2. ALBERTO

«Espera, espera, espera… ¿No has dicho que sólo os liasteis?»


—¡Espera, espera, espera…! —Alberto interrumpió el relato de Álex, con cierta incredulidad—. ¿No has dicho que sólo os liasteis?

—Bueno, cuando digo que nos liamos quiero decir que nos acostamos, que lo hicimos —contestó su amigo encogiéndose de hombros y adoptando cierto aire inocente. Alberto arqueó una ceja.

—¿Y no acabas antes diciendo que te lo tiraste, que te lo follaste, que te lo pasaste por la piedra…? —preguntó él, algo airado.

—¡Yo no hablo así!

—Vaya, ahora va a resultar que eres un recatado. ¡Pero si con la mitad de lo que me has contado ya debisteis despertar a medio vecindario!

—Alberto, desde luego eres un exagerado. ¡Sólo fue un rollo!

—Ya veo. Un rollo, ya.

Desde que se conocían, Alberto y Álex habían compartido toda clase de intimidades, aunque por regla general era Álex quien solía tener más historias que contar. Alberto solía adoptar el papel de confidente, y había escuchado aquel mismo discurso más de una vez. Había perdido la cuenta de las relaciones que acumulaba Álex, y es que todas solían resumirse en la misma rutina, alterando de vez en cuando algunos de los parámetros: conversación más o menos tórrida por el móvil, cita para conocerse en un lugar neutral —cualquier café del centro de la ciudad de Valencia servía para ello—, noche de juerga en la discoteca de turno y sexo hasta que el cuerpo aguantara. Era cierto que Álex parecía estar cómodo en esa constante búsqueda de experiencias que no solían llevar a nada más serio que varios encuentros puntuales, aunque Alberto solía preguntarse si su amigo no acabaría cansado de repetir una y otra vez los mismos patrones de conducta. A veces, sin embargo, sentía cierta punzada de envidia, al comparar la excitante vida sexual que llevaba este con la abstinencia que el propio Alberto parecía empeñado en mantener.

El móvil de Álex, que se encontraba en la mesilla del salón, empezó a sonar de pronto. Este se levantó del sofá para mirar la pantalla del móvil, con cierta pereza, y Alberto hizo lo propio, curioseando por si se trataba del reciente ligue sobre el cual habían estado hablando. Reconoció, sin embargo, la foto del contacto. Álex cogió el dispositivo y respondió a la llamada:

—¡Ey, Edu! ¿Qué tal?

—¡La vida es una mierda! —La voz de Edu se abrió paso a través de la linea telefónica.

—Joder, ¿qué pasa? ¿No tenías hoy una cita?

—¡Pues eso mismo! —continuó Edu, en un tono algo angustiado—. Tú lo has dicho, ¡tenía! ¿Te puedes creer que me han dado plantón? Llevo media hora esperando, ¡y aquí no ha aparecido nadie!

Alberto miraba interrogativamente a Álex, sin saber qué estaba pasando, y este se encogió de hombros:

—¿Que te han dado plantón? —repitió, para que Alberto lo entendiera—. Espera, Edu, pongo el manos libres, que está aquí Alberto y quiere saber qué ocurre.

—¡Edu, hola! —intervino él—. ¿En serio te han dejado tirado? ¿Qué ha ocurrido?

—Pues sí, joder. Había quedado con un chico con el que llevo hablando dos semanas. Nos íbamos a conocer por fin esta tarde, para tomar algo por aquí por el centro, y llevo esperando como media hora, llamándole y mandándole mensajes, y no me contesta. ¿Tanto le cuesta decirme que no quiere quedar conmigo? O quizá… Quizá sí que ha estado por aquí y ha pasado de largo al verme. Debo haberle parecido horrible en persona o… yo que sé.

—Edu, pasa de él —le recomendó Álex—. Hay doscientos tíos ahí fuera que matarían por estar ahora mismo contigo. Si alguien pasa de ti, ese es su problema.

—Es verdad, Edu —dijo Alberto, y tragó saliva antes de continuar—. ¿Cómo vas a parecerle horrible tú a nadie? Si alguien es capaz de dejarte tirado, es que es muy imbécil o tiene el gusto en el culo. No pierdas el tiempo con capullos así, te mereces algo mejor.

—Ya, si ya lo sé…

Edu se quedó unos instantes en silencio. Mientras tanto, Álex hizo un gesto cómico con la cabeza a Alberto, dando a entender lo cansado que estaba del dramatismo de Edu. No era la primera vez que hablaban de las inseguridades de su amigo y de esa necesidad suya de buscar pareja. Cada vez que uno de los esfuerzos de Edu resultaba infructuoso, este solía cargar con la responsabilidad de todo lo que había podido ir mal en la relación, y eso era algo que Álex había intentado hacerle ver como un error una y otra vez, sin éxito.

—¡Ostras! —exclamó de pronto Edu—. ¡Mira, por fin acaba de mandarme un mensaje!

—¿Y qué te dice? —preguntó Alberto, intrigado. Al cabo de unos instantes de silencio, su amigo contestó:

—¡Joder, dice que lleva esperándome media hora en la Plaza de la Virgen! —contestó, atropelladamente—. Que se había quedado sin batería y que al ver que yo no llegaba ha entrado a una cafetería para cargar el móvil y poder escribirme. Tío, ¡estaba convencido de que habíamos quedado en la Plaza del Ayuntamiento! Soy un desastre…

—Vaya. —Alberto no pudo evitar sonar algo decepcionado.

—Tíos, os dejo. Voy a contestarle y me voy corriendo para allá. ¡Hasta luego!

Edu colgó la llamada y Álex dejó el móvil de nuevo sobre la mesa.

—Bueno, ¿y tú cuándo piensas decírselo?

—¿Yo? —preguntó Alberto, alarmado de pronto—. ¿El qué? ¿A quién?

—A Edu. Y sabes perfectamente de lo que te estoy hablando.

—Pues no, no sé qué quieres decir.

—Alberto, es evidente que te mola Edu. Cada vez que tiene una cita con alguien te pones celoso. Se nota a la legua. Lo que no sé es cómo él no se ha dado cuenta todavía.

—¿Pero qué dices? —Alberto se puso a la defensiva—. Eso no es verdad. Y no, no me gusta Edu, no sé de donde te sacas eso. Además, no estábamos hablando de mí, estábamos hablando de lo de tu ligue y tus pinitos como actor porno.

—Bueno, lo que tu digas. ——Álex se recostó contra el sofá, con cierto aire de suficiencia—. Yo sólo te digo lo que veo. Y creo que estás cometiendo un error.

—Habló Míster Consejos. —Luego, en un intento desesperado por cambiar de tema, añadió—: En fin, todavía no me has enseñado una foto de tu amiguito.

—Eso es porque no la tengo, lo único que tengo es el video que grabamos. ¿O es que acaso quieres verlo? Alberto, no sabía que fueras tan morboso. A ver si estoy confundido y del que vas a estar enamorado es de mí —bromeó.

—¿Pero qué dices, capullo? No tengo ningún interés en verte a ti, ya tengo bastante con las descripciones gráficas que me haces cada vez que me cuentas tus escarceos. Sólo tengo curiosidad por ver al chico, nada más.

—Luego te busco una captura y te lo enseño. De todos modos, ya te digo que fue un rollo de una noche. No creo que vuelva a quedar con él.

—¿Quizá porque tenía novio? —preguntó Alberto, con toda la intención—. ¿O es que al final no fue para tanto en la cama?

—No, si fue guay. Pero sí, paso un poco de todo el tema de su novio. No tengo ganas de historias ahora mismo, la verdad.

—Bueno, pero no te importó mucho hacerlo delante de él.

—Si te soy sincero, no llegué a ver su novio en ningún momento. Habíamos estado echándonos miraditas en la discoteca toda la noche, y cuando me lo encontré en el baño se lanzó él a morrearme de improviso. Estuvimos un buen rato enrollándonos allí y luego me contó lo de su novio.

—La gente está fatal. —Alberto no daba crédito—. No sé qué necesidad puede tener alguien de estar ligando con otra persona estando su pareja delante.

—Bueno, ése es su problema. De todas formas ya te digo que no tengo mucho interés en continuar con esta historia. Paso de meterme en las movidas de pareja de nadie. Será por tíos.

En ese momento entró Pablo al salón. Iba sin camiseta y vestido únicamente con una toalla, paseándose por allí con toda la tranquilidad del mundo.

—Oye Pablo, córtate un poco, ¿no? —le recriminó Álex, burlón—. ¿Qué pasa, que tienes que lucirte cada vez que vienen mis amigos a casa?

Pablo era el compañero de piso de Edu y de Álex, y aunque Alberto tenía bastante confianza con él —pues casi pasaba más tiempo en aquel piso que en su propia casa—, no pudo evitar quedarse mirando el cuerpo definido de su amigo. Pablo, aunque era heterosexual, tenía una mentalidad bastante abierta y solía bromear con sus amigos gays con cierta naturalidad.

—¿Lucirme? Joder, Álex, que estoy en mi casa. Mira que estás salido. Estoy buscando mi camiseta verde, creo que la había dejado por aquí. —Pablo se quedó mirando unos instantes a Alberto, quien tuvo que disimular apartando la mirada de aquel torso—. ¿Me la pasas?

Alberto se dio cuenta de que la camiseta que buscaba Pablo reposaba al lado suyo en el sofá, y se la tendió sin mediar palabra. Pablo le guiñó un ojo, continuando con la broma.

—¿Ves? —insistió Álex—. Si es que te encanta calentar a mis amigos.

—A ver, capullo, ni que Alberto fuera un desconocido. También es amigo mío. Sabe que estoy de broma.

Alberto no pudo evitar sentirse culpable de haber echado aquella mirada a su amigo, pero era verdad. Pablo y él se conocían desde hacía mucho tiempo, prácticamente desde el mismo momento en que conoció a Álex en persona. De este último se había hecho amigo en la época del instituto, tras conocerse por el chat —Álex era de Gandía, y él de Valencia capital—, pero su amistad se consolidó cuando Álex se mudó a Valencia al iniciar sus estudios universitarios en la ciudad. Fue en ese momento cuando Álex empezó a compartir el piso de estudiantes que había alquilado con Pablo, y de ahí que Alberto empezara a confraternizar con ambos. Edu, por su parte, se había unido al grupo de amigos desde hacía un par de años, cuando empezó a vivir también en aquel piso, habiendo hecho también muy buenas migas con todos ellos.

—¿Qué tal, has hablado al final con tu chica? —le preguntó de pronto Álex a Pablo.

—No, hemos quedado que me llamaría esta noche por Skype.

—¿Desde que se fue de Erasmus a Irlanda no habéis hablado ningún día? —se sorprendió Alberto.

—A ver, hemos estado hablado por mensaje y eso, pero hoy le instalaban el wifi en el piso, así que por fin podremos vernos. Tengo unas ganas tremendas de verla.

—Vamos, que no ha sido ni para llamarte por teléfono —comentó Álex, incisivo—. Yo no quiero decir nada, pero… joder.

—¿Ya estamos? —se molestó Pablo—. ¿Me meto yo en tus líos, Álex?

—No digo nada, ¡no digo nada!

—Pues eso, calladito estás más guapo.

Pablo abandonó entonces el salón, algo molesto, dejando de nuevo a Alberto y a Álex a solas. Ambos permanecieron unos instantes en silencio, hasta que Pablo volvió a encerrarse en su habitación.

—¿Tú crees que esa relación tiene futuro? —murmuró Alberto, cuando consideró que no había moros en la costa—. Acaban de empezar, como quien dice, y ella coge y se va a Irlanda un año entero…

—Mira, yo que sé. Tampoco soy quién para decirle nada. Estos heteros llevan otro rollo. Ellos sabrán lo que hacen.

Alberto no contestó. No estaba muy seguro de que su amigo tuviera razón. ¿Eran las relaciones entre gays y heteros tan distintas realmente? Aunque lo cierto es que no lo sabía, prefería pensar que no podía haber tanta diferencia. Había escuchado decir más de una vez que los gays solían tener relaciones mucho menos duraderas que los heteros, que si eran más promiscuos, que si había más infidelidad, pero él no estaba de acuerdo con tales ideas. ¿Acaso no existía promiscuidad en el mundo hetero, no había infidelidades? Por regla general, las generalizaciones no suelen ser ciertas, y la verdad es que él no se identificaba con tales estereotipos. Alberto buscaba otra cosa, y aunque gente como Álex parecía contribuir a perpetuar aquella leyenda negra, eso no significaba que todo el mundo fuera así. Los tópicos no siempre son reales, y Alberto esperaba poder demostrarlo, tarde o temprano.


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