28. HUGO

Hugo estaba realmente contento. Por fin las cosas con Álex parecían ir enderezándose.


Hugo no había dejado de bailar y saltar toda la noche en compañía de Álex y sus amigos. Se lo estaba pasando en grande con ellos. Tampoco había dejado de beber, y por ello acusaba una borrachera de aúpa. Los colores de las luces del escenario, el gentío que bailaba a su alrededor, las miradas, sonrisas y bailes con Álex. Estaba siendo una gran noche, al menos hasta que le entraron aquellas terribles ganas de vomitar y hubo de ir corriendo a la zona de los urinarios en busca de un rincón alejado de la gente donde poder echarlo todo.

—¿Estás mejor? —le preguntó Álex, preocupado, después de que Hugo saliera de detrás de unos contenedores de basura. Estaba absolutamente pálido y caminaba con dificultad.

—Sí… Creo que sí.

—Madre mía, Hugo, si es que te has bebido media barra.

—Ay, no me hables ahora de beber. No puedo pensar en eso, ¡qué asco!

—¿Quieres volver con estos?

—Preferiría que me diera un poco el aire…

Los dos chicos caminaron hacia un banco libre que había en una calle cercana a la plaza, y allí se sentaron. Hugo se recostó contra el respaldo.

—Todavía estoy algo mareado.

—Normal. ¿Quieres que te traiga un poco de agua?

—No, no. Gracias, Álex. Joder… Te juro que no vuelvo a beber.

Álex rió:

—¡Eso decimos todos cuando nos pasa! Venga, pero si te lo estabas pasando de puta madre. Estabas muy gracioso antes, dándolo todo.

—Madre mía, debo haber hecho el ridículo delante de tus amigos.

—¡Qué va, pero si están encantados contigo! Sobre todo Cris… —Álex dijo esto último con retintín—. Por cierto, creo que le gustas.

—¿Pero qué dices? —rió él, a duras penas.

—¡Ey, si quieres le digo algo de tu parte! Se me da muy bien hacer de casamentera. ¡Ah, pero no! No me acordaba de que tienes noviete… ¡Se me olvidaba! —se burló Álex, con toda la intención.

Hugo rió y miró a su amigo, sonriendo. Tenía, sin embargo, una evidente expresión de dolor en el rostro, pues aún acusaba el malestar del reciente esfuerzo.

—En cuanto a eso… —dijo, volviéndose lentamente hacia Álex—. Quizá haya exagerado un poco lo mío con Jose.

—¡No! ¿En serio? —Álex puso una cómica cara de sorpresa, que venía a decir que ya se lo olía—. Vaya, yo que os hacía ya de boda. Esperaba ser el padrino.

—Qué idiota eres…

Los dos chicos se miraron, sonriendo. Ahí estaba, de nuevo, la tensión sexual entre ambos. Hugo lo observó con un cariño creciente. Álex estaba guapísimo aquella noche. Se moría por besarlo, pero… No era el mejor momento. Se sentía hecho un trapo, estaba mareado y acababa de vomitar. Definitivamente, no era buena idea dejarse llevar, no quería romper la magia que parecía restablecerse entre ambos. Hubiera sido un momento perfecto si no se hubiera excedido con el alcohol. ¡Maldita sea! No quería que su reencuentro fuera así. Se sintió estúpido, debía haberlo previsto antes.

—Álex, creo que voy a irme a casa. —le dijo—. No me encuentro bien del todo.

—Vaya… Pero, ¿estás bien?

—Sí, sólo es el estómago. Parece que ya me está bajando un poco el pedal, pero creo que necesito descansar. Quedan muchos días de fiesta y he empezado demasiado fuerte. Además, mañana trabajo por la tarde, y debo reponerme.

—¿Quieres que te acompañe?

—No, no te preocupes. Tú quédate con estos y pásalo genial. Puedo ir solo, no voy tan mal.

Hugo se levantó del banco, y Álex hizo lo propio.

—¿Seguro que no quieres que vaya contigo? —insistió él—. No me importa. Puedo cuidarte.

—Gracias, Álex, no hace falta. Se agradece. —Hugo sonrió y luego hizo un leve gesto de dolor tocándose la barriga—. Te veo mañana, ¿vale? Podemos salir otra vez todos, si os parece. Me lo he pasado muy bien con vosotros. Eso sí, ¡juro que no beberé tanto!

—Está bien, Hugo, como quieras. Mándame un mensaje cuando estés en casa, ¿ok?

—Claro, te aviso en cuanto llegue. Despídete de estos de mi parte, ¿vale?

—¡Claro! Buenas noches, Hugo.

—Buenas noches, Álex.

Los dos chicos se dieron dos besos en la mejilla y compartieron un abrazo más largo de lo habitual. Luego Hugo se separó de Álex, sonriente, y se alejó de la bulliciosa plaza por una de las calles que partían desde allí.

A pesar de su malestar físico, Hugo estaba realmente contento. Por fin las cosas con Álex parecían ir enderezándose. No sólo eso, había conocido a un montón de gente interesante aquella noche. Estaba deseando llegar a casa y escribirle a Mireia para contárselo, aunque probablemente no tuviera fuerzas para nada en cuanto entrara a su habitación y cayera rendido en la cama. Aún tenía un paseo hasta llegar a su piso, por lo que intentó apretar el paso para llegar cuanto antes. La mayor parte de las calles principales del barrio del Carmen se hallaban copadas por las verbenas de los casales falleros, así que Hugo intentó esquivarlas caminando por callejones secundarios menos transitados. Por uno de ellos caminaba cuando una voz sonó a sus espaldas:

—¡Eh, loco!

Hugo se volvió, sorprendido, y vio de pronto que dos chicos a los que no conocía de nada lo increpaban. Notó cómo el latido de su corazón se aceleraba. Se puso instantáneamente en alerta, pues el aspecto de aquellos dos tíos no le gustó en absoluto. Eran anchos de hombros, tenían el pelo muy corto, y lucían una actitud chulesca. Uno de ellos llevaba una chaqueta con estampado militar. Hugo se volvió de nuevo en la dirección en la que había estado caminando y aceleró aún más el paso, sin contestar.

—¡Eh, pavo! ¿Tu eres maricón no? —le preguntó, a bocajarro, uno de ellos.

Nano, es uno de los mariconazos esos de la fiesta de ahí atrás. ¡Puto asco!

Hugo pasó caminando a toda velocidad junto a un contenedor de basura, donde había visto de refilón a un chico que estaba meando contra la pared. De pronto, aquel tío salió al medio de la calle mientras se abrochaba la bragueta, bloqueando el paso a Hugo.

—Mi amigo te está hablando —le dijo, para su horror, con un tono de voz bronco y un timbre crudo que a Hugo le puso los pelos de punta. Luego, el chaval, mucho más alto que él, todo un armario ropero, le dio un empujón en el pecho que frenó su paso y provocó que retrocediera.

Hugo se vio de pronto acorralado por aquellos tres tíos.

—Te he preguntado que si eres maricón —insistió el primero que había hablado, una vez hubo llegado hasta él.

—¡Dejadme en paz! —exclamó Hugo, con impotencia.

—Menudo llorica… —comentó el segundo.

—Está claro que es un invertido, ¡menuda voz de nenaza! —dijo el tercero, quien parecía el líder de aquella panda. Agarró a Hugo de su chaqueta y le dio un fuerte empujón que hizo que cayera al suelo—. ¡Puta plaga de mierda! Están por todas partes. Menos mal que hoy vamos a hacer un poco de limpieza. ¡Ya era hora! —Escupió—. A la gentuza como vosotros sólo hay una manera de tratarla. ¿Y sabes cómo se acaba con las plagas? —Hizo una pausa estremecedora en la que Hugo tuvo tiempo de ser consciente de lo que se le avecinaba—. Con las plagas se acaba a palos.

—Tío, saca el móvil y grábalo, ¡que esto va a estar divertido! —comentó uno de los otros dos, riendo. Hugo no pudo ver quién era. Los ojos se le habían empañado en lágrimas de puro terror.

—Dejadme en paz —murmuró—. Yo no os he hecho nada…

—¡Oh, claro que no! —dijo el primero—. ¿Qué nos vas a hacer tú a nosotros, nenaza?

Hugo se encogió contra el suelo. Estaba muy asustado.

Y llegaron los golpes.


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