27. EDU

Edu se sintió mal por haberle alzado la voz, pero la rabia se había apoderado de él.


—¡Buenas noches, Valencia! —exclamaba Cris en el escenario—. ¡Pero hay que ver cuánto niño mono hay en estas tierras! Ya le tengo echado el ojo o más de uno. ¡Sí, sí, te miro a ti, el de blanco! Pero qué brazacos tienes, ¡madre mía! Eso sí, tenía que tener un defecto, y resulta que lo tiene al lado. Hija, pero qué cara de rancia me llevas. ¿Que este no te da lo tuyo? Y tú… ¿Se puede saber qué haces con esa? ¡Ay, maricón! Si se ve a la legua que a ti lo que te gusta es un buen pepino. Desde luego… Si es que a ver quién es la bonita que encuentra pareja en esta ciudad, ¡que ya me han dicho que todos los heteros están metidos en el Grindr! Buscan lo que llaman… masc por masc. Desde luego, los gays están en peligro de extinción. ¡Pero si ahora resulta que son todos heteros! Que sí, que sí, de los que ponen el agujero. Luego van diciendo que si femeninos no, que si fuera locas, que si nada de pasivorras… ¡Pero bien que se hartan de butifarra cuando les entra el apretón, anda que no! ¡Venga, que os tengo caladitos!

La gente de la plaza reía a carcajadas con los comentarios de Cris, que derrochaba salero contoneándose por el escenario y hablándole a su público. Después del monólogo, la drag hizo una cómica performance de la canción Hetero y Hetera, del grupo valenciano Electrogluten, y la plaza se entregó a bailar. El grupo formado por Edu, Álex, Hugo, Pablo, Eva y sus amigas lo dio todo apoyando a Cris desde el público.

Edu disfrutaba de la fiesta en compañía de sus amigos, aunque no podía evitar sentirse algo apagado. La conversación de hacía unos minutos con Pablo, acerca de David, le había removido de nuevo aquellas sensaciones que sentía en su interior. No sabía discernir exactamente qué le pasaba, pero… En cierto modo sentía un vacío extraño. ¿No debería estar absolutamente ilusionado por haber encontrado por fin a un tío que le hacía caso? Llevaba meses obsesionado con aquel chico de las golosinas que tantas veces le había dejado plantado; durante semanas había estado llorando por las esquinas por lo difícil que resultaba encontrar a alguien interesante que mostrara interés en él, y ahora que lo tenía… Simplemente no estaba ilusionado. ¿Dónde estaban las prometidas mariposas en el estómago? ¿Dónde el deseo incontrolable de estar con su chico? ¿No debería estar ahora mismo disfrutando de sus primeras fallas en pareja? Al contrario, estaba allí, solo. Rodeado de gente, pero de algún modo solo. Debía estudiar dentro de sí mismo cuál podía ser la causa de esa falta de ilusión, aunque Edu empezaba a sospecharla. Y es que… ¿Cómo era posible que tuviera sentimientos más fuertes de rabia e impotencia ante la relación de Alberto y Borja que ilusión por la suya propia?

Finalizado el espectáculo de Cris, los presentadores habían dado paso a otras drags en el escenario. Para entonces, Edu había empezado a acusar el exceso de bebida durante la cena:

—Chicos, me estoy meando. Vuelvo en un momento —se excusó ante sus amigos. Luego se escabulló entre la multitud en busca de los lavabos portátiles que debían estar situados en algún rincón de la plaza. Tras unos instantes de búsqueda los encontró, ubicados en una esquina.

Había bastante gente esperando para hacer uso de ellos, por lo que se puso a la cola, esperando su turno. Tras unos minutos, Edu pudo aliviar por fin la presión que amenazaba con hacer explotar su vejiga. Sintiéndose un poco mejor, salió de aquel oscuro y sórdido agujero y caminó de nuevo hacia la verbena, rodeando un poco a la multitud para acceder al lugar donde se hallaban sus amigos.

Fue entonces cuando lo vio, y su corazón dio un vuelco.

Allí estaba Alberto, caminando por la acera opuesta a la plaza. Iba bastante acelerado. Tras él iba Borja, prácticamente corriendo. Edu vio que este le ponía la mano en el hombro a Alberto, haciéndole parar. Alberto se volvió hacia él y le gritó algo a Borja que él no pudo escuchar desde donde se encontraba. Parecía bastante enfadado. Luego, Alberto volvió a darse la vuelta y siguió caminando sin hacer caso de Borja.

La curiosidad por averiguar qué estaba pasando entre ellos le picó a Edu. Empezó a seguirlos a cierta distancia. Alberto y Borja giraron cruzando la esquina de una calle que estaba menos transitada. Edu aceleró sus pasos para llegar hasta allí y se asomó discretamente, intentando que no lo vieran. Los dos chicos se habían plantado en mitad de la calle y estaban discutiendo. Edu, casi a hurtadillas, se aproximó todo lo que pudo a ellos, escondiéndose detrás de los coches, y puso su oído a trabajar:

—¡Ni te acerques! —le decía Alberto a Borja—. ¡Y más en tu estado!

—¿Pero qué estado, ni qué estado? ¡Eres un exagerado, Alberto! ¡Si sólo ha sido una raya de nada! Lo que deberías hacer es probarlo tú, así te darás cuenta de que no es para tanto. ¡Si es que eres un repipi!

—¿Exagerado? ¿Sólo una raya? ¡Claro, claro! Mira, haz lo que quieras con tu vida, échala a perder si te da la gana, pero no tengo ningunas ganas de pasar por eso. ¡Y menos por alguien como tú! Y en cuanto a lo de repipi… Prefiero ser un repipi a ser un putón como tú. Un putón y un cabrón. ¿Ya has pensado con quien me vas a poner los cuernos estas fiestas, o eso va surgiendo así… de forma espontánea? ¡Anda y que te zurzan!

—¡Pero si tú ya sabías dónde te metías al empezar a salir conmigo! No entiendo este cambio de humor repentino. —Borja hizo una pausa, comprendiendo—. Carlos… ¡Ha sido Carlos! ¿Qué te ha dicho de mí?

Alberto puso los ojos en blanco:

—¡Nada! Carlos no tiene nada que ver en todo esto. Simplemente me he dado cuenta de con quién me estoy juntando, eso es lo que pasa. ¡Por tu culpa he perdido a mis amigos! ¡A mi mejor amigo! Y no sólo eso, por tu culpa he tenido que mentir al chico que realmente me gusta, un chico que sí merece la pena. ¿Y para qué? Para estar con alguien que aprovecha la mínima para drogarse, que asegura no creer en la monogamia pero que luego monta la de Dios es Cristo para vengarse de que su novio le ponga los cuernos. Pues lo siento mucho, pero hasta aquí hemos llegado. No me da la gana de seguir conociéndote.

—No sabes con quién te estás metiendo…

—Sí, sí que lo sé. ¡De sobra que lo sé! Y tú no vayas amenazándome, que no me asustas. Tienes mucho más que perder que yo.

Hubo un silencio tan tenso que hasta Edu contuvo la respiración. Borja parecía a punto de explotar de rabia. Sin embargo, acabó dándose la vuelta, de regreso a la plaza. Edu temió ser visto, por lo que se escondió tras una furgoneta. Borja no se percató de su presencia, pues estaba demasiado centrado en la rabia que sentía. Edu lo perdió de vista cuando giró la esquina de la calle.

Alberto se había quedado allí, solo, apoyado contra un coche. Estaba llorando calladamente. Edu dudó unos instantes qué debía hacer. Acababa de presenciar una discusión privada de su amigo. ¿Debía dejarlo a solas y esperar a que se calmase? No, no podía verlo así. No podía regresar con el resto y dejarlo allí solo, en aquel estado.

