FINAL (2)

Hugo observó la escena desde el suelo, sin entender muy bien qué estaba sucediendo.


Dolor.

El mundo se reducía a un profundo dolor cuya intensidad variaba en función de los golpes que recibía. Entre patada y golpe, Hugo podía escuchar las risas y los insultos de sus agresores. Él lloraba sobre el suelo, encogido, intentando proteger su cabeza con las manos mientras aquellos dos desalmados lo humillaban sin piedad. El tercero grababa la escena con su teléfono móvil.

—¡Venga, puto maricón! ¡Levántate y pelea como un hombre, si es que sabes lo que es eso!

—¿Qué dices, que quieres comernos la polla, maricón? ¡Lo que vas a comerte es tu propia mierda! ¡Toma esto, gilipollas!

Dicen que cuando tu vida pende de un hilo, esta pasa por delante de tus ojos como en una película. Hugo no fue testigo de aquella célebre proyección sobre sus retinas. Lo que vio fue la imagen de su madre. Pudo ver la vergüenza pintada en su rostro, el momento exacto en que Maribel había descubierto la clase de monstruo en que se había convertido su hijo. Vio su antigua casa, su habitación abandonada, allí donde los sueños y expectativas de un niño distinto, al que habían marginado durante años, se esfumaban convertidos en polvo y cenizas. Volvió a escuchar aquellas palabras de repulsa pronunciadas por su propia madre, repitiéndose en su cabeza como un mantra, al ritmo de los golpes que recibía de manos y pies por parte de aquellos jóvenes violentos y carentes de todo viso de humanidad.

—¡Menuda paliza! —se burlaba el tercero de los agresores, móvil en mano, mientras se reía exageradamente al tiempo que buscaba los mejores planos para su particular proyecto audiovisual. Se sentía como el director de un documental que grababa a través de la lente de su cámara el espectáculo de una jauría de leones devorando a su presa—. ¡Esto lo va a petar, joder!

El pretendido reportero gráfico no lo vio venir. Distraído como estaba, regodeándose en aquel divertimento, no había escuchado los pasos que se habían aproximado a sus espaldas. Recibió el primer y único golpe en la cabeza, efectuado con un tablón de madera. Cayó inmediatamente al suelo, sangrando y aturdido. Su móvil salió volando y segundos después impactó contra el suelo; el cristal de la pantalla se agrietó y el dispositivo se deslizó debajo de uno de los contenedores de basura.

Los otros dos agresores se dieron cuenta en ese momento de lo que estaba sucediendo y dejaron de patear a Hugo. Se volvieron hacia el recién llegado y uno de ellos recibió un nuevo golpe del tablón de madera. Fue en la cara, aunque el destinatario de aquel ataque llegó a hacer un movimiento para esquivarlo y el impacto no tuvo tanta fuerza como para tumbarlo. Sí consiguió aturdirlo durante unos segundos, provocando que su nariz empezara a sangrar profusamente.

—¡Hijo de puta! —barritó, llevándose una mano a la nariz.

El otro agresor se echó hacia atrás, alejándose un poco del asaltante furtivo. Allí tomó posiciones y pudo evaluar la situación, dispuesto a contraatacar. Fue entonces cuando vio que otros dos chicos arrastraban a su amigote, el primer derrotado de aquella contienda, e intentaban inmovilizarlo.

Hugo observó la escena desde el suelo, sin entender muy bien qué estaba sucediendo. En la penumbra de aquel callejón, y con la mirada vidriosa por las lágrimas, la sangre y la hinchazón incipiente de los golpes que había recibido, pudo vislumbrar la silueta de su salvador. Por un momento le resultó familiar, aunque estaba demasiado aturdido para hilar ningún pensamiento coherente. Un nombre se formulaba en su cabeza, aunque no lograba distinguirlo. Creía escucharlo, distorsionado, como si se hallara en el hueco de un pozo, debajo del agua, mientras alguien lo estuviera pronunciando en el exterior. Poco a poco fue emergiendo a la superficie de aquella masa de agua imaginaria, y el nombre se hizo más y más claro:

—¡Borja! ¡Borja, cuidado! —Carlos gritaba intentado advertir a su amigo, mientras él y Rafa arrastraban a aquel tipo que intentaba oponerse a ellos, aunque estaba medio inconsciente.

Borja no podía prestarles atención. Evaluaba los movimientos de sus dos adversarios. Su única arma era aquel tablón de madera que había encontrado abandonado en un rincón de la calle; probablemente se trataba de los restos de algún acto fallero del casal cercano. No era un arma demasiado contundente, pero era lo único que Borja había encontrado a mano para ayudarlo a detener a aquellos hijos de la gran puta. No tenía demasiadas opciones de victoria si se enfrentaba a solas contra aquellos dos matones, pero si conseguía enfurecerlos lo suficiente quizá tuviera alguna probabilidad de que cometieran algún error:

—Venga, ¿qué pasa, cabrones? —Escupió las palabras con toda la rabia que pudo—. ¿Necesitáis ser tres para enfrentaros a un solo tío? ¡Menudos huevazos tenéis, panda de cobardes! Esta maricona ya ha tumbado a uno de los vuestros, pero si queréis más, ya sabéis. Puedo follaros toda la noche si hace falta. No tengo ni por dónde empezar con vosotros.

El líder de aquella panda soltó una risa sin humor alguno. Se apretó los nudillos en un gesto chulesco.

—Vaya, otro que quiere marcha esta noche. Voy a meterte la puta tabla esa por el culo, mamón.

Los dos matones se habían lanzado por fin al contraataque. Borja intentó golpear al primero de ellos con la tabla en el pecho, intentando empujarlo a un lado, pero la tabla se quebró. No pudo evitar la embestida: aquella mole lo empujó con gran fuerza y las dos manos, por lo que Borja cayó de espaldas contra el suelo, ya desarmado. El líder se lanzó sobre él y lo inmovilizó con su peso sobre las rodillas mientras lo agarraba de los brazos. El otro chico fue a pegarle de patadas, pero de pronto otra figura saltó sobre él. Era Carlos. Se había lanzado a sus espaldas, como si pretendiera subírsele a caballo, y empezó a tirarle del pelo y a golpearle en la cabeza.

—Estás muerto, hijo de puta —le dijo a Borja su captor, y liberó el brazo izquierdo de su presa para darle un puñetazo en el pómulo con la mano derecha. Borja recibió el impacto, pero se sobrepuso y aprovechó la rabia producida por el terrible dolor que sentía en la mandíbula para llevar su mano libre al rostro de su enemigo. Clavó sus uñas en la carne con toda la rabia que pudo, intentando alcanzarle los ojos. El agresor hubo de soltar su otro brazo para arrancarse la mano de Borja de la cara, gesto que este último aprovechó para devolverle un derechazo que hizo que crujieran todos sus nudillos.

El otro matón, mientras tanto, se había logrado deshacer de Carlos corriendo de espaldas contra la pared y aplastándolo contra ella. Carlos había tenido que soltarle para zafarse del golpe. Libre de su torpe agarre, su adversario había conseguido darse la vuelta para enfrentarse cara a cara contra él. 

—¡Cabrón! —le gritó, limpiándose la sangre que le manchaba los labios—. ¡Vas a comerme los huevos, hijo de puta!

—¡Ya te gustaría a ti, nena! —le retó la Baileys, sacando toda la pluma que pudo—. Me van más depiladitos y sin unicejo. ¡Venga, maricón! ¡Demuéstrame si eres bastante hombre para mí!

Su afrenta tuvo demasiado éxito: aquella bestia se lanzó contra él, preso de la rabia. Carlos, acobardado, se apartó y se escabulló hacia un lado. Luego echó a correr hacia el lugar donde se hallaba Rafa, en busca de apoyo. Su enemigo lo persiguió con intención de reducirlo, pero se detuvo al comprobar que debía enfrentarse a dos personas. Y es que Rafa se había levantado para socorrer a su amigo, tras comprobar que aquel capullo al que había estado sujetando no estaba en condiciones de levantarse.

—¡Maricones de mierda! —bramó.

Borja, mientras tanto, forcejeaba con el otro tío, pero empezaban a fallarle las fuerzas.

—¡Te voy a matar, cabrón! —ladraba el otro. Borja lo sujetaba por los brazos, intentando que no lo volviera a golpear. Mientras tanto intentaba librarse de su peso con las piernas, pero le resultaba imposible. Empezaba a flaquear, acusando el esfuerzo y el dolor que atenazaba su rostro y sus músculos.

Borja comprendió que había perdido. Su enemigo era mucho más fuerte y él estaba cediendo terreno poco a poco.

Era cuestión de tiempo que lo dejara noqueado.


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