FINAL (1)

«¿Pero qué está pasando?», preguntó Alberto, muy asustado.


Entre la incredulidad y la sensación de irrealidad, como si de un sueño o un producto de su imaginación se tratara, así vivió Alberto su primer beso con Edu. Un instante largamente imaginado que había llegado de improviso, en el momento más insospechado. Sólo unos segundos antes, Alberto había estado llorando al comprobar cómo había logrado que su vida se desmoronara a su alrededor, y de pronto… De pronto todo había cobrado nuevo sentido. Pero, ¿por qué?

—¿Por qué? —Logró articular aquella pregunta al cabo de un rato—. ¿Por qué yo? ¿Por qué ahora?

—No lo sé, Alberto. —Edu parecía casi tan confundido como él—. Llevo días pensando en ti, en que tuvieras una relación a escondidas y… Ahora he escuchado lo que le decías a Borja.

Alberto tragó saliva:

—¿Y qué pasa con David?

Al escuchar aquel nombre, Edu sintió una punzada en el estómago. La culpabilidad cayó sobre él como una losa.

—No lo sé. Estoy tan sorprendido como tú por todo esto, Alberto. Yo… Creo que me he dejado llevar. No sé que va a pasar ahora, estoy tan asustado como tú. Pero siento algo por ti, eso sí lo sé. Y la verdad es que quiero descubrir qué es.

Alberto seguía sin creer lo que estaba pasando, como si todo aquello estuviera ocurriendo a su alrededor y él se hallara en el interior de una burbuja, ajeno, observando una proyección. Sin embargo, sí, estaba pasando.

—Edu…—Alberto habló por primera vez libre de toda carga. Por fin estaba dispuesto a revelar sus verdaderos sentimientos, y sintió un profundo alivio en la boca de su estómago—. Llevo esperando este momento desde hace años. Me gustas, Edu. Me gustas mucho. Creo que te he querido casi desde el momento en que te conocí, y sin embargo… Nunca me he atrevido a decírtelo, aunque lo he intentado muchas veces. Siempre pensé que me veías únicamente como a un amigo y yo… Yo he sido muy cobarde. Lo sigo siendo. Has tenido que ser tú quien se diera cuenta, en lugar de ser yo quien te contara lo que sentía. Me siento avergonzado. Y feliz, también muy feliz.

Edu sonrió. Se le habían empañado los ojos.

—No te preocupes por eso, Alberto. Siento haber estado tan ciego. Ahora lo veo. Veo todos esos momentos que hemos compartido y me doy cuenta de que siempre has estado ahí para mí, aguantando mis lloriqueos y mis inseguridades por no ser capaz de encontrar a nadie. Debe haber sido muy duro para ti. Lo siento mucho.

—Edu, yo…

En ese momento, sobre las explosiones de petardos y música habituales de aquellas noches de fiesta, los dos amigos oyeron gritos que provenían de la plaza. Aunque había bastante ruido y bullicio, aquellas voces llamaron profundamente su atención, pues parecían fuera de lo normal. Ambos chicos compartieron una mirada de incomprensión.

—¿Qué ocurre? —preguntó Alberto.

—No lo sé. Vamos a ver…

Los dos chicos caminaron raudos hacia la esquina de la calle. Se quedaron allí de pie unos segundos y observaron la escena que se estaba desarrollando en la plaza. Varios grupos de personas corrían en desbandada, huyendo de la verbena. Aunque la música seguía sonando en el escenario, la fiesta parecía haberse interrumpido de golpe. Vieron que un grupo de unas diez o quince personas, cubiertos sus rostros por capuchas y pañuelos, cargaba contra la gente del público. Algunos de ellos estaban armados con palos y bates de beisbol, mientras otros lanzaban potentes petardos —masclets y borrachos— contra la multitud que había estado bailando. Vieron a una chica que corría llorando con ayuda de sus amigos. Iba manchada de sangre. Echando una ojeada al dantesco escenario, Alberto y Edu observaron que había gente en el suelo a la que aquella gentuza estaba apaleando. Otros muchos habían salido a atacar a aquellos desalmados en defensa de los agredidos, dispuestos a parar a los matones que estaban organizando aquel desastre. La plaza se había convertido en toda una batalla campal.

—¿Pero qué está pasando? —preguntó Alberto, muy asustado.

—¡No lo sé! —Edu pensó instantáneamente en sus amigos, que todavía debían andar por allí cerca—. ¡Vamos! ¡Tenemos que encontrar a Álex, Pablo y los demás! ¡Estaban cerca de la barra!

Edu corrió sin pensárselo en la dirección que había indicado, esquivando como pudo a la gente que trataba de huir del ataque. Alberto procuró seguir los pasos de su amigo, pero resultaba difícil hacerlo con toda la gente que trataba de salir en tropel de aquel lugar. Mientras avanzaban a duras penas, los dos chicos escucharon algunos de los gritos y consignas que proferían aquellos individuos encapuchados:

—¡Fuera de aquí, maricones de mierda!

—¡En España no queremos basura como vosotros!

—¡Os echaremos de nuestras calles, degenerados!

Con un terror creciente, Alberto y Edu avanzaron entre el gentío que trataba de salir de allí. Por un momento, Alberto perdió de vista a Edu, pues fue empujado por la marea de gente contra la fachada de un edificio. Casi perdió el equilibrio, pero consiguió mantenerse en pie, aunque temió verse aplastado contra la pared. De pronto escuchó las sirenas de policía, aún lejanas, que debían estar aproximándose a la plaza.

—¡Edu! —llamó Alberto, intentando localizar a su amigo. No hubo respuesta. Su voz era una más entre cientos. A medida que la gente iba alcanzando las calles que radiaban del lugar, Alberto logró escabullirse de aquel rincón aprovechando un hueco que se había formado entre la muchedumbre aterrorizada. Intentó seguir la ruta imaginaria que había visto trazar a Edu y procuró no ser arrollado por la marea humana.

—¡Alberto! —escuchó de pronto, a su derecha. Este se volvió hacia la voz, y entonces vio asomarse la cabeza de Edu junto a la de Pablo. El grupo trataba de avanzar también a duras penas en dirección hacia él.

—¡Edu!

—¡Sigue caminando! ¡Hay que salir de aquí!

Alberto hizo caso y siguió la corriente de gente que se deslizaba hacia la calle que conducía hacia la Plaza del Tossal y la calle Quart. La cantidad de gente era tal que tardaron varios minutos en poder salir de la plaza reconvertida en campo de batalla, pues no sólo se trataba de la muchedumbre que trataba de huir; aquella marea humana se sumaba también a la que circulaba por las concurridas calles del casco antiguo.

Fueron unos minutos angustiosos. La luz y el sonido de las sirenas de los coches de policía llegaba hasta ellos ahora. Los cuerpos de seguridad habían accedido a la plaza por el lado opuesto al que ellos se encontraban. Alberto se preguntó, aterrado, qué consecuencias habrían tenido los deplorables actos de aquellos agresores hómofobos. No podía creer lo que estaba sucediendo aquella noche. Seguía sintiendo aquella sensación de irrealidad que había experimentado con el inesperado beso y la confesión de Edu, aunque esta había cambiado radicalmente de signo. Jamás hubiera imaginado que aquella noche acabaría viviendo una situación de pánico semejante. El ataque contra una concentración de gente como la que había en la plaza podía tener consecuencias desastrosas y fatales, más habiendo hecho uso de aquellos potentes explosivos indiscriminadamente. Aunque no quería pensarlo, un estremecimiento recorrió de arriba a abajo a Alberto al imaginar que cualquiera de sus amigos o conocidos pudiera haber sido víctima de aquellos delincuentes. Siguió avanzando, con el corazón en vilo, hasta que consiguió llegar a la plaza del Tossal, donde pudo encontrar por fin un poco de espacio para respirar. Al poco tiempo, pudo reunirse con Edu, Álex y Pablo.

—¡Chicos! —exclamó, corriendo hacia ellos. Alcanzó enseguida su posición. Todos tenían metido el susto en el cuerpo, y eso se reflejaba en sus rostros—. Chicos, ¿estáis bien?

Alberto abrazó a Edu, y luego hizo lo mismo con Pablo. Luego se topó frente a frente con…

—Álex…

Ambos mantuvieron la mirada, uno frente al otro. Después de tanto tiempo, los dos amigos se habían reencontrado en las circunstancias más insospechadas. Álex se lanzó a abrazarlo.

—Alberto… —dijo—. Me alegro de que estés bien.

Alberto, algo sorprendido al no recibir la frialdad que venía siendo habitual entre ellos, estrechó también a Álex entre sus brazos. Con las emociones a flor de piel, los ojos de Alberto volvieron a humedecerse.

—Yo también. Estoy muy asustado.

Edu y Pablo observaron cómo los dos amigos compartían, por fin, un largo abrazo.

—Te he echado de menos —decía Alberto. Todas las emociones de aquella noche, sumadas a las de los últimos meses, se habían concentrado en sus cuencas lacrimales. Rompió a llorar de nuevo—. Lo siento mucho, Álex. Siento mucho todo lo que ha pasado.

—Yo también te he echado de menos —contestó Álex, quien también sintió un profundo alivio en su interior, liberado de unas cadenas que había arrastrado durante meses—. Vamos, Alberto, no llores. Todo pasa. Lo importante es que estamos todos bien.

—¡Qué hijos de la gran puta! —Pablo estaba totalmente rabioso—. ¡Menuda carnicería! Espero que más de uno se haya llevado una buena hostia y que los enchironen a todos.

—Pablo —intervino Eva entonces. Ella estaba a su lado, junto a sus amigas. Por suerte, todas estaban a salvo—. Deberíamos irnos de aquí… Joder, espero que Cris esté bien. El teléfono no me da señal.

—El nodo estará a reventar con tanta gente —supuso Edu—. Hasta que no salgamos de aquí será difícil llamar por teléfono. Oye, Álex… ¿Dónde está Hugo?

Al escuchar aquello, Álex sintió un vacío que comprimió sus entrañas. Cayó en la cuenta de que hacía pocos minutos que Hugo se había marchado de la fiesta. Esperaba que hubiera escapado a tiempo, pero… ¿Podía haberse topado con aquel grupo de matones? Álex sacó el móvil de su bolsillo y comprobó en el registro de notificaciones que no tenía ningún mensaje de Hugo anunciándole que había llegado a casa sano y salvo. Álex intentó mandarle un mensaje por Whatsapp, pero el circulito que mostraba el proceso de envío se quedó dando vueltas hasta que apareció el aspa roja que indicaba que el envío había fallado. Tal y como le había sucedido a Eva, él tampoco tenía cobertura.

—Voy a ir buscarlo. ¡Vosotros tened cuidado! —anunció. El resto lo miró con preocupación en sus rostros. Instantes después, Álex partía de la Plaza del Tossal en busca de su amigo, perdiéndose entre la gente que avanzaba por la Calle Caballeros.


Siguiente capítulo


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *