6. BORJA

«Pienso pegar el último polvo con él. Ya sabes, el de propina.»

La boutique estaba prácticamente vacía aquella tarde, por lo que Gisela y Borja no tenían demasiado trabajo de atención al cliente. Ambos compañeros se hallaban doblando una pila de prendas desechadas en la entrada de los probadores, mientras conversaban animadamente.

—¡Madre mía, pero qué bicha eres! —exclamó Gisela tras escuchar la última anécdota de Borja—. En serio, de mayor quiero ser como tú.

—¿De mayor? —Borja la miró profundamente ofendido.

—Ay, chica, que no aceptas una broma. —Gisela le dio un golpe con el codo a su compañero, enfatizando el final de su frase—. De verdad, qué mal llevas lo de la edad. ¡Pero si estás jovencísimo! Para haber convivido con Tutmosis, te conservas estupendísimamente

—¡Pero serás puta!

—¡Mira quien habla! —rió Gisela, forzando la risa en plan bruja—. Pero si aquí la más puta del barrio eres tú, cariño. Yo no sé para qué quieres novio, si a la primera de cambio le pones los tochos. Que me pregunto yo si no será más fácil estar soltero y folletear con quien te de la gana sin más complicaciones.

—Para empezar, no somos novios. Alberto y yo sólo hemos estado conociéndonos, y bueno, podría decirse que ya nos conocemos. De todas formas, ¿qué quieres que te diga? A mí me va el morbo, y no puedo evitar que el rollo de hacerlo con varios, uno detrás de otro y sin que lo sepan entre ellos, me ponga cerdísimo. ¡Si es que la vida sería aburridísima sin estos pequeños secretitos! Además, que es lo más normal del mundo. Está en la naturaleza humana. Dime tú, si no, por qué ha habido infidelidades toda la vida. Lo que pasa es que hoy en día estamos muy contaminados con toda esa moralina judeocristiana que hemos heredado de nuestros ancestros. ¡Los antiguos romanos sí sabían disfrutar de la vida! Bueno, también tenían lo suyo, porque los pasivos no es que estuvieran muy bien vistos, que digamos…

—De verdad, deja de ver el Canal Historia, que no entiendo ni papa de lo que dices —comentó ella, después de que Borja se hubiera puesto a divagar—. Que si moralina, que si judeonosequé… Me gustaba más cuando comentabas el Sálvame Deluxe, reina.

—Oye, ¡una cosa no impide la otra! Que me guste la Historia no significa que no esté al día de los jaleos de la Esteban y la Mila Ximénez. De verdad, en este país no se puede tener un poquito de cultura. Enseguida te miran mal.

—Y bien, ¿qué vas a hacer entonces con Alberto? —Gisela volvió a enfocar el tema a lo que le interesaba: los trapos sucios de su amigo.

—Pues a ver, es lo que te decía, que el sexo con él ha estado bien. Pero, ¿sabes? Cuando ya llevas varias veces acostándote con la misma persona, el sexo se vuelve repetitivo. Chica, es que se acaba perdiendo la gracia, el misterio, el qué se yo… Y con Alberto me temo que ya he llegado a ese punto.

—Pero si apenas lleváis… Qué, ¿dos meses?

—Hombre, pues a polvo diario, así tirando por lo bajo, dime tú a cuánto sube la broma.

—Joder, ¿más de un polvo al día? ¡Pero qué asco me dais los tíos! Si es que yo no sé cómo os lo montáis, especialmente los gays, todo el día por ahí, dándole al mecanismo. En mi próxima vida paso de tener coño. Vosotros siempre ahí tan tranquilos y tan a gustito, sin menstruación, sin nueve meses de embarazo, sin estigma social ni mierdas varias. Hacéis lo que os sale de la polla, y encima está bien visto. ¡Anda y no me jodas!

—Será que tú tienes mucha queja, que hasta donde yo sé vas siempre de flor en flor. Además, ¿de qué hablas? Si las mujeres también lo tenéis fácil. Con tener un par de tetas, cualquier mazadito de gimnasio os está babeando a la primera de cambio.

—Tú lo has dicho, ¡babosos y acosadores! En fin, no entremos en el tema, que me sale la vena feminazi y me pongo a cortar pollas a diestro y siniestro.

—¡A ver si te crees que los gays no pasamos por lo nuestro, cari!

—No me vayas a comparar. Eso díselo a las mujeres que llenan la sección de sucesos de los telediarios todos los días.

—Joder, qué intensa te pones tú también… Tienes razón. En fin, volviendo al tema, creo que voy a cortar con él esta tarde. Eso sí, pienso pegar el último polvo con él. Ya sabes, el de propina.

—Bueno, eso será si él quiere acostarse contigo después de que lo hayas dejado más tirado que a una mula coja, ¿no?

—Que no, que no te enteras. Me acostaré con él antes de dejarle. No sabes el morbo que da acostarse con alguien sabiendo que luego vas a romperle el corazón, la cantidad de adrenalina que sueltas con esa tensión contenida…

—Por Dios, eres un auténtico psicópata, Borja. ¡Tengo tantísimo que aprender de ti!

—Años de experiencia, querida.

—¡Y tanto, y tanto! A años no te gana nadie.

—Pero qué zorra eres…

Si algo le gustaba de Gisela a Borja, es que era tan perra y viuda negra como a él le gustaba sentirse. Después de aquella master class de Primero de Hijoputismo, que amenizó su aburrida tarde en la tienda, Borja salió del trabajo con las expectativas que le había relatado a su compañera. Había quedado con Alberto en la Plaza del Negrito, en pleno barrio del Carmen. Alberto le había citado allí para, según le había dicho, darle una sorpresa, aunque Borja, orgulloso de su absoluta falta de escrúpulos, se había reído para sus adentros pensando que la sorpresa se la iba a llevar Alberto. ¡Esas ironías tiene la vida!

—¡Borja! —lo llamó Alberto, sonriendo ampliamente al verlo aparecer en la plaza por la vía que daba a la Calle Caballeros, una de las más concurridas del casco histórico. Borja se aproximó a él y Alberto lo saludó con un beso en los labios.

—Buenas —lo saludó Borja, un poco aturdido por el entusiasmo de Alberto—. Vaya, ¿qué pasa? ¡Estás eufórico!

—¿Eufórico? Bueno, ¡la verdad es que sí! Estoy un poco nervioso.

—¿Es por la sorpresa? —preguntó Borja.

—¡Por supuesto! Mira, ven conmigo y te lo enseño. Pensaba que podríamos tomar algo antes, pero es que no me resisto. ¡Vamos, está aquí cerca!

Alberto se internó por las callejuelas y Borja lo siguió, intrigado. En ese momento se dio cuenta de que Alberto había sacado unas llaves de su bolsillo. ¿Lo estaba llevando a un picadero? ¡Vaya! Así, al menos, no tendrían que ir luego hasta su casa para consumar el último polvo, eso que se ahorraba. Para decepción suya, Alberto se plantó frente al portal de un edificio de viviendas cochambroso. Borja hubo de arquear las cejas. ¡Pues vaya con el picadero!

—No sé si te había contado que mis padres se dedican a la reforma y el alquiler de pisos —explicó Alberto, mientras abría el portal.

—Pues no, entre polvo y polvo creo que no me habías comentado eso todavía. Qué quieres decir, ¿que les has robado las llaves de uno de los pisos a tus padres? Pero qué malote estás hecho… —comentó, con sarcasmo.

—No, no les he robado nada. —Alberto hizo una pausa dramática, y luego exclamó—: ¡Me han regalado uno de sus pisos! ¡Para que me independice! ¿No es increíble? —Alberto estaba entusiasmado mientras abría la puerta. Borja lo siguió al interior, mirando alrededor con cierto asco. Le daba la impresión de que aquel agujero debía estar lleno de cucarachas, ratas, o yonkis tirados en la escalera—. Lo único malo es que no tiene ascensor, pero bueno, al menos solo hay que subir un piso.

Borja estaba decidiendo qué comentario hacer —se le ocurrían varias gracias al imaginar que en aquella cueva aún debían conservarse pinturas rupestres, si no alguna que otra especie extinta— cuando Alberto abrió por fin la puerta de su apartamento. Al entrar, a Borja casi se le cae la mandíbula al suelo del impacto.

Para su sorpresa, el piso era una absoluta maravilla. Estaba completamente amueblado y decorado con un gusto exquisito; todos los muebles eran de diseño y de corte minimalista. La reforma había dejado a la vista partes de la estructura original del viejo edificio, como las vigas de madera restaurada, pero todo ello se hallaba integrado perfectamente con la reforma de primeras calidades, combinando pasado y presente en perfecta armonía. La cocina office disponía de una isla enorme en su centro que hubiera permitido grabar programas de cocina, y el salón disponía de una pantalla de ultimísima generación de, como mínimo, setenta pulgadas. Pero lo más alucinante de todo era lo luminoso que era, pues el piso disponía de un enorme ventanal que daba a una amplia terraza privada con jardín, ¡que incluía piscina! Todo ello convenientemente protegido de la vista de los vecinos gracias a unos setos milimétricamente podados. ¿Quién hubiera imaginado que aquel lugar aparentemente cochambroso guardara semejante maravilla? Ni al más rastrero ladrón se le hubiera ocurrido entrar en aquella vivienda sin saber los tesoros que guardaba en su interior. Pero al margen de todo eso, ¡aquel piso debía haberles costado una fortuna a sus padres! ¡Y se lo habían regalado! Allá donde Borja posara su mirada, solo veía dinero, dinero y más dinero. Aquello sólo podía tener una explicación, y es que la familia de Alberto debía nadar en billetes de quinientos euros. ¿Quién lo hubiera dicho?

—¿Qué? ¿Qué te parece? —preguntó Alberto.

—Yo, eh… —Borja estaba tan impactado que tardó unos instantes en articular palabra—. ¿Y cuándo dices que me vas a pedir matrimonio?

Quizá no era tan mala idea tener novio, después de todo.

¡Esas ironías tiene la vida!

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