—Alberto…

Este levantó la vista, sorprendido al escuchar su nombre, pero aun más al ver allí a su amigo.

—¡Edu! —exclamó. Su rostro pasó del llanto al disimulo, y de ahí a un inevitable pánico, al comprender que podía haberle visto con Borja.

—¿Estás bien?

—Sí, eh… Yo, es que… Sólo estaba…

—Te he visto —dijo Edu—, hablando con Borja.

Alberto se había puesto pálido de pronto. Se había quedado momentáneamente sin palabras. Mil posibles explicaciones se agolparon en su cabeza, pero no fue capaz de articular ninguna.

—Alberto, sé lo vuestro.

—Lo… ¿lo nuestro? —Los peores temores de Alberto se habían hecho realidad—. Edu, puedo explicarlo…

—Sé que estáis juntos. —lo interrumpió—. Os escuché hablar en los baños del cine, hace unas semanas.

Alberto había entrado en estado de shock.

—¿Me has estado siguiendo? —preguntó, de pronto ceñudo. No sabía si estaba más enfadado que asustado. Edu se dio cuenta de cómo había sonado aquello, y quiso explicarse:

—No, fue por casualidad, igual que ahora. Yo estaba en el baño cuando entrasteis los dos, y os escuché sin proponérmelo. Como esta noche… Te he visto al cruzar la plaza. Me acerqué y vi que discutíais. ¿Por qué, Alberto? ¿Por qué estás con él? ¡No puedo entenderlo! ¡Pero si es un cabrón! ¡Es la persona que intentó chantajear a Álex!

—Yo…

—¡Alberto, el chico tímido y profundo que no sólo busca sexo por sexo! —Edu se estaba dejando llevar por una ira contenida durante semanas—. ¡Es que no lo entiendo! ¿Qué haces con un cínico como él? Tú, la persona que busca…

—¿Qué? ¿Qué busco? —Alberto también soltó la rabia que tenía acumulada—. ¡No tienes ni idea de lo que busco!

—¿Pero qué le ves? ¿Qué le ves? —se exaltó Edu.

—¡Nada! —Alberto sollozó. Lo último que necesitaba era una reprimenda semejante por parte de su amigo, y menos en aquel momento—. Yo tampoco lo entiendo, Edu. De todas formas, ya no importa. Se acabó. Acabo de cortar lo que fuera que tuviéramos. ¿Por qué te jode tanto todo esto?

—¡No lo sé!

Alberto lloraba ahora abiertamente. Edu se sintió mal por haberle alzado la voz, pero la rabia se había apoderado de él. En ese momento, Edu recordó las palabras que acababa de escuchar en boca de su amigo, las que este le había escupido a Borja hacía sólo unos minutos, referidas a él, y notó cómo algo se removía en su estómago.

Las mariposas. Allí estaban las dichosas mariposas.

Edu, en un gesto súbito, abrazó a Alberto.

—Lo siento, Alberto —empezó a decir. Le hablaba suavemente, casi al oído, mientras lo apretaba fuertemente contra sí. Notaba los sollozos de Alberto en su hombro—. No quería gritarte, es que… Me ha podido la rabia. No sé si lo que me molesta tanto es que estés con Borja o que… No estés conmigo.

Los sollozos pararon de golpe.

—¿Qué?

—Alberto. —Edu le habló muy suavemente, con dulzura—. No sé lo que siento por ti…

Edu se separó un poco de él y miró directamente a los ojos llorosos de su amigo, que lo observaban con una incredulidad y una inocencia enternecedoras. Edu no entendía cómo no se había dado cuenta antes de lo que latía en su interior. Sonrió mientras acariciaba su rostro con ambas manos, limpiándole las lágrimas con los pulgares. Él seguía mirándolo con aquella mirada bobalicona de niño asustado.

Fue entonces cuando lo besó.


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