4. EDU

«¡Ostras! ¡Rubén, pensaba que te habías ido a casa!»


Edu había llegado resollando a la Plaza de la Reina, frente a la catedral, tras recorrer la calle San Vicente a toda prisa, esquivando a los viandantes y turistas que abarrotaban el centro de la ciudad. Una vez allí aminoró el ritmo y se internó en la calle del Micalet, caminando mucho más despacio para recuperar el aliento. No quería llegar empapado de sudor a la cita, aunque por otro lado ya era tarde para eso, pensó con cierta resignación. Edu se sentía fatal por haber confundido el lugar de encuentro, y esperaba tener la oportunidad de compensar a Rubén; lo último que quería era que el pobre se llevara una mala sensación en su primera cita, y más teniendo en cuenta que había salido hacía varios meses de una relación bastante larga. Es por ello que le había costado dar el paso de quedar con alguien por primera vez, y ese alguien había resultado ser Edu. Ambos se habían conocido a través de la aplicación Tinder y habían estado hablando desde entonces por mensaje. Edu le había convencido finalmente para quedar y conocerse en persona tomando un café, una coca-cola o un té chai, eso le daba igual. El caso era tener una excusa para ese primer encuentro, y aunque sabía de buena tinta que salir con un chico que había cortado recientemente con su pareja no era lo más recomendable, Rubén le había parecido lo suficientemente interesante como para pensar que valía la pena apostar por él. Desde el principio había quedado claro que tenían muchos gustos en común y, sobre todo, mucha conversación; varias noches habían estado tan a gusto hablando por mensaje que se habían hecho las dos de la madrugada sin que ninguno de los dos se hubiera dado cuenta del avance del reloj. Sólo faltaba una cosa, y es que esa química se trasladara también al mundo real, una prueba definitiva que muchas veces costaba superar. Edu ya se había llevado algunos desengaños en ese sentido con anterioridad: personas con las que parecía ir todo a las mil maravillas a través del móvil o del ordenador y con las que, sin embargo, la expectativa se desinflaba completamente una vez se encontraban frente a frente, ya fuera porque la conversación no fluía del mismo modo que a través de la red, o porque las fotografías que le habían enviado eran más falsas que un billete de dos euros y más viejas que el baile de la Macarena. El caso es que con Rubén esperaba que todo fuera mucho mejor, Edu tenía el pálpito de que así iba a ser. Bueno, al menos así había sido hasta que la cagó estrepitosamente dejando plantada a su cita por culpa de una puñetera equivocación. Otra más a apuntar en su larga lista de errores. ¡Enhorabuena, Edu!

El caso es que había llegado a la Plaza de la Virgen tras la carrera que se había pegado, con el corazón en un puño. Allí buscó con la mirada a Rubén entre el gentío que caminaba a través de la zona peatonal, entre los chicos y chicas que se hacían selfis frente a la fuente que presidía la plaza, y también entre las hordas de japoneses y nórdicos —morenos y chatos los unos, rubios y recién salidos de un catálogo de IKEA los otros—, que fotografiaban la Basílica o el Palacio de les Corts. Algunos británicos sonrosados y regordetes bebían cerveza en la terraza de los bares que daban a la Calle Caballeros, allí donde el bullicio se concentraba en torno a los muchos negocios de hostelería publicitados por innumerables relaciones públicas que habían hecho diversos másteres en acoso con especialidad en derribo. De Rubén, sin embargo, no había ni rastro, o al menos no lo había reconocido en ninguno de los muchos personajes que circulaban alrededor suyo. Mala señal: si la imagen que tenía de él a través de sus fotos no le permitía reconocerlo, ¿era entonces un primer signo de que su pálpito se venía abajo?

Edu echó un ojo a su móvil y se dio cuenta de que el mensaje de WhatsApp que le había enviado a Rubén para avisarle de que llegaba tarde sólo tenía una marquita azul. El móvil de Rubén había recibido el aviso, pero él no lo había leído. Edu, bastante nervioso, esperó. Pasaron diez, quince, veinte interminables minutos, en los que fue sintiéndose cada vez peor. ¿Rubén había pasado definitivamente de él? ¿Se había ido a su casa, harto de esperar? Si era así, se lo tenía absolutamente merecido.

Cabizbajo y deprimido, Edu se sentó en las escaleras que bajaban desde la entrada de la catedral hacia la plaza y empezó a releer la conversación de WhatsApp que había mantenido con Rubén hacía sólo un par de horas. Mientras se maldecía en silencio, sumido en la lectura, no se dio cuenta de que alguien se había plantado de pie a su lado, con el móvil en la mano. En ese momento, Edu recibía un mensaje en la conversación de WhatsApp:

 

Mira hacia arriba

 

Edu, frunciendo el ceño, obedeció y fue así que se topó con la mirada de Rubén, que sonreía con cierta timidez, en pie junto a él.

—¡Ostras! —exclamó Edu, mientras se levantaba, casi de un salto—. ¡Rubén, pensaba que te habías ido a casa!

—Perdóname, Edu —se disculpó el chico—. He recibido antes tu mensaje, y en ese momento me he acordado de algo que me dijiste. Se me ha pasado contestarte. Toma…

Rubén le entregó una bolsa repleta de gominolas, que Edu tomó en sus manos con una cara de absoluto asombro.

—¿Corazones de melocotón?

—Bueno, el otro día me dijiste que te encantaban —se explicó Rubén, llevándose una mano a la cabeza en un gesto de timidez que bien parecía sacado de un anime—. Quería traértelas para darte una sorpresa, pero se me había olvidado pasar a por ellas de camino aquí. Estaba un poco nervioso, y… Bueno, he pensado que todavía tenía tiempo para comprártelas mientras llegabas. Luego resulta que la Casa de los Caramelos que había aquí cerca ya no existe, no sabía que la habían cerrado, así que he tenido que buscar un kiosco de emergencia. Perdona que no te haya avisado, pensaba que me costaría menos encontrarlo.

—Claro que estás perdonado —dijo Edu, con una gran sonrisa—. El que estaba preocupado era yo, por haberte dado plantón. Estaba convencido de que habíamos quedado en la Plaza del Ayuntamiento. ¡Perdona!

—En cuanto a eso… Bueno, creo que el que se ha equivocado soy yo. He releído la conversación y me he dado cuenta de que, sí, tenías razón, me dijiste de quedar allí. Al final la confusión ha sido mía. Por eso también quería compensarte de alguna manera y… Bueno, supongo que ha sido peor el remedio que la enfermedad. Lo siento mucho.

—No lo sientas, Rubén. Vaya, muchas gracias. No me lo esperaba. Para nada.

—Bueno, ¿y qué quieres hacer? —cambió de tercio Rubén—. ¿Adónde vamos?

—¿Te apetece un café? Podemos ir aquí cerca, al Café de las Horas. Invito yo.

Rubén aceptó la oferta y ambos empezaron a caminar hacia la cafetería, el uno muy cerca del otro. El corazón de Edu latía con intensidad y no podía evitar sonreír como un bobo mientras se llevaba a la boca una de aquellas empalagosas chucherías —en realidad recordaba haberle comentado que odiaba el melocotón y que las que le gustaban realmente eran los besitos de fresa, pero aquello no tenía la menor importancia—. Había sido un bonito detalle por su parte, así que quizá su pálpito no estaba tan desacertado, después de todo.


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4 comentarios Añade el tuyo
  1. Ok..ya lo decidí voy a comentar cada vez que la un capítulo..
    Edu siempre me pareció súper dulce..y me encanta ver más que pasaba por dentro de su cabeza..
    Gracias otra vez y espero con ansiedad el próximo capítulo (que intenté cómpralos todos por Amazon y no pude..será que es porque estoy en Latinoamérica? Ni idea..)
    Abrazo enorme!

    1. ¡Me alegro mucho de leer tus comentarios! Sobre la compra de los capítulos en Amazon, si no pudieras comprarlos en Amazon.es, en principio también está disponible en la tienda de Amazon.com.

      En cualquier caso, al finalizar la publicación online de la novela, sacaré una edición física en papel que estará disponible también en Amazon.com 🙂

  2. Roberto, me llevo una grata sorpresa leyendo esta entrega. Lo acertado que ha sido llevar la historia al contexto actual en cuanto al uso de las apps móviles, vaya que revitaliza ma historia.

    Creo que muchos hemos sido Edu alguna vez en la vida, poder estar dentro se sus pensamientos y empatizar con él en lo que vive en esos momentos, ese es el trabajo de un buen escritor.

    Ese pequeño giro en la historia que conocimos anteriormente no pasa desapercibida, espero con ansias continuar leyendote.

    1. ¡Muchas gracias, me hace mucha ilusión que os guste esta nueva versión de la historia! Para mí es una alegría ver que los personajes llegan a los lectores. Recuperar a estos personajes y reinterpretar su historia ha sido un trabajo muy interesante que he intentado hacer con toda la ilusión, así que me alegra mucho ver que ese cariño es percibido por los lectores de la obra. ¡Espero que los próximos capítulos sigan gustándote! Aquí te espero cada viernes 😀

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