25. ALBERTO

Se quedó de pie unos segundos mirando a Borja, muy serio.


La cena con los amigos de Borja estaba siendo bastante entretenida, aunque Alberto no participaba mucho de la conversación. Carlos, Rafa y Borja hablaban de sus historias pasadas y de batallitas acerca de gente que él no conocía. Aunque la acidez de los comentarios era realmente graciosa —Carlos era especialmente rápido de reflejos para hacer bromas—, Alberto no tenía mucho margen para aportar nada, así que se limitaba a escuchar y sonreír. Ya habían terminado de cenar, aunque seguían sentados en torno a la mesa del bar tomando un café y debatiendo sobre qué harían a continuación:

—Pues me han dicho que en el Carmen, en la plaza donde está el bar Trapezio, hay una verbena gay esta noche —decía en ese momento Rafa—. Podríamos acercarnos. Creo que actúan unas drags. No sé si me dijeron que venía la Prohibida, o Kika Lorace… Actuaba una de ellas, ahora no me acuerdo quién.

—¡Ay, me encanta la Prohibida! Como un flash, eléctrico, que te puede matar… —se puso a cantar Carlos, haciendo un baile con las manos. Alberto vio una oportunidad de intervenir en la conversación:

—¡Qué guay! Yo vi a Kika Lorace en el No Closet Festival el año pasado. ¡Fue muy divertida!

—Menudas petardas estáis hechas —comentó Borja, por lo bajo.

—Habló la que más tiene que callar —se indignó Carlos, con mucho salero—. Tú no le hagas caso, Alberto. Di que si, que la Borja está para que la momifiquen. Ahí donde la ves, a esta le gusta una sarta de friqueces que para qué. Mucho quejarse, pero bien que lo da todo en la disco cuando le ponen una de Camela o de Paloma San Basilio. Juntooos, café para dos…. ¡Antigua, que eres una antigua!

—Será que a ti no te gusta el petardeo, que te vuelves la reina del baile si te ponen las canciones de Xuxa o de la Carrà —se defendió Borja.

—Que no, que soy muchísimo más moderno que tú. A mí me va más el perreo. Un reaggetoncito, un poquito de trapLa Rosalía, ¡tra tra! —contestó Carlos, dando palmas. Alberto rió. Le caía muy bien Carlos.

—Voy al baño —dijo entonces Rafa, levantándose.

Borja también se levantó:

—Te acompaño.

Carlos y Alberto se quedaron a solas en la mesa; ambos los siguieron con la mirada mientras se dirigían al lavabo.

—Anda que… ya están con lo suyo —murmuró Carlos, sin dejar de mirarlos. Luego miró a Alberto, que había bajado la mirada con timidez y mareaba con la cuchara a su poleo tocado de anís, dando vueltas una y otra vez al contenido de la taza—. Bueno, ¿y tú qué tal, Alberto? ¿Qué tal con Borja?

La voz de Carlos sonaba distinta. Parecía más serio, de repente, como si hubiera abandonado de pronto su papel de showman.

—¿Yo? Bien, bien… Bueno, es la primera vez que quedamos con otra gente.

—Pero… ¿Vais en serio o simplemente os estáis conociendo? —le preguntó Carlos, a quemarropa—. Disculpa si soy muy entrometido.

—No, para nada, no te preocupes. Sí, de momento estamos conociéndonos.

—Pareces un buen tío, Alberto.

Alberto miró a Carlos, sorprendido, y sonrió levemente.

—Gracias…

—No, lo digo en serio. —Carlos parecía querer sacar algún tema a colación. Se había reacomodado en la silla, adoptando una actitud confidente con él—. A ver, quizá esto que voy a decir suena un poco mal, ¿vale? Pero tengo que preguntártelo… ¿Realmente estás a gusto con Borja? Quiero decir… Puede ser una persona difícil, por decirlo de algún modo.

Alberto se quedó completamente estupefacto ante aquella pregunta. Lo peor de todo es que no tenía clara la respuesta.

—Yo, no sé… ¿Por qué me preguntas eso?

—No te ofendas, Alberto. Me caes muy bien, pareces un chico sano, educado, y algo me dice que también divertido. Sin embargo, has estado un poco apagado toda la noche y… Sinceramente, no pareces el tipo de chico que Borja suele traer a nuestras quedadas. No por nada, eres bastante mono, y no me malinterpretes, no te estoy tirando los trastos. El tema es… Bueno, si para ti Borja sólo es un rollete, pues estupendo. Disfrútalo y pásalo bien. Otra cosa distinta es si buscas algo más tradicional con él. Me sabría muy mal que te hiciera daño.

La estupefacción había encontrado un lienzo perfecto para pintarse en el rostro de Alberto. Le costó unos segundos articular una frase con sentido:

—Te agradezco que te preocupes por mí, Carlos, pero… ¿por qué habría de hacerme daño?

Carlos sonrió fugazmente antes de continuar:

—¿Qué crees que están haciendo estos dos en el baño, ahora mismo?

Alberto se quedó pálido y miró con consternación en dirección a la puerta del lavabo.

—No, no es lo que estás pensando —se explicó Carlos—. Rafa y Borja no tienen ningún rollo, por ese lado no tienes que preocuparte, al menos no por Rafa.

—¿Y qué están haciendo?

Carlos suspiró y luego hizo un gesto con la mano, sorbiendo por la nariz.

Alberto comprendió.

—¿En… en serio?

—Si te fijas ahora en un rato, cuando vuelvan, lo descubrirás tú mismo.

Alberto se recostó sobre la silla.

Coca. A Alberto ni se le había pasado por la cabeza que Borja tomara drogas.

—Por tu cara entiendo que no apruebas mucho ese tipo de comportamiento, y eso es precisamente lo que te decía. Me da la sensación de que hay muchas cosas que desconoces de Borja. Y no sólo eso. Mira, voy a serte franco. Quizá me odies después de lo que te voy a decir, pero prefiero que me odies a mí antes de que lo pases mal por él. Borja no es una buena pareja, para nadie. Sí, pensarás que menudo amigo soy, hablándole así al chico con el que mi amigo acaba de empezar a salir. Sólo puedo decirte que conozco a Borja desde hace mucho tiempo. A ver, como amigo es leal y te lo pasas muy bien con él, eso es verdad, pero lo he visto actuar durante años con sus parejas, y puedo garantizarte que es incapaz de ser fiel a nadie. Creo que sabes lo que ocurrió con su ex, Diego. Le puso los cuernos reiteradas veces, y eso que era un bombón de chico. A Borja eso le da igual, necesita ser infiel como respirar, y eso no lo lleva bien todo el mundo. No suelo hacer esto, ¿sabes? La mayor parte de sus parejas, o rolletes, son iguales o peores que él y no me gusta meterme en los asuntos de cama de nadie, al menos no más allá de una broma entre amigos. Sin embargo… tú eres distinto. Se te ve enseguida. No creo que te merezcas pasar por todo eso, o al menos, es mejor que seas consciente cuanto antes y ya decidas qué hacer exactamente. Ahí ya no entro.

Alberto escuchó aquella confesión con incredulidad, no por el contenido del mensaje —en el fondo aquel discurso no le resultaba nuevo, él mismo había sospechado todo aquello e incluso había asumido aquellas condiciones internamente, aunque no quisiera reconocerlo— sino por la inesperada sinceridad de aquel chico que apenas lo conocía y que intentaba protegerlo de sí mismo. En cierto modo, Carlos estaba verbalizando una realidad que él mismo sabía y que hasta aquel preciso momento había decidido obviar.

Ambos se mantuvieron en silencio durante los segundos siguientes. Carlos apuró su café y Alberto dejó que su mirada se perdiera de nuevo en el fondo de su taza.

—Gracias —murmuró, al fin.

—No hay de qué.

Al cabo de unos instantes, Borja y Rafa salieron del baño, entre risas, y se aproximaron a la mesa.

—Bueno, qué. ¿Pagamos y nos vamos a la verbena esa? —preguntó Borja.

Alberto levantó la vista, muy serio, y observó el rostro de su pareja. Puede que estuviera influenciado por las palabras de Carlos, pero le pareció que tenía las pupilas algo más dilatadas que antes. La confirmación a las sospechas que había sembrado fue un sonoro sorbido por la nariz por parte de Rafa.

Alberto se levantó de la mesa, sin decir nada, y se quedó de pie unos segundos mirando a Borja, muy serio. Luego se fue hacia la puerta del local sin decir nada. Borja frunció el ceño, sin comprender, y miró a Carlos:

—¿Y a este qué le pasa ahora?

Carlos se encogió de hombros. Luego, Borja siguió a Alberto al exterior del local.


Siguiente capítulo


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *