4. ALBERTO

¿Quién querría estar con alguien tan egoísta, manipulador, canalla y borde como Borja? Pues por lo visto él.

Había sido un polvazo. Como los cuatro, diez, veinte anteriores… Ya había perdido la cuenta.

Borja jadeaba a su lado, extenuado tras el acto sexual; ambos se hallaban desnudos, sobre la cama deshecha, tumbados boca arriba e intentando recuperar el aire. Se hallaban en la cama de los padres de Borja. Al parecer, ellos se hallaban en su apartamento de la playa y Borja había aprovechado su ausencia para invitarlo a pasar una entretenida —¡vaya si lo había sido!— tarde de sexo.

Alberto apenas sí se reconocía a sí mismo si echaba la vista atrás para recordar la que había sido su vida sexual hasta el momento. Años de sequía total, páginas en blanco de un celibato autoimpuesto. Todo eso había cambiado desde que conociera a Borja. Sí, desde que sus destinos se habían cruzado, un par de meses atrás, muchas cosas habían cambiado; a todos los niveles, y no siempre de forma tan positiva como en el plano sexual. Álex, la persona que hasta ahora Alberto había considerado su mejor amigo, no le había vuelto a dirigir la palabra desde lo que sucediera entre ambos. Y lo peor es que no podía culparlo por ello. Sabía bien que se había comportado, no sabía si como un cerdo —qué culpa tenían los pobres animales—, pero desde luego no como un amigo. No podía excusarse en los efectos del alcohol, era un argumento demasiado cobarde. Y es que, por muy bebido que estuviera, Alberto tenía que haber sido más fuerte, aunque desde luego tampoco se podía obviar que el etílico elemento había sido el detonante principal de su tremenda metedura de pata. Lo malo del asunto es que no había conseguido enmendar nada. Sí, su descabellado plan para desbaratar los planes de Borja había salido milagrosamente bien gracias a la colaboración de un Pablo realmente inspirado, pero la amistad con Álex seguía rota y no había conseguido arreglar las cosas. Más bien todo lo contrario: Alberto se daba cuenta de que estaba metiendo la pata —y lo que no era la pata— en un terreno cada vez más pantanoso. No sólo había traicionado a Álex, sino que había seguido viéndose con Borja a escondidas. Sí, seguía acostándose con la némesis de su mejor amigo, la misma persona que había tratado de extorsionarle con la peor de las intenciones. ¿Y todo por qué? Pues porque el sexo con él era… Bueno, era alucinante.

Puede que fuera precisamente esa mezcla de asco, rabia, secretismo y una tremenda atracción física lo que le resultara tan excitante. ¿No había escuchado mil veces hablar a algunas de sus amigas de la facultad sobre lo mucho que les ponían los malotes? Alberto nunca había entendido la actitud masoquista de ese tipo de personas. Siempre había defendido la postura de que nadie podía realmente querer estar con un malote, con alguien que, bien sabías, te lo iba a hacer pasar mal. ¡Le parecía algo de perogrullo! ¿Quién querría estar con alguien tan egoísta, manipulador, canalla y borde como Borja? Pues por lo visto él, y eso que siempre había pensado que su prototipo de hombre ideal era un tío buenazo como lo era Edu.

Edu… Desde luego, seguía sintiendo algo por su amigo. Lo de Borja era una cosa mucho más visceral, más física. Eso lo tenía aparentemente muy claro. Lo que sentía por Edu era algo mucho más puro. De hecho, hacía muy poco tiempo había intentado declararle sus sentimientos, sin éxito, eso sí. Quizá no estaba destinado a estar con él y hubiera de resignarse. Al fin y al cabo, había acabado encontrando algo con un chico y puesto fin a su mala racha sexual. ¿No era eso lo que había querido encontrar aquella maldita noche de fiesta en la discoteca Deseo? Sí… y no. Estaba tremendamente confundido.

El móvil de Alberto había empezado a vibrar escandalosamente. Tanteando con una mano, Alberto buscó el dispositivo que había dejado sobre la mesilla. Miró la pantalla y comprobó, nervioso, que se trataba de una llamada de Edu. Volvió a dejarlo sobre la mesa, amplificando la vibración del móvil de tal modo que parecía que un mercancías estuviera cruzando por una vía de tren cercana.

—¿No piensas responder? —preguntó Borja, irritado por el sonido.

—Pues no… Es Edu. Querrá saber a qué hora quedamos esta tarde.

—Pues chico, descuelga y se lo dices. ¡Ese ruido infernal va a hacer que se me salte un empaste!

—Sí, ¿y qué quieres que le diga cuando me pregunte dónde estoy? No… Mira, es que estoy aquí en la cama, con Borja. Sí, sí, ya sabes: el tío insoportable que traicionó a mi mejor amigo. ¿Que por qué me acuesto con alguien que me repugna? Ya ves, ¡soy algo esquizofrénico!

Borja soltó una risotada al escuchar la ocurrencia de su compañero de cama.

—¡Chico, pues miéntele! —le recomendó.

—¡A mí no me gusta mentir!

—Tú dile que estás de comida con tus padres… En cierto modo, algo de esa frase sí sería cierto. Una comida sí que ha habido. —Borja lo miró lascivamente y su mano se dirigió hacia el miembro de Alberto, que todavía seguía medio erecto.

—¡Ay, déjalo! —Alberto le apartó la mano de su entrepierna. Luego se incorporó y se levantó de la cama en busca de la camisa que un rato antes había salido despedida por los aires y que se hallaba ahora tirada en el suelo—. Mira, esto no puede continuar así, Borja. Sí, el sexo contigo es genial, más que genial de hecho. Pero yo no soy así. Yo nunca he buscado realmente este tipo de relación, el sexo por sexo… Necesito algo más. Este que ves aquí no soy yo.

—¿Ah, no? Vaya, vaya… No sabía que tuvieras un dopplegänger. ¿Eres el gemelo bueno o el gemelo malo?

—¡Muy gracioso! Sabes perfectamente lo que busco. No todo es sexo, en esta vida.

—Ya estamos con el cuento de siempre. ¿Acaso hay algo más importante que el sexo? —resopló Borja. El idealismo de Alberto casi le resultaba tierno—. Ya me contarás tú qué puede aportar hoy en día una pareja estable. ¿Compromiso? ¿Responsabilidades? ¡Bah! ¿Quién se compra ahora mismo un mueble que no sea de IKEA? La gente ya no quiere cosas que duren para toda la vida, estamos en un mundo de constante cambio. Todas esas chorradas de príncipes azules y amor verdadero son un invento de la Disney para lobotomizar a los niños y convencerles de que pidan a sus padres más muñecas de Frozen por Navidad. Chorradas pasadas de moda. ¡Vete haciendo a la idea!

—No sé si has visto Frozen, pero precisamente trata de lo contrario a lo que dices. Pero en fin, qué vas a saber tú, si sólo piensas en lo único. De verdad, no sé cómo he acabado cayendo en este…

—¿Círculo de perversión? —recitó Borja, cansinamente—. De verdad, Alberto, cada vez que pegamos un polvo acabas repitiendo lo mismo. ¿No te has parado a pensar que, quizá, lo que a ti te pasa es que no quieres reconocer que eres un puto pervertido, igual que lo soy yo? Venga, el primer paso es reconocerlo. Repite conmigo: soy un puto cerdo.

—¡Ay, déjame! ¡Yo no soy así!

—Venga, ¿cómo que no? ¡Si no pasa nada por reconocerlo! Explícame entonces, si no, por qué siempre que hablamos de este tema acabamos de la misma forma: ¡a cuatro patas!

—¡Pues ni a cuatro, ni a dos, ni a tres! —se indignó Alberto—. ¡Se acabó, Borja! Se acabó todo esto. No pienso seguir engañando a mis amigos, y tampoco voy a engañarme más a mí mismo. A mí el sexo vacío y gratuito… ¡no me gusta! ¡Me da asco!

—¿Ah sí? ¿Y entonces porque sigues empalmado? —preguntó de pronto Borja, con una sonrisa, mientras volvía a llevar su mano hacia el pene erecto de Alberto. Este tragó saliva mientras sentía la mano de Borja deslizándose sobre su miembro, masturbándolo suavemente antes de que su cálida lengua volviera a entrar en contacto con su piel.

Si es que tienes razón. Soy un puto cerdo, pensó Alberto para sus adentros, sintiendo otra vez esa extraña sensación a medio camino entre la rabia y la excitación.

Y se dejó llevar.


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