5. HUGO

«Lo siento pero no. Se acabó. No voy a permitir que ella me trate así.»

—¡Me alegra verte tan bien, Hugo!

Mireia estaba realmente contenta de no reconocer al chico triste y alicaído que había acogido en su casa durante algo más de un mes. Desde que Hugo empezara a vivir en aquel piso compartido y encontrara trabajo en aquel restaurante de comida rápida, su humor había cambiado por completo. El joven que tenía frente a él, sentado sobre la cama de su habitación, estaba pletórico de energía, y eso a pesar del cansancio que sin duda suponía la rutina ajetreada que llevaba a cuestas, algo realmente positivo teniendo en cuenta la mala situación familiar que había tenido que soportar.

—Yo también, Mireia —reconoció él—. De verdad que no sé qué habría hecho sin ti durante todo este tiempo.

—Bueno, para eso estamos las amigas, ¿no? Ya sabes que me tienes para lo que necesites. Bueno, y a mis padres, que me preguntan mucho por ti.

—Mándales un besazo de mi parte. ¡A ver si voy a verlos pronto! En cuanto ahorre algo tengo que hacerles un regalazo para compensar todo lo que han hecho por mi durante el tiempo que he pasado en vuestra casa.

—No es necesario, Hugo, lo han hecho de corazón. Además, no creo que el sueldo del restaurante te dé para muchos lujos, ahora mismo. En serio, ¡aún no sé cómo puedes con todo! A mí que ya me cuesta tirar adelante con los trabajos del ciclo formativo… Entre los estudios, el trabajo y ahora el rodaje del corto, me sorprende que aun tengas tiempo para… Bueno, para lo que me contabas. ¡Quién te ha visto y quién te ve! Hace solo cosa de un mes apenas habías besado a un chico en tu vida, y ahora…

—He roto en puta —rió Hugo, y Mireia enarcó las cejas, asombrada—. Así lo suele decir Toni, ¡me hace mucha gracia esa expresión!

—Ay, Toni… —suspiró Mireia—. Ese chico es guapísimo. ¿En serio que no es…

—¡Que no, que no es gay! Aunque a veces lo parezca. —Hugo dudó un instante—. Bueno, a ver… Es verdad que me tiene un poco confundido. Hace muchos comentarios que no esperarías del común de los heteros. Además, tiene muchos amigos gays y cuando está con ellos a veces hasta hace comentarios en femenino, refiriéndose a sí mismo en el tono bromista que usan ellos, claro. ¿Sabes? Me parece que es el típico que va de ambiguo. Y eso…

—Te pone como una moto. —Mireia lo miró con una sonrisa picante.

—¡No, no! De verdad, te digo que no quiero nada con él. Vale, sí, es muy guapo y tal, pero joder… Me cae muy bien y creo que prefiero tener un amigo ahora mismo, lo necesito mucho más que un rollo. Además, por muy gay friendly que sea Toni, estoy seguro de que le van las tías.

—¡Pues ya estás tardando en presentármelo, para que lo conozca mejor! Apenas he intercambiado con él un hola y un hasta luego.

—¡Pues esta noche es tu oportunidad! —propuso Hugo—. Los del corto y yo hemos quedado para salir de fiesta un rato. Yo trabajo en el Viena, para variar, pero pensaba pasarme cuando saliera del restaurante.

Mireia puso cara de circunstancias:

—No sé, Hugo. Apenas conozco a tus nuevos amigos. Además, para cuando tu salgas de trabajar ya estaré empijamada y viendo una serie en la cama, seguro.

—Va, vente, Mire. ¡Si salgo a las doce! No me digas que a esas horas ya estarás a punto de dormir. ¡Que somos jóvenes!

Mireia puso cara de asombro:

—En serio, Hugo, que aún no me creo que seas el mismo chico de hace tan solo unos meses. ¡Si hasta hace poco era yo la que tenía que llevarte a rastras para que salieras de fiesta! Me gusta verte así. Vale, está bien, iré con vosotros. Pero seguro que va a ir Toni, ¿verdad?

—¡Vaya, vaya! Así que sólo te apuntas para tirarle los trastos a Toni, ¿eh? ¡Vaya tela con mi amiga! —la chinchó Hugo, haciéndose el ofendido, pero la risa delataba su tono de broma—. No te preocupes que ya me encargaré yo de que te invite a un cubata. O dos. Déjalo de mi cuenta.

—Ay, si te viera tu madre… —rió la chica—. No puedo imaginar qué cara pondría al escucharte. Y si supiera lo de tus últimos líos, ¡apaga y vámonos!

—Le daría un patatús —bufó Hugo—. Y casi que me alegraría.

—Hombre, tampoco es eso, Hugo —repuso ella, conciliadora—. Tu madre será una retrógrada, una histérica y todo lo que tú quieras, pero sigue siendo tu madre. Tampoco es cuestión de desearle el mal, ¿no?

—Una madre que no es capaz de querer a su hijo tal y como es, ni siquiera merece ser llamada madre. Ella preferiría verme solo, triste, reprimido e infeliz por el resto de mi vida antes que aceptar siquiera que pueda querer besar a otro chico. Y eso por no hablar del chantaje que me hizo y lo poco que ha valorado siempre mis aspiraciones. No, lo siento pero no. Se acabó. No voy a permitir que ella me trate así, que me eche de su casa, cuando yo he respetado sus opiniones intolerantes toda mi vida, por muy alejadas que estuvieran de las mías.

—Lo sé, Hugo. —Mireia se sentía culpable de haber sacado el tema—. No quería molestarte.

—Perdona, Mire. Yo tampoco quería ponerme así, pero es que… —Hugo se levantó de la cama y caminó a su alrededor para controlar los nervios que se habían apoderado de él—. Es hablar de ella y se me remueve algo dentro. Supongo que tengo todo demasiado reciente.

Mireia dudó antes de preguntar:

—¿Has sabido algo de ella?

—Sí, por desgracia. Me manda mensajes todos los días. Ahora mismo la tengo bloqueada, no soporto más el acoso.

—¿Pero has notado algún cambio? —preguntó, esperanzada—. Me refiero a si se arrepiente, o si te ha dado muestras de que…

—¿Arrepentirse? ¿Ella? No la conoces. La última perla que me mandó es que ella no tenía hijos. Que ya volvería arrastrándome cuando no tuviera donde caerme muerto y que entonces ya me arrepentiría del camino que he escogido. Si eso es cambiar…

—Me parece increíble que aún haya gente que piense así. Yo creía que todo esto empezaba a estar superado, y ni se me había pasado por la cabeza que pudiera vivir un caso tan cercano… Y joder, ¡que tus padres no son tan mayores! Son bastante jóvenes, de hecho.

—Lo peor es que últimamente basta con dar una vuelta por Twitter o Instagram para ver que el odio no sólo no es cosa del pasado, sino que hay mucha gente en internet que aprovecha para soltar mensajes de intolerancia como esos. Algunos incluso se hacen llamar influencers y tienen un montón de seguidores. Leí el caso de una chica que desde su perfil de Instagram animaba a denunciar a gente homosexual en Marruecos, donde todavía está penada la homosexualidad. La gente tiene mucho odio acumulado, y nunca entenderé por qué.

—Sí, es verdad que hay mucho odio, pero por suerte también hay gente que hace un gran trabajo para concienciar. Y ahora mismo tú estás siendo parte de ello. Con lo del corto, digo. Es una buena idea.

—Sí, era una buena idea, pero no sé yo si saldrá adelante. Si te digo la verdad, el rodaje está siendo un poco descorazonador.

—Pero si algo no te falta a ti es corazón —dijo Mireia, sonriendo, mientras ponía su mano sobre el pecho de Hugo—. Ya verás como tu corto funciona. ¡Qué mejor modo de llevar un mensaje a la gente que a través de la risa y de la comedia! Te aseguro que es un método mucho mejor que el del odio. Ya verás como funciona. ¡Yo creo en ti!

—Espero que tengas razón, Mire. ¡Gracias!

Hugo se sentó de nuevo en la cama junto a su amiga y los dos se fundieron en un largo abrazo. Luego, Mireia sonrió a su amigo.

—Y bien, entonces… —dijo—. ¿Cuándo dices que le hablarás de mí a Toni?

Hugo rió a carcajada limpia:

—Qué salida estás, tía.

—¡Habló quien más tiene que callar! ¡El que ha roto en puta!

Y una vez más, ambos acabaron llorando de la risa.


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