7. EDU

«Para llegar a algo en esta profesión hace falta mucho más: hay que ser decidido, y muy activo.»

Edu entró al despacho, algo acobardado y con el corazón en vilo, aunque quizá aquella sensación se debiera más bien a que David, el chico que acababa de conocer mientras esperaba su turno para la entrevista de trabajo, le había guiñado un ojo al cruzarse con él tras salir de aquel mismo despacho. Edu había querido decir un hasta luego, pero simplemente abrió la boca, incapaz de emitir un solo sonido, y había compuesto una mueca similar a la de un besugo fuera del agua, la cual intentó transmutar instantáneamente en una sonrisa que resultó casi sardónica. Vaya un inadaptado social, pensó de sí mismo. En fin, debía centrarse: estaba a punto de tener su primera entrevista de trabajo, así que trató de sepultar su sentimiento de inferioridad bajo una fachada de aparente confianza en sí mismo y entró a la oficina del señor Gimeno, tal y como rezaba un letrero ubicado junto a la puerta:

Sr. GimenoJefe de Redacción

La oficina era un caos de archivadores y mesas auxiliares repletas de papeles. Tras un escritorio bastante desordenado aguardaba un hombre de mediana edad, probablemente tenía unos cuarenta y cinco años, trajeado y con cierta cara de malas pulgas, que le indicó con una seña que tomara asiento mientras terminaba de hablar por teléfono:

—¡Claro que sí, lo quiero en la próxima sección de noticias! Y no me vengas otra vez con esas gaitas de la ética periodística. Aquí hablamos de cosas serias, de lo que interesa, y ahora mismo lo que preocupa a la gente son dos cosas: los sucesos y los trapos sucios de los políticos. Así que o me traes un nuevo Galapagar, o me describes cómo un perro le ha arrancado la cara a su dueño a mordiscos. Si no, la próxima noticia que vamos a tener que dar en antena es que estás en el paro, ¿estamos? ¡Bien, estamos!

El señor Gimeno colgó violentamente el teléfono y miró a Edu con la cara roja de rabia.

—Hola… —saludó Edu, casi en un murmullo. Sonrió con timidez y le ofreció la mano a su entrevistador.

—Hola, hola… —saludó el señor Gimeno, estrechando su mano con fugacidad. Apenas rozó las yemas de sus dedos, como si le diera asco establecer más contacto del necesario—. Disculpa el numerito… A veces aquí la gente se te sube a la chepa y hay que dejar las cosas bien claras. En fin, veamos, ¿te llamabas…? Ah, sí, sí, lo veo aquí en tu currículo… Eduardo González Lázaro. Bien, bien, empecemos. ¿Qué sabes de Alerta2, Eduardo?

—Pues… —Edu empezó su discurso, ensayado previamente—. Sé que Alerta2 es un medio que está teniendo bastante repercusión ahora mismo, con mucha proyección en las redes sociales, y que ha estado abriéndose camino en…

—De acuerdo, de acuerdo… —lo interrumpió el Sr. Gimeno, que parecía impaciente por solventar aquella entrevista, como si tuviera cosas más importantes que hacer—. Vayamos al grano. ¿Qué te ha atraído de nuestra emisora, Eduardo? ¿Qué buscas encontrar aquí? Sé sincero…

—Bueno, desde que era pequeño siempre he querido trabajar en un gran periódico o en la radio —contestó, y sonrió conscientemente, haciendo gala de toda su simpatía—. Siempre me ha inspirado mucho ver esas redacciones repletas de gente, el ajetreo para sacar adelante la próxima edición, el sonido de las máquinas de escribir… Bueno, hoy en día sería más correcto decir de los teclados de los ordenadores. En fin, todo ese…

—Entiendo. —lo interrumpió Gimeno—. Vamos, que has visto mucha serie americana y mucha ficción. Sí, sí, me sé el cuento de memoria. Verás, Eduardo… La vida en una redacción dista mucho de lo que se ve en la pequeña pantalla. Supongo que algo de eso te habrán contado en la facultad…

—Eh… sí. —Edu había dejado de sonreír.

—El problema es que para ser un buen periodista lo importante no son las notas que se han sacado en tal o cual asignatura, ni tampoco basta con querer emular a Clark Kent o a Lois Lane en el Daily Planet. Un auténtico periodista lo es desde que nace, es algo que se lleva dentro. Es la persona que se entrega al cien por cien en cada uno de sus artículos, ¿me sigues? No basta con tener un deseo inspirado en la visión idílica de la televisión, o en haber hecho una serie de cursos en tal o cual Facultad de Periodismo que no te prepara en absoluto para la vida real. Para llegar a algo en esta profesión hace falta mucho más: hay que ser decidido, y muy activo. Dime, Eduardo, ¿tú eres activo?

Edu había quedado estupefacto ante aquel inesperado alegato en defensa de la vocación periodística. No obstante, no pudo evitar tener que contener la risa ante la última frase pronunciada por el señor Gimeno. ¿Realmente le acababa de preguntar si era activo? Intentó mantener la compostura y contestó con doble sentido:

—Sí, claro.

—¿Sí? ¡Pues demuéstramelo! —El excéntrico señor Gimeno parecía estar en constante estado de exaltación. Le tendió a Edu un bolígrafo y Edu lo agarró sin entender. Miró con los ojos muy abiertos a su interlocutor, esperando una aclaración. El señor Gimeno esperó unos segundos antes de continuar—: Bueno, ¿a qué estás esperando? ¡Este es tu micrófono!

Edu miró el bolígrafo, estupefacto.

—¡Sí, sí, ya sé que no es un micrófono, es un bolígrafo! —comentó el señor Gimeno—. Sin embargo, ahora mismo, ¡es tu micrófono! Quiero que me demuestres lo que sabes hacer, que informes en riguroso directo sobre una noticia, algo que hayas leído esta misma mañana en la prensa o lo primero que se te ocurra. Ya sabes, en esta profesión hay que saber improvisar. Quiero ver de qué pasta estás hecho.

Edu tragó saliva. Miró una vez más a su improbable micrófono mientras pensaba rápidamente qué decir y luego empezó su locución:

—Noticia de última hora: El presidente en funciones acaba de reunirse con el jefe de la oposición de cara a establecer las condiciones de su posible apoyo para la sesión de investidura del próximo viernes. El portavoz del gobierno ha comunicado que…

—¡No, no, no! —volvió a interrumpirlo aquel hombre—. ¡Quiero más emoción, más brío! No me estás vendiendo la noticia con ese tono monocorde. ¡Parece que simplemente estés leyendo el texto de un teleprompter! Mira, déjame a mí. —El señor Gimeno le arrebató el pretendido micrófono a Edu y cerró los ojos mientras se metía en el papel. Luego comenzó su interpretación—: ¡Atención, noticia bomba! ¡Surgen voces discrepantes en ciertos sectores del partido que ostenta el gobierno de España! Según fuentes cercanas a la Moncloa, la fortaleza del presidente en funciones estaría en entredicho, pues algunos barones del partido podrían haberse alineado con la opinión defendida mayoritariamente por la oposición. ¿Pueden los numerosos casos de corrupción que salpican al partido haber hecho mella en la confianza de la militancia? ¿Sale reforzado de esta situación el líder de la oposición? ¡La situación política del país está en su momento más decisivo! ¿Podrá España salir de esta, o volveremos a vernos abocados a unas nuevas elecciones, o aún peor, a una nueva crisis? ¡Nuestro futuro está en juego! Descubriremos todo esto y pondremos todos los puntos sobre las íes a la vuelta de esta breve pausa publicitaria… ¡Y recuerden, su información está aquí, en Alerta2!

El Señor Gimeno hizo una pausa dramática y luego miró con suficiencia a Edu, quien se había quedado sin habla ante el impacto de aquella sobreactuada intervención.

—¿Ves? ¡Para ser un verdadero comunicador debes entregarte al doscientos por cien, debes aprender a manipular las emociones del espectador! Del oyente, en este caso. Dime, Eduardo, ¿entiendes?

—Sí…

—Bien, bien, pues en ese caso ya estaría. Tienes todos los datos de contacto en el currículo, ¿no? Bien, sí. Pues entonces, hemos terminado.

—Pero, ¿no quiere que lo intente de nuevo…?

—No, no, ya he visto lo que tenía que ver. Ya te llamaremos. 

Edu se levantó, sin entender muy bien lo que acababa de suceder. Parecía que su primera entrevista de trabajo había llegado a su fin, de forma precipitada. Indeciso, y algo decepcionado, tendió de nuevo la mano a su entrevistador para despedirse, pero justo en ese momento el teléfono de Gimeno volvió a sonar y este lo descolgó. Edu se quedó esperando un segundo sin saber qué hacer. ¿Debía irse sin despedirse? No le parecía que aquello diera una buena imagen. Al menos, ningún tutorial que hubiera leído en internet recomendaba hacer algo así en una entrevista de trabajo. Gimeno, por su parte, había empezado a hablar por teléfono mientras él se debatía sobre qué hacer. Al cabo de unos segundos, el señor Gimeno reparó en que Edu seguía allí de pie.

—Puedes dejar la puerta abierta —le dijo, susurrando, mientras tapaba el auricular. Después de eso dejó de prestarle atención y siguió hablando con la persona que estaba al otro lado de la línea—. Sí, sí, no te preocupes, no estoy ocupado… ¿En serio? ¡Qué me dices!

Edu salió de allí indignado ante la mala educación exhibida por aquel individuo. Se despidió de la secretaria, que al menos fue más amable, y salió de la redacción de Alerta2 algo enfurruñado. Desde luego, no parecía que hubiera de volver a poner un pie allí dentro. Edu no tenía mucha experiencia en esto de las entrevistas, pero se preguntaba si todo el mundo tendría experiencias así de malas en sus primeras tomas de contacto. Desde luego, como mínimo, tendría una anécdota que contar.

Andaba enfrascado en esos pensamientos cuando alcanzó la planta baja del edificio, y para su sorpresa, David estaba allí esperándole. Ver allí a aquel chico hizo que a Edu le cambiara el humor en tan solo un segundo:

—¡David! —exclamó—. ¿Todavía estás aquí?

—¡Claro! Querías tomar un café, ¿recuerdas? ¿Qué tal te ha ido, Edu?  Has acabado pronto.

—Sí. Vaya tela, ahora te cuento…

—No muy bien, ¿no? Menudo tío raro, el tal Gimeno.

—¡Ya te digo! —rió Edu. ¡Bien! Al menos parecía que no era solo cosa suya—. Ha entrado en trance mientras hablaba conmigo, con eso te lo digo todo…

—¿También contigo? ¿Te ha soltado el rollo ese de lo que supone ser un auténtico periodista y bla bla bla…?

—¡Exacto! Menudo individuo. Vamos, te invito a ese café. ¡Necesito rajar un rato del tiparraco ese y desahogarme! —siguió riendo Edu.

Puede que no hubiera encontrado trabajo aquella tarde, pensó, pero al menos no podía decir que no había merecido la pena acudir a la dichosa entrevista.


Siguiente capítulo


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *