EPÍLOGO

—¡No me fastidies!

Álex había escuchado con absoluto asombro la increíble historia que le habían relatado tanto Edu como Pablo. Los tres compañeros de piso se hallaban en el salón de su casa, sentados en el sofá y riendo a carcajada limpia.

—Sí, ahora me río —reconoció Pablo, que se hallaba recostado. Estaba rojo de vergüenza al volver a revivir la aventura, y también debido a las risas que todos ellos se habían echado a costa del energúmeno de Borja—, pero te aseguro que lo he pasado fatal. De otra como esta acabo en el psicólogo, os lo juro.

—En serio, aún no me creo que lanzaras el portátil de Borja por la ventana. ¡Alucino! —Álex seguía riendo, imaginando la escena descrita por su amigo—. Me muero por ver la cara que se le quedó a Borja al darse cuenta de que te habías ido y que su portátil había volado… Literalmente, además.

—Como comprenderás, no me quedé allí para comprobarlo. Huí de allí en cuanto pude.

—Madre mía, si hubieras visto salir a Pablo del edificio… —comentó Edu, mofándose de su amigo—. Parecía que estuviera huyendo de un fantasma.

—No es para menos —valoró Álex—. Ese tío lo es, por no decir directamente que es un absoluto hijo de puta. Se lo tiene más que merecido. De verdad, Pablo, qué pasada, no me creo aún que hayas hecho esto por mí. Y el ordenador… ¿Seguro que ha quedado inservible?

—Tío, lo lancé desde un sexto piso. ¡Imagino que sí! —dijo Pablo—. Quedó reventado contra una pila de escombros; la pantalla salió despedida por los aires. ¡Adiós al portátil! Ese gilipollas se lo pensará dos veces antes de ir amenazando a la gente. Que se atenga a las consecuencias. Álex, me debes una, y bien gorda.

—¡Desde luego!

—La verdad es que al final el plan de Alberto funcionó… —comentó Edu, mirando significativamente a Álex.

—Bueno, por lo que me habéis contado no ha sido así, exactamente. —Álex entendió la indirecta de Edu, y quiso quitarle importancia a la aportación de Alberto—. Al final su maravilloso dispositivo no sirvió para nada. Joder, es inútil hasta para eso.

—Venga, Álex, no seas así. —Edu intentó hacer recapacitar a su amigo—. Alberto estuvo allí con nosotros, ayudando igual que el resto, y al fin y al cabo la idea de asaltar la casa de Borja fue suya. Ha organizado todo esto por ti. Quiere arreglar las cosas, y al final ha conseguido enmendar su error.

—Puede que Borja se halla llevado su merecido —respondió Álex, ceñudo—, pero esto no arregla nada entre Alberto y yo. Lo siento, Edu. No pienso perdonar a Alberto después de lo que ha hecho.

—Pero Álex…

—¡Basta! —Álex había cambiado de humor súbitamente. Estaba bastante molesto cuando se levantó del sofá, aunque luego intentó dulcificar el tono. Al fin y al cabo no estaba enfadado con ellos—. En serio, os agradezco mucho lo que habéis hecho, a los dos, pero no pienso perdonar a Alberto y no quiero que intentéis convencerme de lo contrario. Os lo digo de verdad, no hay nada más que hablar. No quiero saber nada de él, para mí está muerto y enterrado. Por lo demás, gracias de nuevo por todo. Os debo una, chicos.

Álex abandonó entonces el salón, tras lo cual se encerró en su habitación. Pablo y Edu quedaron a solas, sorprendidos y algo incómodos por el súbito cambio de humor de su amigo.

—Está todavía dolido —comentó Pablo, bajando el tono para evitar que Álex lo escuchara—. Se le acabará pasando, ya verás. Tú, de momento, no le presiones.

—Lo sé, pero jolín… No me gusta nada verlo así. Alberto la ha cagado, sí, pero quiere arreglar las cosas. Todos lo hemos hecho alguna vez. Me sabe muy mal por él. Está hecho polvo.

—Bueno, yo también entiendo a Álex. Tiene motivos para estar enfadado —adujo Pablo—. Yo también lo estaría.

Ambos quedaron unos instantes en silencio, pensativos. Edu se había quedado algo triste. Pablo, mientras tanto, se había incorporado.

