7. HUGO

«Hoy es un día especial, ¿no? ¿Y si hacemos algo distinto?»


Aún sentía un hormigueo recorriendo todo su cuerpo, una pesadez extraña que sin embargo —y aunque fuera paradójico— en cierto modo resultaba liberadora. Aún no se lo creía, no era consciente de cómo había sido capaz de dar un paso de semejante envergadura, pero sí, estaba hecho: había salido del armario llevado por un impulso irrefrenable, y lo había hecho a lo grande. Por un momento, Hugo había estado tentado de volver sobre sus pasos, de subir corriendo las escaleras de su casa y entrar en la cocina para arrancar el pósit que había pegado en la puerta de la nevera, todo ello antes de que sus padres se hubieran percatado de la existencia de aquel insólito mensaje. No lo hizo, en cualquier caso; no podía desaprovechar aquella oportunidad que su propio hartazgo había propiciado. No había vuelta atrás, ya no. Era hora de que sus padres supieran quién era su hijo realmente, cuáles eran sus verdaderos sentimientos y su forma natural de ser. Quizá a partir de ese momento dejaran atrás para siempre esa clase de pensamientos homófobos que tanto daño le habían hecho. Sí, aprenderían a aceptarlo y a entenderle, a quererlo como realmente era. No tenían otra opción.

La incógnita, de todas formas, se había solidificado como una losa en el fondo de su estómago, tan pesada como un bloque de granito. Y sin embargo, mientras caminaba por el jardín contiguo al Museo de las Ciencias de camino a casa de su amiga Mireia, Hugo se sentía extrañamente feliz. Aquel día, por alguna razón, todos los colores, los olores, los últimos calores de aquel verano que se extinguía, parecían mucho más intensos, más vivos que nunca. Todas las sensaciones se habían amplificado, y el mundo parecía tener un sabor distinto. Hugo estaba eufórico, podía notarlo en la respiración que quemaba en su pecho, en el tono de su musculatura, que le pedía saltar, correr, moverse sin parar. Gritar.

Poco después de salir de casa había llamado por teléfono a Mireia para contarle lo que acababa de hacer. Ante aquella noticia, su amiga había exclamado con incredulidad un “¿Qué me estás contando?” que debió escucharse en el Perú. Realmente emocionada, Mireia estaba alucinada de la tranquilidad con la que Hugo le estaba hablando por teléfono, pues en ese momento él estaba, todavía, demasiado impactado por lo que acababa de hacer:

—Pero Hugo, ¡que acabas de salir del armario en casa! ¿Cómo puedes estar tan tranquilo?

Hugo no lo estaba, realmente. Cuando el efecto sedante del shock se fue diluyendo, todas aquellas sensaciones se habían amplificado. De pronto se sentía capaz de cualquier cosa que se propusiera, gracias a una energía inagotable que circulaba a través de sus venas.

Cuando Hugo llegó a casa de Mireia, esta le abrió la puerta y le dio un abrazo enorme antes de saludar siquiera a su amigo. Los dos rieron y ella le invitó a pasar a su habitación.

—Me alegro mucho por ti, Hugo. Te habrás quitado un peso de encima —le había dicho, mientras se arreglaba para salir. Hugo estaba sentado en su cama, rodeado por los peluches de su amiga, mientras miraba el móvil revisando la cartelera del cine.

—No sé, Mireia, estoy un poco raro aún. Por un lado sí, me siento… No sé como describirlo. Pero por el otro, me preocupa cómo vayan a reaccionar mis padres.

—Ya verás como al final se lo toman bien.

—Pero si es que son unos homófobos. Cada vez que salen dos chicos besándose en la tele, acaban cambiando de canal. Yo no sé cómo mi madre puede ser psicóloga; está para que la encierren.

—Oye Hugo… —Mireia se había quedado un momento pensativa, mirándose en el espejo que tenía en el armario. Luego se volvió hacia Hugo, sonriendo—. ¿Qué te parece si hacemos otra cosa, en vez de ir al cine?

—¿Otra cosa? ¿Como qué?

—No sé, estaba pensando… —Mireia se acercó a la cama y se sentó al lado de su amigo—. Hoy es un día especial, ¿no? ¿Y si hacemos algo distinto? Podríamos salir de fiesta, por el ambiente.

—¿Al ambiente gay? —preguntó Hugo, con los ojos abiertos como platos.

—Sí, no sé. ¡Podría ser divertido!

Hugo sonreía, pero sintió de nuevo una oleada de aquel mismo hormigueo que llevaba reproduciéndose en su estómago toda la tarde.

—Pero Mireia —replicó él—, ¡si es que yo no sé ni qué sitios hay para salir!

—¡Bah! Eso se mira en internet en un momento —le quitó importancia ella—. Pero bueno, ¿qué te parece la idea?

—No sé… —El corazón de Hugo palpitaba de emoción—. Ya sabes que no soy muy de salir de fiesta.

—Va, Hugo, ¿no crees que hoy es el mejor momento para dar el paso? Si es que además no echan nada bueno en el cine. Podemos ir a cenar a un burguer, luego nos vamos a tomar algo y a dar una vuelta por Ruzafa. Me han dicho que hay muchos pubs por allí, y que hay un montón de chicos y chicas gays. ¿Qué me dices?

Hugo dudó un momento. La oferta era realmente tentadora, pero por otro lado eran demasiadas cosas nuevas, demasiadas emociones en un mismo día. Recordó, sin embargo, que hacía sólo unos minutos que se había dicho a sí mismo que se sentía capaz de cualquier cosa, así que Hugo se dejó llevar:

—¡Me parece guay! —dijo, al fin—. Pero Mireia… ¿Seguro que no te importa?

—¿Ir a un bar de ambiente? ¡Pues claro que no! Si además te lo he propuesto yo… ¿o cómo te imaginas que debe ser aquello? Yo no creo que sea muy diferente a cualquier otro sitio por el que hayamos salido. De hecho, seguro que es mucho mejor para mí, ¡así me libro de esos tíos babosos que te radiografían con la mirada y que se empeñan en invitarte a una copa!

—¿Y si te entra alguna chica? —preguntó Hugo, riendo.

—¿Me ves pinta de lesbiana, o qué? —rió también ella, mirándose la ropa.

—No, bueno… no sé. ¿Existe una pinta de lesbiana? Si te tira una chica, será porque le gustas y punto, digo yo.

—No quería decir eso, tonto. Era una broma. De todas formas, al que seguro que le tiran bocado es a ti. Ya verás; cuando entres al local y localicen carne fresca, seguro que se lanzan sobre ti.

—Dudo que el ambiente sea así…

—Bueno, eso aún no lo sabemos. De eso se trata, ¡de descubrir cosas nuevas!

A Hugo se le había iluminado la cara. Imaginarse en un pub de ambiente, rodeado de chicos abiertos a ligar con gente como él, le pareció realmente emocionante. Nunca había hecho nada realmente serio con ningún chico, al menos en su vida adulta —bueno, aún faltaban unos días para su cumpleaños—, pues el único contacto sexual que había tenido con alguien fue hacía algunos años, con un chico del instituto que se llamaba Andrés. Ambos habían quedado para hacer un trabajo de clase en casa del chico, y lo último que hubiera pensado Hugo es que Andrés, que era uno de los malotes, le propusiera compartir una paja. Hugo se había quedado un poco cortado, pues aunque era verdad que Andrés se había sentado cerca, muy cerca de él, mientras compartían el escritorio frente al ordenador, ni se le había pasado por la cabeza que aquel chico, que traía locas a las chicas de clase, tuviera intención de compartir algo de carácter sexual precisamente con él. Andrés abrió entonces una carpeta de su ordenador, en la que había varios videos porno, y eligió un video de estética amateur en el que aparecían dos chicos follando con una tía. Luego se había bajado la bragueta del pantalón e invitó a Hugo a hacer lo mismo, quien accedió de inmediato. Ambos empezaron a masturbarse, uno junto al otro, mientras veían el video, y de hecho Andrés le había llegado a coger la polla a Hugo y le había masturbado, algo que hizo también él, correspondiéndole de igual manera, completamente excitado.

Aquella primera experiencia sexual, que no fue a más y se limitó a una paja mutua, se convirtió en un tema tabú para ambos inmediatamente después; de hecho, Andrés apenas volvió a dirigirle la palabra en lo sucesivo. Hugo atesoraba en su memoria, sin embargo, aquel único encuentro sexual, que por otro lado había sido de lo más morboso para él.

—¿Entonces? —Hugo miraba a Mireia con la ilusión dibujaba en su mirada.

—Entonces… —dijo ella, y de pronto se levantó de la cama, abriendo los brazos en un gesto que intentaba decir que la respuesta era evidente—. ¡Nos vamos!


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