente que tira para atrás! —exclamó Cris, que se hallaba en pleno show. Volvía a referirse a Álex, con quien la había tomado sin ningún miramiento. Por alguna extraña razón se había convertido en su tema estrella—. No hay nada más bonito que tener un novio para toda la vida. Ya os digo que el sueño de mi vida es un albañil grandote, peludo, de la serranía de Cuenca. Dos hijos: la parejita, un niño y una niña; un apartamento en Torrevieja para pasar las vacaciones en Agosto, y los domingos de paella en casa de la suegra, arreglando el mundo con un Anís del mono y jugando una partidita de chinchón. ¡Eso sí es vida, y no lo de esta! —Señaló a Álex—. Seguro que va refregándose con todos los maromos de la disco los fines de semana, arrastrándose por los baños como una culebra en una acequia. Tú no hagas como él, Hugo. Tú eres una florecilla silvestre.

Todos rieron la gracia, menos Álex, por razones evidentes.

—Será que tú no lo habrás hecho en la disco donde trabajas —contestó Álex, picado—. A ver si ahora vas a ser una santa.

—¿Yo? —preguntó Cris con aire inocente, llevándose una mano al pecho. Luego se puso muy digna—: Por supuesto que he hecho lo mío, a ver qué te has creído. Una cosa no quita la otra. ¡Anda que no me gusta descorchar a los veinteañeros heteritos que vienen al club! Ah, 1996… ¡qué buena añada!

—Desde luego, Cris, córtate un poco —dijo su hermana, riendo—. ¿Qué van a pensar?

—Uy, que piensen lo que quieran, cariño. Si seguro que más de uno aquí tiene sus secretitos…

—¿Y por qué no jugamos al Yo nunca y los descubrimos? —le retó Álex.

—¿Y qué juego es ese? —preguntó Hugo.

—Es un juego para beber —le explicó Pablo—. Alguien dice una frase que empieza por Yo nunca, contando algo que haya hecho, y bebe un trago. Si alguno más también ha hecho lo mismo… bebe.

—Eso es. Por ejemplo… Yo nunca he tenido una erección —dijo Álex, y bebió un trago.

—Un gran ejemplo… o eso espero —se burló Cris—. Bueno, entonces jugamos, ¿no?

—Venga, yo empiezo —se lanzó Pablo—. Yo nunca… lo he hecho en la playa.

Pablo miró a Eva con picardía y bebió un trago. Álex, y también Eva, hicieron lo propio.

Edu se decidió a participar de la conversación:

—¡Tengo una, tengo una! Yo nunca… he tenido un gatillazo. —Miró a Álex, sonriendo con malicia. Álex frunció el ceño y se escondió como pudo para beber un breve sorbo, recordando el polvo fallido con Borja. Todos rieron ante su reacción.

El juego prosiguió entre risas y revelaciones más o menos sorprendentes. Edu agradeció tener algo que lo distrajera de sus problemas con David, así como de su nueva preocupación con respecto a la relación secreta de Alberto y sus sentimientos hacia él. Al menos fue así hasta que alguien preguntó:

—Yo nunca… he sentido algo más por un amigo.

Había sido Hugo quien había hecho la pregunta de marras. Prácticamente todos bebieron, y sin embargo Edu dudó qué hacer. Se decidió a dar un tímido sorbo por sentirse integrado, pero vio que Álex lo miraba con una sonrisa algo suspicaz y se arrepintió inmediatamente de haberlo hecho. ¡Vaya con la preguntita!

—Yo nunca… me he vestido de mujer —proclamó Cris.

Para sorpresa de todos, Pablo también bebió. Todos lo miraron con expresión de sorpresa:

—¿Qué pasa? —preguntó él, inocente—. ¿Nunca habéis estado de carnavales o qué?

Todos rieron imaginándose a Pablo con una peluca.

—Yo nunca… —dijo Cris, sirviéndose más bebida y mirando a Álex significativamente— he creído que alguien en esta casa es un presuntuoso.

Álex la miró, molesto, y la imitó sirviéndose más alcohol.

—Yo nunca he pensado que alguien en esta fiesta… sobra.

—Yo nunca me lo he montado con un negro —volvió a hablar Cris, retándole con la mirada y una sonrisa de suficiencia. Luego bebió, orgullosa.

—Yo nunca he hecho un trío —respondió él.

—¿En serio? —preguntó Hugo—. Ay, yo no sé si podría. Debe ser un poco raro… ¿no?

—Ay, si es que es tan encantador… —comentó Cris—. Yo nunca lo he hecho con un repartidor de supermercado. ¡En su puesto de trabajo!

—Yo nunca lo he hecho con un australiano —continuó Álex, satisfecho.

—Yo nunca lo he hecho con un nigeriano afincado en el Soho de Nueva York.

—Yo nunca lo he hecho con dos gemelos…

Cris miró a Álex enarcando una ceja y bebió un largo trago.

—Yo nunca lo he hecho cuatro veces en la misma noche. —Álex hizo amago de beber tras la sentencia de Cris, pero esta lo interrumpió, marcando mucho sus siguientes palabras—. Con distintas personas.

Álex le hizo una mueca de burla y finalmente no bebió. Cris se tomó el resto de su cubata de un largo trago.

—Vaya tela, ¿pero qué competición es esta? —rió Eva—. Ya os aviso que mi hermana tiene mucho éxito con los tíos. No la vais a ganar así como así.

—¿No? Pues se me ocurre una en la que sólo beberé yo —proclamó Pablo, y sonrió ampliamente—. ¡Yo nunca me he acostado con una chica!

Dio un buen trago a su cubata, satisfecho con lo acertado de su pregunta. Eva miró entonces a Pablo con una sonrisa tímida. Para sorpresa de todos, ella también bebió un trago. A todos los chicos se les quedó la boca abierta, especialmente a Pablo, quien la miró confundido durante un instante.

—¿Has… has bebido? —acertó a preguntar, al cabo de unos segundos.

—Eva, ¿no se lo has contado? —preguntó Cris, aguantándose la risa y agitando la mano en un gesto que indudablemente quería decir… ¡Madre mía!

—¿Contarme? ¿El qué?

—Pablo —Eva adoptó una actitud inocente—, soy bisexual…

—¡Hostia! —A Álex se le escapó aquello.

Edu y Hugo observaron la incómoda escena asombrados. Pablo se había quedado petrificado en el asiento, casi en estado de shock, y miraba interrogativamente a Eva con una expresión de estupor que en el fondo resultaba bastante cómica.

—Pablo, no me mires así… —dijo ella—. No sabía como contártelo, no quería asustarte.

—¿Asustarme? —Pablo había elevado involuntariamente el tono de su voz—. ¿Asustarme yo? ¿Pero cómo va a asustarme que mi novia sea lesbiana?

—No soy lesbiana… siempre —contestó ella, con el tono algo más cortante, pero aún dulce—. Soy bisexual. Además, no es tan importante. ¿No dicen que todos nacemos bisexuales por naturaleza?

—¡No, todos no! —exclamó Pablo, cada vez más tenso. 

—Es la sociedad la que condiciona nuestra sexualidad —continuó explicándose Eva—. Todos deberíamos tener la libertad de poder acostarnos con quien quisiéramos, sea chico o chica.

—Eso es verdad —intervino Edu, intentando apaciguar los ánimos.

—Pero vamos a ver… ¿qué te gustan más, los chicos o las chicas? —insistió Pablo.

Edu le hubiera gritado a Pablo ¡Alerta, alerta, te estás metiendo en territorio pantanoso! pero no podía hacerlo sin meterse en aquella inesperada contienda. Su amigo se estaba llenando de fango hasta las pantorrillas. Vamos, Pablo, si tú eres una persona de mente abierta, pensó Edu.

—Las dos cosas, pero de forma diferente.

—No, a ver. ¡Tendrás que preferir algo!

—¡Yo me enamoro de las personas, no de su sexo!

—¿Y eso dónde me deja a mí? —Pablo no pudo contener su enfado, y habló casi sin pensar en lo que decía—. ¿Qué soy entonces para ti, un capricho hasta que conozcas a la próxima chica?

Ella lo miró con incredulidad y consternación.

—No. Lo que eres es otro gilipollas más. —Eva se levantó y salió del salón, muy enfadada.

Pablo se la quedó mirando unos instantes, dándose cuenta por fin del espectáculo que había montado. Edu casi podía escuchar sus pensamientos: ¡Joder, la he cagado! Pablo se levantó inmediatamente y siguió a Eva, dejando al resto allí solos, sumidos en un silencio realmente tenso.

—Yo nunca… me he sentido tan incómoda —murmuró Cris, entonces.

Todos bebieron un buen trago.


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