FINAL (y 4)

Los sucesos de aquella noche habían dado la vuelta por completo a sus vidas.


Álex se había quedado estupefacto al reconocer a Borja como el chico que había estado peleando contra aquel individuo. No tuvo tiempo de reaccionar ante aquella revelación, sin embargo, pues era prioritario socorrer a su amigo Hugo. Justo después de que Borja hubiera reducido salvajemente a su adversario, Álex se había lanzado en su auxilio.

—¡Hugo! Hugo, ¿estás bien?

—Álex… —murmuró el chico, al reconocer a su amigo. Le costaba hablar, pero aún estaba consciente.

—Hugo, estoy contigo —intentó calmarlo Álex—. Ya pasó… Te vas a poner bien, ¿vale? Ya estás a salvo. Estoy aquí, contigo.

Álex sintió un infinito cariño y compasión por el pobre chico. Hugo mostraba un aspecto lastimoso y estaba temblando. Quiso abrazarlo para calmarlo, pero temió hacerle daño. Álex evaluó sus heridas: el chico estaba lleno de moratones y sangraba por nariz y boca. No quiso moverlo, pero lo ayudó a colocarse en posición de defensa. Necesitaba ayuda de inmediato, por lo que Álex cogió el móvil y llamó a los servicios de urgencia.

Al cabo de un rato, las luces de los coches de policía y una ambulancia alumbraban alternativamente el callejón, con sus destellos azules y anaranjados. Los sanitarios atendían a los heridos, mientras la policía tomaba declaración a los amigos de Borja y a él mismo. Después de explicar lo sucedido a los agentes y tras verificar que se hallaba en buen estado, Álex se mantuvo a cierta distancia observando cómo procuraban cuidados a su amigo Hugo. En ese momento llegaron Edu, Alberto, Pablo, Eva y Cris, a quienes había avisado justo después de llamar a la policía.

—¡Álex! ¿Dios, estáis bien? —preguntó Edu, con gesto de preocupación, al llegar al lugar de los hechos.

—Sí, estamos bien —contestó Álex, tras lo cual procedió a contarle a sus amigos recién llegados lo que había sucedido. Mientras él procedía con las explicaciones, Alberto reparó en la persona a la que estaban interrogando los agentes:

—¿Ese es Borja? —preguntó, incrédulo.

Alberto no esperó a la respuesta. Se aproximó hacia él, pero detuvo sus pasos al observar que el agente de policía cacheaba a su actual ex pareja. Borja se dejó hacer, con el gesto resignado, mientras Rafa y Carlos observaban la escena con impotencia. Alberto pudo ver cómo extraían del bolsillo trasero de su pantalón un sobre con un sospechoso polvo blanco. Acto seguido, el agente procedió a esposar a Borja, ante la mirada atónita de Alberto. El detenido reparó entonces en su presencia, y ambos compartieron una significativa mirada que compuso un auténtico diálogo silencioso. Alberto leyó el miedo dibujado en sus ojos. Borja, de forma inesperada, sonrió levemente al verlo allí. Por vez primera desde que lo conociera, Alberto sintió que Borja sonreía con sinceridad y sin atisbo alguno de ironía. Una punzada de lástima se clavó en su estómago mientras observaba a Borja caminando hacia el coche de policía, en compañía del agente.

Desde luego, los sucesos de aquella noche habían dado la vuelta por completo a sus vidas, de forma inesperada. Las piezas de un extraño puzzle habían acabado reorganizándose para componer una imagen por completo distinta a la original. Muchas cosas habían cambiado para ellos a nivel personal; otras tantas, sin embargo, parecían seguir funcionando del mismo modo: el miedo a la diferencia, la falta de tolerancia, el odio más irracional, seguían formando parte de una sociedad que todavía no había logrado curarse por completo de aquella enfermedad. Sin embargo, frente al dolor, quedaba la resiliencia; frente a aquellos que discriminan, la unión y la amistad.

Frente al miedo, quedaba la esperanza.


Epílogo


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