—Oye, Edu —dijo, cambiando de tema—. ¿Te puedo hacer una pregunta un poco… personal?

Edu se volvió hacia su amigo, intrigado.

—Claro, ¿qué quieres saber?

Edu observó que Pablo parecía algo cortado de pronto. Este, por su parte, había estado debatiéndose desde hacía varios días en un mar de dudas. Necesitaba preguntarle algo a su amigo, especialmente desde la confianza que le había inspirado el hecho de que ambos hubieran abierto sus intimidades el uno al otro durante la agradable conversación que habían mantenido la otra noche. Pablo se había sorprendido lanzándose a la piscina, así que intentó formular su duda sin rodeos, la cual Edu escuchó con los ojos abiertos como platos:

—No pienses mal, ¿vale? —preguntó, casi tartamudeando—. Sólo es curiosidad, pero… Tú… ¿Cómo descubriste que eras gay?

LQSSEPARADO.png

Al final, todo aquel esfuerzo había sido inútil. Alberto no había conseguido arreglar las cosas con Álex. Este jamás iba a perdonarle, eso estaba más que claro. Había intentando hablar con él reiteradas veces, pero no había obtenido respuesta, ni a sus mensajes ni a sus llamadas. Álex tampoco había aceptado verle en persona; había acudido a casa de sus amigos para pedirle perdón, una vez más, pero Pablo le había dicho que era mejor que no lo hiciera en ese momento. Alberto volvió a darle las gracias a Pablo por todo y se marchó de allí, cabizbajo y realmente deprimido.

Al menos, la conciencia de Alberto se había calmado un mínimo al saber que habían impedido que aquel capullo publicara en internet el video de Álex y Diego; eso sí, de no ser por la rápida —y alucinante— reacción de Pablo, el plan jamás hubiera surtido efecto. Al margen del éxito final, se sentía un completo inútil. No solo su plan había fallado, sino que era consciente de haber sido un amigo terrible; se había dejado engañar como un bobo por aquel cabrón, y sí, lo había hecho por pegar un polvo. ¿Cómo había podido caer tan bajo?

Llegó a la puerta de su casa tras una larga caminata en la que no había dejado de lamentarse por todos estos asuntos, deseando sentarse en el sofá con una tarrina de helado de leche merengada marca Hacendado, y ver la tele hasta altas horas de la madrugada, pues dudaba que pudiera dormir algo aquella noche. Así pues, deseoso de obtener un poco de paz mental, estaba sacando las llaves del bolsillo para abrir la puerta de su casa, en la penumbra del rellano, cuando una voz lo sobresaltó a sus espaldas:

—Estarás contento, ¿verdad, Alberto?

Este, asustado, se volvió sobre sí mismo. De entre las sombras emergió la silueta de la persona que había estado esperándolo allí desde hacía quién sabe cuánto rato. Alberto encendió la luz rápidamente y comprobó la identidad del inoportuno visitante:

—¡Borja! —exclamó, incrédulo—. ¿Qué haces tú aquí? ¿Cómo sabes dónde…

—¿Me tomas por imbécil? —preguntó este, mientras se acercaba a él. Estaba realmente enfadado—. Puede que haya bajado la guardia con tu amiguito el hetero, pero tengo mis recursos y suelo tomar mis precauciones. Pienso cobrarme con creces lo que me acabáis de hacer, maldito hijo de puta.

Alberto, tras la sorpresa inicial, cayó en la cuenta de las motivaciones que habían traído a aquel individuo a su casa. No pintaba nada bien. Sin embargo, puede que fuera por su estado de ánimo, o por aquella sensación de que ya todo daba igual, que Alberto se encaró con Borja:

—¿Y qué es lo que piensas hacer, exactamente? —lo retó Alberto, con la mirada, adoptando un tono chulesco que jamás hubiera creído guardar dentro de sí—. Mira, gilipollas, lo que vas a hacer ahora mismo es largarte de aquí antes de que alguien te parta la cara. Te crees importante, ¿verdad? Vas perdonando la vida a todo el mundo y usando a las personas como si fueran juguetes, pero, ¿sabes qué? En el fondo eres muy consciente de que aquí el juguete roto eres tú. ¿Qué pretendías demostrar al amenazar a Álex? ¿Te crees impune ante la ley? Pues no lo eres, entérate de una vez, so capullo. Los actos tienen consecuencias, y da gracias a que lo único que has perdido es un puto Macbook de mierda, porque donde podías estar ahora mismo es en el calabozo, por extorsión. ¿O es que no lees los diarios? Hoy en día está muy de moda eso de sacar en las noticias los casos de ciber-acoso por internet. No ibas a llegar a ningún lado, imbécil, ¿y todo por qué? ¿Por mil putos euros que te ibas a gastar en pastillas y alcohol, en una noche loca de fiesta? ¡Vete a la mierda! Te crees muy listo, pero en realidad no te das cuenta de lo triste que eres, pues lo único que te alegra esa triste vida de mierda que tienes es jodérsela a los demás. Lo que eres es un puto envidioso, y un egoísta, un niño de papá que no sabe valorar las cosas que tiene. Así que entérate de una vez: lo que te ha pasado hoy lo tenías bien merecido, y así será, una y mil veces más a lo largo de tu patética vida. Y ahora, ¡lárgate de mi casa!

Alberto sintió un alivio tremendo al soltar toda aquella retahíla, desahogándose con tanta fuerza e intensidad que había dejado a Borja patidifuso. Este lo observaba, sin embargo, con la ira grabada en el rostro. Alberto resoplaba tras su arrebato, también iracundo. Tras unos segundos de absoluta tensión, Borja avanzó hacia él con el rostro contraído por la ira. Por un instante, Alberto se vio a sí mismo con la boca sangrando ante el puñetazo que de seguro le iba a propinar aquel psicópata. Lo que no esperaba, sin embargo, es lo que sucedió a continuación.

Borja lo agarró de la camisa y lo estampó contra la puerta de su propia casa mirándolo fijamente a los ojos. Justo en ese momento, Borja lo besó con un deseo animal. Alberto se sorprendió correspondiéndole con la misma pasión, absolutamente excitado. Poco después, ambos yacían en la cama, el uno encima del otro.

Fue el mejor sexo que Alberto hubiera disfrutado en su vida.

LQSSEPARADO.png

Salió de casa dando un portazo tan fuerte que debieron escucharlo todos los vecinos de la comunidad. Con los ojos enrojecidos, el corazón en un puño, la visión empañada por las lágrimas y la garganta consumida por forzar la voz durante la prolongada discusión, el chico corrió a través del rellano con toda celeridad, bajó las escaleras y salió del edificio sin rumbo fijo. El mundo había perdido definición a su alrededor, como la imagen borrosa de una película pixelada por la mala compresión; fuera de todo orden y concierto, los puntos cardinales habían dejado de existir y el polo magnético de la tierra había cambiado súbitamente de dirección. La irrealidad de aquel instante lo envolvía como en celofán, cambiando el color de aquella noche, volviéndola más oscura y difícil de discernir. No dejó de correr, sin embargo. En aquel momento solo deseaba huir, escapar de allí, avanzar hacia adelante sin saber muy bien qué sería de él a partir de ahora. Daba igual. Ya nada importaba. Hugo avanzó a través de las calles, corriendo como si le fuera la vida en ello, esa vida que había perdido todo sentido, tan rápido, en tan poco tiempo. Cruzándose con peatones que lo observaban con curiosidad pero sin pararse un segundo más de lo necesario para preguntarse por la historia detrás de aquel chico que lloraba abiertamente mientras corría, corría sin parar, Hugo atravesó calles, avenidas y plazas, hasta que sus fuerzas no dieron para más y hubo de parar, bajo los árboles del céntrico Parque del Hospital, en la soledad de aquella noche de domingo, que en su relativa calma parecía acunar a la ciudad, preparándola para una nueva semana, triste y gris.

Lloraba, seguía llorando. De pura rabia, de miedo, de impotencia. En su cabeza se repetía una y otra vez, en bucle, la discusión que había tenido hacía escasos minutos con su madre. Estaba enfadado, dolido y se sentía como una absoluta mierda. Aún no era capaz de entender cómo podía estar pasando por todo aquello, qué había de malo en él, qué había cambiado tanto; él seguía siendo la misma persona, tal y como había sido siempre. Ni en sus peores pesadillas se había llegado a plantear que su propia madre le hubiera llegado a decir aquello. Hugo, en un alarde de empatía, había intentado pensar que su madre se había dejado llevar por la rabia y la frustración, y sin embargo aquellas palabras se habían clavado en lo más profundo de su ser como cuchillos que hubieran atravesado cada una de sus vísceras de parte a parte. Nada más pronunciarlas, ella había dibujado un gesto involuntario en sus ojos que mostraba arrepentimiento, pero el cerril carácter y ese orgullo suyo tan propio le habían impedido pedir perdón y retractarse. Hugo quedó estupefacto al escuchar su sentencia y calló, mirándola largamente, antes de darle la espalda y salir corriendo de aquella casa, pegando un portazo, puede que para no volver.

Eres mi mayor vergüenza.

Hugo se había sentado sobre un banco. Apoyaba los codos sobre las rodillas y sujetaba el móvil con ambas manos, mirando a la pantalla, borrosa debido a las lágrimas que cubrían sus ojos. Aunque tenía la aplicación lista para escribir, todavía no se había atrevido a hablar con Mireia, aunque sabía que debía recurrir a ella para contarle lo sucedido; formular las palabras de auxilio suponía darles forma, convertir aquel momento extraño, surrealista, en algo tangible. No se sentía con fuerzas para hacerlo. Antes debía reunir el valor para pedir ayuda.

Apesadumbrado, miró al frente. Observó las ruinas del antiguo hospital, que decoraban el parque rodeadas por los árboles, frente al edificio que alojaba el Museo Valenciano de la Ilustración. En ese momento, una pareja de chicas que caminaban de la mano dejaron de andar para darse un largo beso al cobijo de los árboles, y por primera vez en muchos días Hugo sonrió, con las lágrimas aún en los ojos. Las miró durante un rato, sintiendo el amor que ambas se profesaban, a espaldas de lo que gente como su madre pudiera pensar. ¿Qué importaba el sexo, el género, la sexualidad, cuando dos personas se amaban más allá de cualquier opinión ajena, a pesar de los prejuicios y paradigmas establecidos por la sociedad? ¿En qué ofendía a esas personas, tan críticas y escandalizadas, la voluntad consciente de dos seres que se aman, que lo único que desean es compartir su amor, la pasión, la vida, algo a lo que al fin y al cabo aspira cualquier ser humano? Ver a aquellas dos chicas, felices, inconscientes en ese preciso momento de cualquier otra cosa que no fueran ellas mismas, de sus propios cuerpos, de sus labios, despertó en él un profundo cariño, y también esperanza. No, Hugo no se iba a rendir. Saldría adelante. Él seguía siendo la misma persona, igual de válida, con el mismo potencial. De pronto recordó a aquel chico, Álex, al que por desgracia no había llegado a conocer como hubiera querido y que le había hablado de su familia, de cómo lo habían aceptado y apoyado al cien por cien con respecto a su sexualidad. No todo el mundo era como sus padres; por suerte la sociedad estaba cambiando, aunque aún había mucho por hacer. Puede que Hugo ya no contara con la ayuda y el apoyo de sus progenitores, pues le había tocado sufrir la peor parte de aquellos prejuicios que muchos, aún, eran capaces de negar. Había una parte importante de la sociedad que consideraba todo hecho en cuestión de derechos sociales, gente que sin un atisbo de vergüenza era capaz de atribuirse los méritos de personas que sí habían luchado por la igualdad y se habían dado de tortas contra un mundo que se había mostrado en contra desde el minuto cero. Gracias a estos últimos, hoy España era otra, y sin embargo no todo estaba conseguido. Quedaba mucho por ganar, y muchas mentes que concienciar.

Así fue cómo Hugo tomó su decisión, casi sin ser consciente de estar haciéndolo: supo que debía ayudar a que las cosas cambiaran. Jamás abandonaría sus estudios. No estaba seguro de cómo iba a lograrlo, pero sí sabía que, con voluntad, saldría de aquello. Dedicaría su vida, su pasión por el arte, el cine, la televisión, a explicar a todas las personas que aún no entendían, que negaban los hechos, por qué era tan necesario que la tolerancia se hiciera un hueco en aquella sociedad titubeante.

Había tenido que caer para poder levantarse.

Hugo no dejaría de hacerlo, una y otra vez.

CONTINUARÁ EN…

Lo Que Surja: Déjate llevar


¡La novela oficial de Lo Que Surja!

¿Te ha gustado? ¡Hazte ya con la novela en papel o léela en tu libro electrónico, móvil o tableta!

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *